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Miercoles 10 de Marzo

(Por Erica Otero Brito - El Universal) Sin ínfulas de gran escritora, pero con un deseo enorme de que las nuevas generaciones conozcan una versión auténtica de Jaime Garzón, su hermana menor, Marisol, se aventuró a escribir un libro en el que hace un recuento de la vida familiar del creador de Heriberto de la Calle, Dioselina Tibaná y otros personajes memorables en la historia del país.
“Esta es la vida privada de nosotros, de nuestros años de infancia hasta la graduación de Jaime como bachiller. Se han escrito tantas imprecisiones sobre él, las cuales quiero borrar con esta versión. Me movió el deseo de que los niños supieran que siendo un genio, Jaime tuvo un contexto social, político y un hogar con valores concretos que lo formó, un hogar como el que necesita todo niño para que surjan nuevos hombres como él”.
El libro, titulado Jaime Garzón, mi Hermano del Alma, fue publicado el 13 de agosto de este año para conmemorar los 10 años de su muerte. En 184 páginas, repartidas en 13 capítulos; Marisol revela las raíces de Jaime y deja claro que nunca fue humorista, sino un crítico político que se valió del humor para hacer crítica y análisis de realidad. “Desde chiquito tuvo mucha chispa”.
La primera dedicatoria del libro es para la tía Cokie, Rafaela Forero, porque “gracias a que de herencia me dejó unos pesos pude sentarme a vivir de eso mientras escribía el libro. Imagínate fueron ocho meses en las que hice 27 versiones anteriores a esta que se publicó. Yo soy docente, trabajo con proyectos sociales, y si no trabajo, sumercé linda, me quedó viendo un chispero”.
Su papá murió siendo ustedes muy niños, ¿Cómo fue su vida, entonces?
-Éramos cuatro hermanos. Mi papá (Félix Garzón) murió en septiembre de 1968 de cáncer en la cabeza. Jaime todavía no cumplía los 8, yo no había cumplido 6, Alfredo, no había cumplido los 10 y Jorge no había cumplido 13. No alcanzó a dejarnos nada. Él era profesor de tabulación, que era como la carrera tatarabuela de la Ingeniería de Sistemas. Mi mamá no estudió una carrera, fue enfermera de vocación siendo joven, pero luego de casarse nunca más la ejerció, así que cuando quedó viuda estaba sin contactos, desvinculada totalmente.
Vivimos de la solidaridad de nuestros tíos. Hermanos y hermanas de mi mamacita. Mi abuela tuvo muchos hijos y por ser mi mamá la mayor, le tocó la tarea de ayudar a criarlos y esa fue su recompensa.
Mi tío Alberto nos regalaba la leche, otra tía nos pagaba el colegio, mi tía Enith nos mandaba de Estados Unidos 100 dólares para que nos mantuviéramos y finalmente nos regaló la casa; otro tío u otra tía nos daba no sé qué. Eran muy especiales todos. Mi mamá tenía una conciencia clara y era que a nosotros ni nos iba a repartir, ni nos iba a poner a trabajar.
De Jaime, no necesitamos decir nada más. Usted fue 12 años religiosa, es pedagoga, filósofa. Su hermano Alfredo tiene 27 años de ser caricaturista de El Espectador y vive en Nueva York, y su hermano mayor Jorge, también vive en Estados Unidos, es administrador de empresas y actualmente estudia un doctorado. Con todos las dificultades económicas que tuvieron en la niñez, debe ser un orgullo el éxito alcanzado por todos los hijos de doña Deysi.
-Somos hijos de una mujer muy inteligente, que es diferente a ser preparada. Le encantaba leer el periódico. Yo todavía tengo grabado el sonido de la prensa cuando la tiraban a las 4 de la madrugada debajo de la puerta. Mi mamacita leía y luego nos subrayaba cosas que a ella le parecía importante que nosotros las tuviéramos en cuenta. Nosotros también leíamos el periódico y lo dejábamos sobre la mesa muy organizado. Igualmente veía noticias. Siempre decía: no sea que se acabe el mundo y uno no se dé ni cuenta. Y nosotros somos de los que leemos muchas noticias y estamos muy enterados.
¿Cuál es la enseñanza de su mamá que más presente tiene?
-Son muchas. Nos enseñó a comer de todo y no nos podíamos levantar de la mesa hasta que no terminábamos el plato, así la comida estuviera fría. En el fondo eso nos enseñó que uno a veces tiene que hacer cosas que no le gustan, pero las tiene que hacer y punto y no se va a morir, ni se le va a romper nada por eso.
Y una cosa muy linda y que plasmo en el libro. Nos enseñó a relacionarnos y a tratar con respeto tanto a la gente que llaman distinguida como a los pobres. Nos enseñó a querer y respetar a Eulalia, la empleada de nuestra casa. Por eso la esposa de Heriberto de la Calle se llamaba Eulalia.
Nos enseñó a ser muy serviciales, por eso para mí un hombre desatento es la carta para que yo lo saque en bombas de mi vida.
¿Nunca les pegó?
-¡Uff! ¡Mi mamá nos dio palo! En esa época le pegaban a uno y no sabían que eso se llamaba maltrato. (risas)
El libro es también un álbum familiar, desde la foto de la portada.
-Sí. Es que fuimos una familia muy unida. No era el núcleo familiar cerrado, éramos la gran familia. Éramos 14 primos y todos nos reuníamos, por ejemplo, para irnos de paseo a Fontibón en la camioneta de mi tío Ramón, que era tío político, pero al que queríamos y respetábamos; lo mismo él. Jugábamos fútbol, canicas y otros juegos de la época.
¿Cómo fue Jaime con sus hermanos?
-Siempre muy conciliador, muy especial, tierno, inquieto, pero no de esos chinos cansones, él era como de investigar todo, de aprender de todo. Se ponía muchos retos. Toda la vida fue muy remedón. Nosotros (los hermanos Garzón) tenemos ese palito para remedar (risas).
¿Cuál es su impresión de Jaime Garzón?
-Jaime fue un hombre que andaba muy actualizado, que el mundo fue ampliándosele cada día más y que por eso le cabía en la cabeza y en el corazón. Cuando fue alcalde de San Juan de Sumapaz (Cundinamarca) le enseñó a la gente que el servidor público era eso, un servidor público, y que ellos tenían derecho a organizarse, y a hablar por ellos mismos.
Entendió que los medios eran un poder muy grande y que ese poder él debía utilizarlo para llegar a la gente como lo hizo. Nunca se creció. De pronto fue muy inocente. Era como un niño grande. Le creía a esos monstruos que también hay en los medios, creía mucho en la gente, en la palabra de la gente, porque nosotros nos criamos en la época en que la palabra era la garantía de las cosas.
¿Qué pensaba la familia de los programas que hacía?
-Al principio nos dio mucha alegría. Cuando ya empezó a hacer esas críticas tan mordaces me preocupó mucho. Yo le decía que se cuidara porque no todo el mundo iba a entender esa crítica y podía ser peligroso. Siempre sentí que lo que él estaba haciendo era un trabajo pedagógico.
¿Ustedes llegaron a temer por la vida de él?
-Nunca pensamos que lo iban matar. Amenazado sí. Lo había amenazado el cartel de Cali, el cartel de Medellín, la guerrilla y los paramilitares. Pero los paramilitares fueron los menos inteligentes y los menos capaces de dialogar.
¿Porqué tiene esa opinión?
-Porque no fueron capaces de sentarse a dialogar con él. Él habló con todos los enviados de los unos y de los otros, su propuesta era: sentémonos y hablemos de nuestras diferencias. Ellos (los paramilitares) nunca aceptaron. Él incluso esa semana que lo matan va a la cárcel y busca contacto con Carlos Castaño y Castaño le dice que él ya había dado la orden de matarlo que si alcanza a dar la contraorden se veían el sábado, pero ya se sabía que no iba a dar ninguna contraorden. A él le mandaban razones como ‘mejor que ande solo para no causar más muertes’. Él buscó la manera de hablar con el general Mora y otros militares, pero no encontró respuesta.
¿Usted perdonó a los asesinos?
-El problema no es de perdón. Yo no le dedico odio a nadie, ni un segundo de mi vida. Si eso es perdonar, pues sí. Pero no es tan sencillo.
Uno de los capítulos del libro se titula ¿Dónde estaba usted cuando mataron a Jaime Garzón?. ¿Dónde estaba usted Marisol?
-En este instante no le voy a contar eso. Me costó mucho elaborar ese pedazo del libro y no es para contarlo a la carrera. Es muy difícil, me dolió en el alma.
¿Qué opinaba Jaime de sus propios programas?
-Era otra persona cuando se sentaba él mismo a verlos. Mi hermano Jorge que está en Estados Unidos me enviaba los VHS para que yo le grabara los programas y se los enviara. Cuando Jaime iba a mi casa y se sentaba a verlos, decía: ve ese man tan chistoso lo que dice.
¿Qué anécdota recuerda con él?
-Jaime tenía como 9 años y yo 7. Nos fuimos a pasear a Fontibón con mi tía Soledad y su novio Arturo, que hoy es su esposo. Cerca de las pistas del aeropuerto había una zanja que tenía hierba y aparentemente era tierra firme, pero mentiras era un terreno fangoso. Eso lo había allí para impedir que las vacas se pasaran a la pista. Mi tía nos advirtió del riesgo y se fue a caminar con Arturo. Yo me descuidé y cuando volteó a Jaime estaba hundido hasta el cuello. Empecé a llamar a mi tía a gritos. Lo sacaron, olía horrible, a podrido y así mi tía lo metió en el carro del novio, ¡qué pena!, le quitó la ropa en el carro y se la botó, lo envolvió en papel periódico y nos llevó a la casa. Mi mamá lo bañó con una manguera y hasta creolina le echó.
¿Si tuviera a Jaime en frente que le diría?
-¿Por qué se dejó matar?. Nunca me he preguntado si hubiera elegido la opción de dejar de hacer críticas, creo que hubiera vuelto a hacer exactamente lo que hizo porque mi mamá nos enseñó a enfrentar los problemas. Quizás obtenga una respuesta cuando yo muera.
Jaime nunca se casó, ni tuvo hijos.
-No, era un sinvergüenza, tenía un poco de mujeres y a cada una me la presentaba como su futura esposa (risas).

Esperamos que les pueda servir a los lectores como hoja de ruta, en el laberinto de las librerías.
Alice Munro
Cuando Alice Munro publicó su primer libro en 1968, los críticos felicitaron a “el ama de casa que escribe cuentos”. Desde entonces el tono de las reseñas ha cambiado mucho: han comparado su prosa con la de Chéjov, han elogiado la “impresionante precisión” de su lenguaje y hace unos meses Munro recibió el Man Booker Prize. No hay que dejarse engañar por sus historias en apariencia entrañables: la profundidad sicológica de sus personajes a veces perturba.
Alba Lucía Ángel
Se dice que fue la primera mujer en cruzar las Ramblas de Barcelona, a principio de los años 70, vestida de jeans, con lo que se ganó una rechifla monumental. Verdadero o falso, Alba Lucía Ángel viajó por España, Roma y Londres, donde estudió cine, crítica de arte y empezó a escribir. Muy amiga de García Márquez, a los 31 años publicó Estaba la pájara pinta sentada en su verde limón, considerada por muchos la mejor novela de la violencia en Colombia.
Amélie Nothomb
Escribe más de tres historias al año, aunque sólo publica una. Y aunque nació en Japón, es una de figuras más excéntricas de la movida literaria actual francesa. Se le ve con frecuencia paseando por Trocadero con sus dos perros, vestida completamente de negro y un sombrero. Un estilo que hace que se la asocie con la bruja de un cuento de hadas. Sus novelas son irónicas y nihilistas, con un gusto especial por la maldad.
Anaïs Nin
Tuvo una relación incestuosa con su padre –una obsesión que la atormentó toda su vida y que sólo pudo catalizar con la escritura (o, bueno, eso decía Otto Rank, su sicoanalista)– y otra con Henry Miller y su esposa June, además de cientos de escritores que fueron borrados de la versión original de sus famosos Diarios. Es la escritora erótica por excelencia. Además de eso, sus novelas (La casa de los incestos y Pájaros de fuego) son retrato de la vida cultural de los años 20 y 30.
Las hermanas Brönte
El primer libro que publicaron las talentosas hermanas Charlotte, Emily y Anne (con seudónimo, por supuesto) era de poesía y no vendió más de dos copias en Inglaterra en 1846. Al año siguiente, cada una sacó una novela, todas firmaron y a todas las aplaudió la crítica. Con o sin aplausos, para ellas la creación siempre estuvo relacionada con la tragedia: Emily y Anne murieron un año después de la publicación, y Charlotte, a los 38 años, por una enfermedad relacionada con su embarazo.
Carson McCullers
El corazón es un cazador solitario es, además del título de su novela más famosa, una frase que se convirtió en una cita literaria obligatoria. Carson McCullers fue la niña precoz de la literatura norteamericana cuando brillaban en el mundo autores como William Faulkner y Ernest Hemingway. Sus cuentos, y novelas como La balada del café triste y Reflejos en un ojo dorado, son una muestra del talento inigualable de una mujer que vivió cruzada por la enfermedad –sufrió una fiebre reumática– y señalada por su bisexualismo en una sociedad que la condenó.
Edith Wharton
La elegantísima Edith Wharton no sólo fue la primera mujer en ganar el Pulitzer en 1921 con La edad de la inocencia. Además, aró el camino para las escritoras estadounidenses que le seguirían. La ironía de sus novelas y cuentos –en los que describe las clases altas neoyorquinas a principios del siglo XX y cómo sus ideales se desbaratan en la Primera Guerra Mundial– la han hecho una de las críticas culturales más astutas de su época.
Edwidge Danticat
Siempre se sintió como una extranjera: en su natal Haití, donde vivía con sus abuelos y, después en Brooklyn, donde vivía con sus padres. Por eso, desde cuando era muy joven, la literatura se convirtió en su refugio para Edwidge Danticat. El resultado: Palabras, ojos, memoria, la novela que publicó a los 25 años, sobre la autodestrucción, el sufrimiento y la libertad en la mujeres de la familia de Sophie Caco.
Flannery O’Connor
Se ha dicho que es la William Faulkner de la literatura norteamericana. Pero, más allá de sus descripciones del Sur de los Estados Unidos, su obra se caracteriza por un uso de lo grotesco, de imágenes góticas y por la miseria espiritual de sus personajes. Como muchas otras escritoras la atacó la enfermedad –en su caso, el lupus–; y, al igual que para muchas, el humor fue su mejor arma.
George Eliot
En realidad se llamaba Mary Anne Evans y se dice que nunca quiso publicar con su propio nombre, para que “tomaran en serio lo que ella escribía”. Una precaución innecesaria –se sabe, varias de sus contemporáneas se hicieron famosas con sus verdaderos nombres, pero coherente con su pensamiento. En sus novelas describió con pesimismo la vida provinciana británica.
Irene Némirovsky
Podría ser el símbolo de la Europa del siglo XX. Autora de la preciosa novela El baile, publicada en Francia en 1929, esta ucraniana pidió asilo en Francia pero le fue negado por el gobierno de Vichy. A pesar de haber sido amiga de Jean Cocteau y de Joseph Kessel, de nada le sirvieron sus amistades para no ser internada en el campo de concentración de Pithiers, y luego deportada a Auschwitz, en donde murió en 1942. Dejó una deslumbrante obra redescubierta en los años setenta.
Jane Austen
No es una exageración decir que es la más actual de las escritoras de finales del siglo XIX. Orgullo y perjuicio, considerada por muchos “la novela de moda” de su tiempo, todavía lo es hoy. Austen es conocida por su sentido del humor, su mordaz crítica social y sus novelas que parodian la literatura de la sensibilidad.
Joyce Carol Oates
Los libros y las historias de la escritora estadounidense, candidata al premio Nobel de literatura, son una muestra de crudeza y dureza sin igual. Violaciones, incestos, relaciones tormentosas, entre otros temas, cruzan su prolífica carrera en la cual ha publicado más de setenta libros. Oates es quizá la autora norteamericana contemporánea más respetada en el mundo entero, admirada por los popes de la literatura de ese país como el fallecido Norman Mailer y Philip Roth.
Mary Shelley
Fue la hija de Mary Wolstonecraft –la primera feminista activista conocida de la historia– y la autora de Frankenstein, la primera historia moderna de ciencia ficción, una excelente novela de terror gótico y una reflexión sobre la humanidad. Hasta los años 70 el resto de su obra literaria era prácticamente desconocida. Lo cierto es que escribió tres novelas históricas, libros de viajes y artículos biográficos para la Cabinet Cyclopedia.
Soledad Acosta de Samper
A pesar de su impresionante producción literaria (se conocen 190 textos suyos entre novelas, cuentos, ensayos, artículos periodísticos, traducciones y obras de teatro), es relativamente desconocida, incluso en su natal Colombia. Si alguien acaso la superó a finales del siglo XIX, fue su esposo, José María Samper. Y eso: se sabe que Soledad publicó buena parte de sus primeros textos bajo seudónimo o con la firma de José María, pues no era bien visto que una mujer de su categoría escribiera tanto.
Sor Juana Inés de la Cruz
Esta mexicana tiene más bien poco de vocación religiosa, aunque de intelectual mucho. Aprendió a leer a los tres años, escribió su primera obra a los ocho e ingresó al convento a los catorce, para, en sus propias palabras: “Vivir sola... no tener ocupación alguna obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros”.
Sylvia Plath
Sus compañeros y profesores de Smith College no podían creer que una niña tan dulce, tan bonita y tan equilibrada como Sylvia Plath pudiera escribir como lo hacía. La publicación de La campana de cristal, la única novela que escribió, generó polémica como pocas en el calmo ambiente universitario. En ella, Plath muestra cómo la sociedad de finales de los sesenta restringía las ambiciones literarias de su protagonista hasta la locura.
Virginia Woolf
Experimentó, como pocos con la escritura. En La Señora Dalloway empieza a desarrollar lo que hoy se conoce como “fluir de conciencia”, una de las innovaciones de la prosa del siglo XX, y a jugar con los tiempos de la narración. Sus ensayos, ignorados hasta bien entrados los 70, se convirtieron en bastión del movimiento feminista.
Wislawa Szymborska
Dicen que en Polonia sus libros de poesía venden más que los de muchos prosistas. Y no sería raro. El lenguaje coloquial de sus poemas, su aparente sencillez, los juegos de palabras, sus imágenes contundentes, hacen que su obra sea bastante accesible. La variedad de temas que trata, sin embargo, hace que la obra de Szymborska sea una de las más complejas. No por nada recibió el Premio Nobel de Literatura en 1996.
Zadie Smith
Esta joven escritora británica nació en 1975 y pronto deslumbró con su primera novela, Dientes blancos. Hija de una modelo jaimaiquina y un fotógrafo inglés, pronto se convirtió en una celebrada autora internacional al publicar su segunda novela, Sobre la belleza. En esta, la historia de dos familias de académicos es dibujada con tales sutileza y humor, que hacen que cualquier lector se rinda ante su prosa refinada y muy inteligente.

Una sensación amarga e iluminada me depara la lectura de “Gabriel García Márquez: Una vida”, la monstruosa y gigantesca semblanza biográfica de 762 páginas del inglés Gerald Martin, publicada en este octubre de 2009 por Random House Mondadori.
Es un libro avasallante y minucioso sobre los ochenta años de existencia fecunda y compleja de García Márquez, que no se limita al ciclo humano entre 1927 – 2007, sino que delinea la historia secreta de la aldea natal y del país entre 1800-1899. En tres inmensos capítulos, Martin resuelve casi un siglo de historia.
En primer lugar, parece en verdad la hazaña editorial de un biógrafo que se adentra en los intersticios humanos, oscuros, sórdidos muchas veces, para descubrir contrastes y privilegios, de la familia paterna y materna del escritor, y orígenes también oscuros y pervertidos de una nación que no termina por reconciliarse. Parece de veras, más allá de todos sus logros evidentes, un libro sobre alguien que murió hace mucho tiempo. Tal vez por eso, un escritor como García Márquez se resista a ser biografiado.
Es una tarea descomunal, desolada en sí misma, que pone en la balanza los hallazgos deslumbrantes e implacables de una vida y una obra, pero también la confianza, las infidencias, las contradicciones y el sentido riguroso de un biógrafo inglés, al que pareciera no bastarle trescientas entrevistas en dieciocho años de investigación para acometer semejante empresa y prometer un segundo tomo sobre la biografía de la familia. Hay en todo ello, desmesura y desafío, y un contrapunto cultural y de traducción que cuestionan muchos momentos de la vida del biografiado. Fue tal la intensidad de esta investigación que Gerald Martin se iba enfermando casi al mismo tiempo en que se enfermaba su biografiado.
La conclusión al leerla es que García Márquez es a pesar de provenir de un Caribe de tramas complejísimas: el origen guajiro de su madre y de sus ancestros maternos, la permanencia breve y fugaz en Aracataca y el contrapunto del Sincé de su padre Gabriel Eligio García y sus ancestros paternos, los contrastes temperamentales y humanos entre su abuelo materno, el Coronel Nicolás Márquez y su abuelo paterno, Gabriel Martínez Garrido, su abuela materna Tranquilina Iguarán y su abuela paterna Argemira García Paternina, los retratos de dos núcleos familiares distintos pero en esencia con rasgos comunes y contradictorios. La visión de Martin es polémica y discutible: el escritor proviene de “esta mescolanza caótica de raza y clase, con tantas posibilidades de ilegitimidad y un único camino, recto y estrecho, a la verdadera respetabilidad, es el mismo mundo en el que muchos años después crecería el pequeño García Márquez, y de cuyas perplejidades e hipocresías participaría”. Es probable que su enfoque cultural y su traducción puedan generar equívocos a la hora de cuestionar las vidas del coronel y del padre del escritor y las dos abuelas, pero en esencia, lo perdurable y lo consistente es que el escritor es y será a pesar de cualquier hallazgo infidente de su genealogía.
Mi conclusión es que nada pudo impedir el destino de uno de los mejores escritores del mundo, nada, ni siquiera la pobreza, los amores contrariados, los conflictos sociales, la adversidad, la eterna batalla contra la pobreza de su padre, los oscuros orígenes de la nación, la tendencia colombiana a la fatalidad, nada pudo impedir que surgiera el escritor que es Gabriel García Márquez. El enfoque familiar puede ser cuestionable pero desde mi perspectiva, los rasgos temperamentales del escritor son una suma afortunada y sintética de su padre y su abuelo, sus dos abuelas: la guajira y la sucreña: el poderío de la imaginación verbal, la desmesura de vivir y amar, la inclinación a mitificar la existencia, ser la hoja y el fruto de un árbol cuyas ramas abrumadoras iluminan las historias personales y colectivas en las que se retrata el Caribe colombiano. Tuve el gran honor de conocer de cerca a su padre y a su madre y vi en ellos muchos rasgos humanos y espirituales que engrandecen a García Márquez. Ante la avalancha descomunal del acervo de Martin y la hipérbole vital y literaria de García Márquez, hay el riesgo de contar con el rigor despiadado del cronista o historiador, una vida fascinante y triunfal en medio de las más dolorosas y espléndidas paradojas.
La advertencia y el regaño del primer maestro de periodismo que tuvo García Márquez, el primer jefe de redacción de El Universal, Clemente Manuel Zabala, cobran hoy otra dimensión en la historia: “Dime una vaina, Gabriel: ¿en medio de tantas pendejadas que haces has podido darte cuenta de que este país se está acabando?”. Esa pregunta tiene hoy sesenta y un año de haber sido formulada y depara a los lectores nuevas respuestas.
El libro se cierra en la mañana apoteósica de la celebración de sus ochenta años en Cartagena de Indias. Había mucha gente llorando, le dijo Martin. “Yo también estaba llorando”, dijo García Márquez. “Sólo que por dentro”.

Juanita Castro Ruz, la quinta de los siete hijos de doña Lina Ruz y don Ángel Castro, acaba de publicar un libro de memorias sobre su relación con sus hermanos más famosos, Fidel y Raúl. En sus páginas la historia de la revolución cubana se ve desde el prisma del hogar de sus protagonistas más importantes, narrada por una señora que añora ese mundo de su infancia y su juventud que comenzó a desaparecer con el triunfo de la revolución, el 31 de diciembre de 1959. En el libro, que seguramente causará mucha polémica, la autora reconoce haber estado en la nómina de la CIA, y lo justifica plenamente por el horror que, a su juicio, su hermano mayor había desatado en Cuba. Acusa a Fidel de haber abandonado muy pronto a su familia por su ambición de poder, deja ver su amor por Raúl y recuerda los momentos más álgidos del final de la dictadura batistiana.
En sus fascinantes páginas desfila la pequeña historia de uno de los procesos más trascendentales y dolorosos de la historia reciente de América latina. Aparece desde la cómoda casa de la hacienda llena de niños en el pueblito occidental de Birán, a 700 kilómetros de La Habana, donde los Castro eran la familia más rica e influyente del área; los primeros desvaríos revoltosos de sus hermanos; la desilusión que se apoderó de ella cuando se declararon abiertamente comunistas; y su salida de la isla en 1964, cuando sus contradicciones con lo que se vivía en Cuba llegaron a un punto de no retorno. Estos son algunos apartes de un libro que no dejará a nadie indiferente.
El asalto al Cuartel Moncada
El calendario de papel sobre el escritorio de mi papá marcaba la fecha 26 de julio de 1953. Reparé en la presencia del almanaque al momento de ir a llamar al viejo para que viniera a comer porque todo estaba listo y esperándolo. De otra forma nada me pudo advertir que ése sería un domingo diferente para los cubanos de ese tiempo y para los de muchos años más. Era un precioso domingo de verano el que nos reunía en la mesa que compartimos mi mamá, Enma, Tania, la hija de Angelita, mi papá y yo. La plática continuó en una sobremesa, mientras mi papá -como siempre acostumbraba- escuchaba las noticias de la tarde por la radio.
De pronto la música que acompañaba a un boletín especial nos hizo callar para escucharlo:
'Interrumpimos esta transmisión para informarles que un grupo de rebeldes asaltó hoy el Cuartel Moncada, la segunda guarnición militar en el país, localizado en Santiago de Cuba, capital de la provincia de Oriente. Se habla de muertos y heridos. No se conocen más detalles… Seguiremos informando'…
Todos sentimos escalofríos mientras mi papá, mirándonos, dijo:
-No sé por qué pero algo me dice que este muchacho, Fidel, está metido ahí.
De inmediato Enma intervino.
-Cálmate viejo, ¡qué va que Fidel va a estar metido en algo así! Quítatelo de la cabeza.
Aunque nada ligaba a Fidel con el asalto al Moncada, el ambiente en la casa se puso tenso y, peor aún, cuando vinieron a informarnos que la pareja de la guardia rural destacada en Birán había sido llamada de urgencia a reportarse al cuartel del Central Marcané.
-¿Qué pasa? -bromeó Enma-¿Acaso comenzó ya la revolución contra Batista?
Por unas cuantas horas no escuchamos nada más hasta que alrededor de las 6 de la tarde llegó corriendo el dependiente de la tienda.
-Doña Lina, doña Lina, acabo de escuchar por la radio que el jefe del asalto al Cuartel Moncada ¡es Fidel!
Me preocupé enormemente porque yo tenía la certeza de que Raúl, por su devoción a Fidel y por la fuerte influencia que éste ejercía en él, por supuesto que también estaba en aquella acción revolucionaria. Los ojos de mi mamá se humedecieron y murmuraba, "Dios mío, Dios mío".
Poco a poco comenzó a llegar más información.
'Volvemos a interrumpir la programación para dar a conocer que está confirmado que el líder de los asaltantes al Cuartel Moncada es Fidel Castro Ruz; su hermano Raúl también se encuentra en el grupo. Seguiremos informando'.
Mi papá, aquel gallego bien plantado, se soltó a llorar como nunca…
-Yo que le entregué a Raúl, el más chiquito de mis hijos, para que hiciera de él un hombre de bien, ¡y miren dónde me lo ha llevado! ¡Lo ha llevado al matadero!
Tania, mi sobrinita, al ver a su abuelo llorar desesperado, comenzó a llorar sin saber qué hacer, mientras yo trataba de calmarla. Con los años Tania ha dicho que aquella imagen nunca se le va a borrar mientras viva, y eso que era una niñita de escasos 5 años. Enma y yo entonces acompañamos a mi mamá y a mi abuelita Dominga a rezar rosarios a la Virgen de La Milagrosa, mientras mi papá desesperado sintonizaba cuantas estaciones podía para saber más detalles, pero nada. Parecía ser que todo estaba cuidadosamente guardado.
Cayó la noche y mientras esperábamos noticias por la televisión, comenzamos a escuchar alrededor de la casa ruidos extraños, y poco a poco los fieles trabajadores de la finca comenzaron a llegar para decirnos lo que pasaba.
-Doña Lina, don Ángel, ¡todos los alrededores de la finca están rodeados por soldados! ¡Todos están armados con rifles!
-Cálmense -les dijo mi mamá-, que aquí no va a pasar nada. No tengan miedo.
Poco después llegaron los emisarios batistianos…
-Únicamente queremos informarles que estamos vigilando toda la zona y que cumplimos órdenes superiores de vigilar la casa.
Cuando los hombres salieron, mi papá sacó su conclusión:
-Fidel y Raúl no están muertos porque estos andan a la espera de que ellos vengan por aquí.
Tenía razón el viejo y en verdad que eso nos dio esperanza sobre su vida…
-Fidel sabe más que todos -sentenció Enma- y no se aparecerá por acá porque entiende que aquí sería lo primero que vigilarían.
Por supuesto que nadie durmió aquella noche en la casa tal y como muchas veces había ocurrido, porque con los años esas vigilias habían aumentado por los líos en los que Fidel se metía a menudo. Si mi padre era un hombre preocupado por sus hijos, que no se acostaba si no rezaba por la salud de todos nosotros, a partir de aquel 26 de julio de 1953 estuvo más cerca de sus oraciones, de las que se agarró con todas sus fuerzas para poder soportar todo aquello que pasaba con su familia.
Mi mamá, apenas recuperada del impacto, comenzó a preocuparse…
-Castro, ¿cuántos muertos y heridos hubo? ¿Quiénes eran? ¿Qué pasó con ellos?
-No han dicho nada, Lina, no han dicho absolutamente nada.
-Ay viejo, más víctimas, más familias desgarradas por el sufrimiento, padres, hermanos, hijos con luto. ¿Es que nunca habrá paz en los hogares cubanos?
Nosotros ignorábamos por completo los detalles de cómo se había fraguado todo. El surgimiento de la juventud martiana o del Centenario, como se le conoció por el centenario del nacimiento de José Martí, apareció como idea de Abel Santamaría, que propuso el nombre con el que se conoció al grupo de militantes revolucionarios que atacaría el Cuartel Moncada. El plan de esos jóvenes era organizar y movilizar a toda la juventud y al pueblo de Cuba para derrocar la dictadura de Fulgencio Batista y entregar el poder a las autoridades civiles provisionales, que tendrían la tarea inmediata de reestablecer la Constitución de 1940. De todo esto me enteré después por boca de Raúl.
(...) Al encaminarnos hacia allá algo llamó nuestra atención: el ejército tenía cerradas todas las calles de Santiago. Había una gran movilización y de inmediato dedujimos lo que pasaba… ¡Habían capturado a Fidel y lo estaban llevando al Vivac (como era conocida la prisión en Santiago de Cuba)!
¿Quién podría salvarle la vida a Fidel en ese momento?
¡Monseñor Enrique Pérez Serante!
Como el escándalo era tan grande, por lo menos teníamos la certeza de que estaba vivo. La prensa lo confirmó y el coronel Chaviano aflojó la mano y no se atrevió a fusilarlos a sangre fría a medida que fueron capturando a los otros 28 militantes.
A Fidel lo detuvieron en las Montañas Orientales, en la zona conocida como "La gran piedra", donde estaba junto a Óscar Alcalde, un hombre que tenía una granja de pollos y que vendió todo por el ataque al Moncada, y otros más que se habían quedado dormidos, rendidos por el cansancio. Los habían sorprendido dentro de una casita hecha de guano. El teniente Pedro Sarría, que comandaba la columna de militares, reconoció a Fidel, le pidió que dijera su nombre en voz alta, lo detuvieron y se lo llevaron a Santiago. Fue ahí cuando, por afortunada coincidencia, mi mamá y yo estábamos esperando entrar al Vivac para llevarle comida a Raúl ¡y vimos que traían a Fidel detenido!
-¡Están los dos vivos, Juanita! ¡Y por lo menos están juntos!- repetía mi madre.
Días después fueron trasladados a la prisión de Boniato, donde alguien le ordenó a un teniente llamado Jesús Yánez Pelletier matar a Fidel poniéndole veneno en un plato con bacalao. Yánez se negó a hacerlo y en cambio nos avisó a nosotras y a Fidel. Fidel, por medio del abogado defensor, hizo la acusación pública de que los batistianos lo querían envenenar, al margen de que a Yánez Pelletier lo expulsaron del ejército y lo metieron en la cárcel.
Baudilio Castellanos, profesor de la Universidad de Oriente, como abogado de oficio defendió a todos los combatientes que se declararon culpables. Mientras tanto, nosotras ya habíamos contratado al mejor abogado penalista de Santiago de Cuba, Jorge Paglieri, para que se hiciera cargo de la defensa de Fidel y Raúl. Durante aquel juicio, que comenzó en septiembre, Fidel hizo su propio alegato famoso, "La historia me absolverá", ante el fiscal Mendieta. Al terminarse el proceso un mes después, en octubre de 1953, a Fidel lo condenaron a 26 años de cárcel, mientras que a Raúl y a los otros 28 muchachos les dieron 13 años en lo que era la prisión modelo ubicada en Isla de Pinos (hoy Isla de la Juventud), donde tendrían que cumplir la sentencia. (...)?
'Soy marxista-leninista'
Aquel día era sábado y, como mi mamá estaba en mi casa de visita, decidí irme temprano para comer algo y conversar con ella un rato.
-Fidel habla esta noche por televisión. Me habló y me dijo que va a hacer declaraciones importantes, así que prefiero que nos quedemos aquí para poder verlo, Juanita.
No imaginé cuáles serían las importantes declaraciones, y comenzamos a verlo. Fidel daba su discurso, como ya todos nos habíamos acostumbrado, aburrido y kilométrico, cuando de pronto empezó a cambiar el tono y nos llamó la atención.
-A mí me han preguntado algunas personas si yo pensaba cuando lo del Moncada como pienso hoy. Yo les he dicho que pensaba muy parecido a como pienso hoy. Esa es la verdad.
Y en la siguiente frase, Fidel soltó la bomba:
-Lo digo aquí con entera satisfacción y con entera confianza: soy marxista-leninista y seré marxista-leninista hasta el último día de mi vida.
Al escucharlo, me quedé horrorizada y no pude más que voltear a ver a mi pobre mamá, que estaba peor que yo.
-¿Y esto qué es? ¿Qué fue lo que dijo Fidel?
Yo no sabía ni qué responderle porque la declaración nos dejó paralizadas de la impresión, hasta que comencé a hablar en voz alta, sacando lo que había tenido dentro durante mucho tiempo.
-¿Cómo es posible -le dije a mi mamá- que un hombre con el que creciste en familia, en el que creías y por el que luchaste, de repente cambie y afirme lo que siempre dijo que no era, ¿y ahora sí lo es?
Mi mamá, pobrecita, tenía los ojos llenos de lágrimas:
-¿Qué va a pasar ahora, Juanita?
-Nada, mamá. ¿Qué va a pasar? Que ahora sí estoy convencida de que Fidel es un gran actor. Un actor que representó a la perfección un papel con el que nos engañó a todos. ¿Qué más va a pasar, vieja?
Estaba de más cualquier explicación porque las dos entendíamos perfectamente y, quizá por la cercanía familiar, fuimos las primeras traicionadas con el pronunciamiento; después de nosotras estaban el resto de los cubanos que creyeron en él. Así como siempre supe que Raúl y el Che sí eran comunistas, siempre creí que Fidel nunca simpatizó con los elementos marxistas ni en la universidad ni cuando estaba preparándose en el Moncada, ni durante la expedición del Granma en México, ni en la Sierra Maestra. ¡Qué va! En familia nunca tuvo ninguna manifestación que nos hiciera pensar que sus ideas eran otras. Jamás en la vida Fidel fue marxista, jamás. Por el contrario, yo me acuerdo que Bilito Castellanos -el hijo de Baudilio Castellanos, dueño de la farmacia del Central Marcané (y de cuya hermana Fidel estuvo muy enamorado)- estaba muy vinculado a las Juventudes Comunistas, junto con Alfredo Guevara y todo aquel grupo, durante los años universitarios en La Habana. Entonces, los padres de Bilito, desesperados, buscaron ayuda. ¿A quién recurrieron para librar a su hijo de la mala influencia? ¡A Fidel!
(...) El cambio radical de Fidel al comunismo no fue por convicciones políticas, sino simplemente por la necesidad de tener poder, que es lo que siempre le ha importado. Sin los rusos no hubiera podido perpetuarse. Sin una dictadura, como la del líder ruso Nikita Khrushchev, simplemente no hubiera podido seguir ahí. Así que no tengo ninguna otra explicación: se inclinó por la Unión Soviética para perpetuarse en el poder. Cada quien recuerda aquellos días de forma muy especial....
Los engañados habíamos sido todos los cubanos con ansias de una Cuba democrática, que fue lo que prometió Fidel el 28 de abril de 1959, cuando dijo: "Será un gobierno del pueblo sin dictaduras y sin oligarquía; libertad con pan, y pan sin terror, eso es humanismo. Creemos que no debe haber pan sin libertad, pero que tampoco puede haber libertad sin pan. Queremos que Cuba sea un ejemplo de democracia representativa con verdadera justicia social".
Fidel ante la muerte de su madre
(...) Mis pensamientos fueron cortados por el ruido familiar de puertas de autos que se abrían y cerraban rápidamente, así como de pasos que entraban a mi casa: Fidel había llegado acompañado de su séquito y, como de costumbre, de inmediato me interrogó sobre lo que había pasado. Le expliqué todo.
-Esta misma noche nos vamos a llevar a mi mamá para sepultarla junto al viejo. Ya ordené que tengan listo un tren para hacer el traslado.
Fidel tenía razón porque había que cumplir su deseo más grande, el que ella siempre nos repetía: "Cuando muera, yo tengo que estar en Birán junto a su padre, ¡en ningún otro sitio más!".
Fidel le pidió a Raúl que se hiciera cargo de los trámites oficiales, mientras Angelita, Agustina, mi tía María Julia y yo escuchábamos los detalles sobre lo que él ya había decidido serían los próximos pasos.
-Vamos a velarla en casa de Ramón en el Central Marcané, así que ahora mismo nos vamos.
Con esa premura con la que Fidel había decidido todo sin consultarme, había algo en lo que él no había pensado, que me preocupaba: Enma, mi otra hermana que estaba en México.
-Hay que esperar a que Enma llegue, Fidel. Está desesperada porque no hay vuelos que la traigan de inmediato a La Habana, de otra forma no va a llegar al funeral.
Este fue "mi encuentro del día" con Fidel mientras yo trataba de explicarle mi preocupación.
-Ha buscado ayuda y nadie se la ha podido dar, incluso habló con el ex presidente Lázaro Cárdenas, y éste le dijo que la única posibilidad sería que tú enviaras un avión de la Fuerza Aérea Cubana por ella…
-¡No! ¡De ninguna manera! -me respondió inmediatamente-. ¡Por nadie hago concesiones burguesas porque esta es una época de gran austeridad de la revolución!
Enfurecida le respondí, sin importar quién me escuchara: —Si fuera un ruso o cualquier otro que a ti te interesara, seguramente lo harías, pero no mueves un dedo por tu hermana ¡que quiere llegar a estar con su madre que ha muerto!
El séquito alrededor nada más observaba la escena, especialmente porque a Fidel no hay quien se le enfrente, y ahí estaba yo haciéndolo delante de todos. Indignada, dejé a toda aquella gente que inundaba mi casa alrededor de mi hermano y me metí en mi cuarto. Al poco rato entró Fidel a tratar de suavizar la situación entre nosotros y cedí, pero no hizo nada para que Enma fuera a Cuba al sepelio.
Nunca imaginé que aquel 6 de agosto de 1963, el día de la muerte de mi madre, marcaría el final de mi relación con mi hermano.
-¡Compañeros, vamos a sacar el féretro y dirigirnos a la estación del tren!
De pronto, con una sola orden de Fidel todo sucedió como si por ahí hubiera pasado un huracán. En sólo minutos el séquito sacó el féretro y todos comenzaron a correr hacia la estación central. No sé cómo hice para llegar a la plataforma entre aquel gentío y meterme en el vagón principal a organizar las cosas, pero lo logré.
-El ataúd no cabe por la puerta del tren -me decía Tito Rodríguez-, están rompiendo una ventana para meterlo directo al saloncito.
Finalmente, luego de mil esfuerzos pudieron colocar el ataúd en aquel saloncito que durante casi un día, lo que duró el trayecto, fue su capilla velatoria. En un principio yo creí que Fidel, Raúl, Angelita y yo nos iríamos hasta Birán, pero me equivoqué: aunque Fidel subió al tren y supervisó los detalles del traslado del cuerpo de mi mamá; minutos antes de que el tren partiera, sorpresivamente se bajó.
-Fidel se irá en avión hasta Holguín y de ahí al Central Marcané, donde nos va a esperar -me informó Raúl-. Yo me quedo contigo y Angelita atendiendo a todos los que nos acompañan.
Entre los que nos "acompañaban" estaban todas mis amistades conocidas por ser opositoras del régimen. Ana Ely Esteva, una de las más aguerridas y quien conocía a Raúl, estaba impresionada. Ana Ely ha sido una luchadora incansable y una valiente mujer, primero a favor de la revolución y después luchando en contra, arriesgando su vida en misiones peligrosas y difíciles.
-¡Qué diferencia entre los dos hermanos! -me dijo Ana Ely-. Fidel nos vio a todos nosotros con cara de pocos amigos y ni nos saludó, en cambio Raúl, a pesar de saber que estamos en contra de ellos, vino muy amable y a cada uno nos agradeció por venir.
Que Fidel actuara así y que se hubiera ido aparte no era nuevo para mí, como tampoco lo era que Raúl no quisiera despegarse del cuerpo de su madre hasta el último momento que pudo acompañarla. Eso siempre lo supe por una sencilla razón: a Raúl siempre le importó la familia; en cambio, para Fidel la familia no era una prioridad.

Más allá de la revelación de Juanita Castro, la hermana de Fidel y Raúl, de que trabajó con la CIA, leer las 426 páginas del libro editado por el sello Aguilar es un ejercicio sorprendente. Aunque termina por descalificar la llamada revolución cubana y desmitificar a Fidel y al Che Guevara, el valor de estas memorias es la rigurosa elaboración narrativa de la biografía de la familia Castro, que descubre por primera vez el tejido afectivo e ideológico que cambió para siempre a Cuba, todo a partir de testimonios y situaciones desconocidas para el mundo.
Por lo que había leído en los cables, pensé que me iba a encontrar con un libro panfletario, construido en Miami para satanizar al régimen cubano, pero quedé sorprendido por un tono sereno, novedoso, cercano a los afectos y lejano del odio.
Esa fue la intención y creo que lo hemos logrado. No se trataba de satanizar a nadie ni de declararle la guerra a nadie. Pienso que no es un libro de guerra sino de paz.
¿Por qué el mensaje de fondo es rescatar el honor de la familia Castro, más allá de las diferencias con Fidel y Raúl?
Esa fue mi intención primordial. Mucha gente ha sido muy injusta al atacar a mi familia, a mi madre y a mi padre en particular, a mis propios abuelitos, gente totalmente inocente que no ha tenido la culpa de nada de lo que en Cuba ha pasado desde 1959.
¿En qué cambió su reflexión desde la primera vez que intentó publicar el libro hace diez años?
Con los años uno va a midiendo las cosas, logrando un análisis más sereno. Esos diez años me han permitido, con la cabeza más fría, hacer algo mejor.
Sin embargo, ¿no cree que su trabajo con la CIA le quita legitimidad a su discurso?
Yo traté de decir todo. No tenía por qué omitir mis actividades de colaboración con el servicio de inteligencia americano. No hubiera sido honrado omitirlo porque fue parte importante de la lucha mía por mi país.
A lo largo del texto usted insiste en su religiosidad y espíritu humanitario pero uno termina dudando cuando se vale de la CIA.
El haber sido colaboradora de la CIA no quiere decir que yo estaba haciendo algo malo. En mi deseo de servir a mi país, mi colaboración fue humanitaria más que de otra clase. Yo lo que hacía era proporcionarle protección a mucha gente que no la tenía.
¿Usted recibió dinero por eso?
Jamás le puse precio. Yo gracias a Dios tenía mis medios para poder vivir decentemente y no tenía necesidad de recurrir a ellos. Ellos lógicamente prestaban ayuda económica para, por ejemplo, llevar comida a las cárceles de Cuba.
Del otro lado también se revela el papel de la KGB en la revolución.
Ellos (Fidel y Raúl) estaban siendo protegidos, ayudados y enseñados y resultaron muy buenos alumnos al aprender todo lo que aprendieron de la KGB.
Tal vez lo más valioso de su testimonio es la reconstrucción de los afectos familiares. ¿Pasó de amar a sus hermanos a no quererlos ni un poquito?
Los lazos de sangre son muy fuertes. No es una cosa que digas yo me lavé las venas, me quité la sangre Castro y me puse una sangre Pérez o Rodríguez. Eso no se rompe tan fácil y por eso es más dolorosa la posición de uno.
Si se encontrará con Fidel ¿lo perdonaría?
Desde un punto de vista personalísimo, como hermana de sangre, si tengo la capacidad de perdonar a extraños que me han ofendido como no voy a tener la capacidad para perdonar a mi propia sangre. Eso, lejos de las cuestiones ideológicas.
¿Usted tiene que pedir perdón por algo?
Yo no he hecho nada malo en contra de mi país ni de nadie, he tendido siempre mi mano para ayudar a los demás. Desde ese punto de vista no tengo que pedir perdón. De resto, como pecadores que somos todos, hay que pedir perdón ante Dios.
¿Cuántos presos políticos quedan en Cuba?
Siempre oigo diferentes números pero a lo que aspiro es a que no haya más presos políticos en Cuba. Que se dé una transición a la democracia, que no hubiera más sufrimiento para nadie sino un gobierno democrático elegido por el pueblo, un pueblo que ya lleva 50 años de sufrimiento.
Al final del libro usted sólo le otorga la esperanza del cambio a Raúl, apoyada en su personalidad menos radical que la de Fidel.
Raúl es el presidente del país, es el gobernante, el que se supone que lleva las riendas del poder, el que debe de dar los pasos, es el que puede hacer algo.
¿Eso se facilitaría si Fidel ya no está vivo?
Fidel supuestamente está retirado. Quisiera que Raúl ejerza plenamente su posición y abra las puertas a la transición.
¿Qué va a cambiar en Cuba cuando Fidel muera?
¡Figúrese usted! Yo no quisiera hablar de cambios por la muerte de una persona sino por la necesidad del pueblo cubano. Para que no sigamos en esta guerra eterna de condenarnos unos a otros, de atacarnos unos a otros, de ofendernos, y que Cuba siga pasando las necesidades tan grandes que está pasando.
¿Qué lugar en la historia va a ocupar Fidel?
Ha sido tanto lo que ha pasado en Cuba que tenemos que esperar que llegue el momento para que el pueblo y su actitud lo juzguen.
Después de 45 años de exilio, ¿en qué cree que han cambiado Fidel y Raúl?
Están más viejos. Es hora de que con los años les llegue la madurez, quisiera acabar de ver esa madurez en ellos.
Fidel escribió “la historia me absolverá” ¿Puede ser?
La historia es la que juzga, los pueblos son los que juzgan, así tendrá que ser.
¿Fidel se convirtió en un oligarca?
Así fue el régimen que él representó hasta que se retiró. Definitivamente. Aunque ya no se sabe si es monarquía u oligarquía ese gobierno unipersonal.
¿Cuál fue el papel de personajes cercanos a Fidel como García Márquez?
No lo conozco personalmente, pero García Márquez le ha sido muy útil al régimen y a Fidel en el orden personal. Siempre ha tenido una actitud muy discreta pero es amigo personal de Fidel, le ha sido de una gran ayuda a él y al régimen comunista.
¿Influyó en su consolidación?
No puedo decirlo así porque han sido muchos factores. No puedo acusarlo de nada.
¿Qué tan intensa ha sido la relación de Fidel con la guerrilla colombiana?
Creo que Cuba fue determinante en todas las actividades guerrilleras de Colombia. Ojalá ya no lo sea. No me consta si hay actividades aún de guerrilleros entrenándose allí. Todo es posible pero no lo aseguro ni lo niego.
¿Y de la supuesta relación de permisividad del régimen con los carteles de la droga colombianos?
No me consta. Unos por atacar el régimen dicen que allí hay trasiego de drogas para ayudar a los narcotraficantes colombianos. En estos procesos hay cosas ciertas y mucho de ficción.
Cuándo evoca a Cuba en su mente ¿qué imagen le llega?
Una imagen no muy agradable. Veo el sufrimiento, las escasez, la falta de libertad. A veces es mejor no pensar.
¿Se imagina de regreso a su isla?
Digo que no. Ojalá y pudiera decir lo contrario.
Aparte de lo que puede hacer Raúl ¿qué puede hacer Barack Obama?
Ambas partes pueden hacer mucho para que las cosas cambien y se abran vías a la transición sin derramamiento de sangre.
¿Ha tenido contacto con el gobierno de Obama?
No tengo ningún tipo de contacto. A la única funcionaria que conozco es a Hilary Clinton, a quien conocí cuando estaba haciendo campaña presidencial y yo era su simpatizante. Ella ha dicho que los cambios deben ser de parte y parte.
¿Serviría de algo que Obama levante todo el bloqueo comercial?
En Cuba lo que hace falta es cambiar el sistema completamente.
¿Entonces los Castro qué balance le dejan a Cuba?
No la familia Castro. Nosotros no implantamos el sistema de gobierno. Fueron dos hermanos, el resto de la familia no tiene nada que ver y eso debe quedar muy claro. Nosotros no tenemos por qué pagar las consecuencias de los errores que ellos hayan podido cometer.
¿Le quedan historias y aliento para otro libro?
Siempre queda algo por decir, pero este es el más importante porque es el primero, aunque tal vez sea suficiente.
Cuando Fidel sigue calificando a los exiliados como usted de “gusanos” ¿Cómos se siente?
No le hago caso. Yo no soy ‘gusano’ ni nunca lo he sido pero ese fue el calificativo que nos dieron por enfrentarnos al régimen y no me entra por un oído así que no me sale por el otro.
¿De qué vive usted?
Yo estoy retirada y tengo mis ahorros porque trabajé durante35 años. Tuve un negocio de farmacia, me fue bien, lo pude vender muy bien y económicamente no me puedo quejar.
¿Le queda algún sueño?
Vivir un poco en paz, lo que me quede de vida. Y que haya una luz de libertad en mi país.
Teniendo en cuenta su experiencia con el caso cubano ¿qué opina del colombiano?
Es muy lamentable lo de Colombia, por un lado una cosa y por el otro otra. Yo le deseo lo mejor y que acierten a la hora de elegir a sus gobernantes para que puedan llegar a la felicidad.
Diez frases claves del libro
“Contrario a las barbaridades que se han dicho de nosotros como familia, todos fuimos unos hermanos que siempre nos quisimos mucho, cada uno con una forma diferente de expresarlo”.
“Para Fidel, el sentimiento equivale a debilidad... era reservado, se iba de cacería, siempre andaba comprando rifles y pistolas”.
“Ahí estaba Fidel, mi hermano, el héroe, el hombre que había derrocado a la dictadura de Batista, el que estaba siendo idolatrado por el pueblo cubano. ¡Pues claro que yo estaba feliz! Feliz de que mi propio hermano lo hubiera logrado”.
“¿Tuve remordimientos por traicionar a Fidel al aceptar reunirme con sus enemigos? No, por una sencilla razón: yo no lo traicioné a él. Él fue quien me traicionó a mí. Él nos traicionó a los miles que sufrimos y peleamos por la revolución que nos ofrecía”.
“Así como siempre supe que Raúl y el Che sí eran comunistas. Siempre creí que Fidel nunca simpatizó con los marxistas”.
“En mi carro transportábamos armas desde Nueva York hasta Miami para llevarlas a Cuba”.
“No creían que yo, una hermana de Fidel, estuviera aquí sufriendo los embates, cuando podría estar en Cuba, en paz con el régimen”.
“Dolorosamente tuve que aceptar lo que un día dijera la CIA: ‘Juanita Castro es la pieza más importante de propaganda que nosotros hemos podido captar. Es el golpe más grande proporcionado al régimen comunista’”.
“Que Fidel me mató a un hijo. Cuál sería mi sorpresa al oír semejante barbaridad”.
“Una revolución no se hace fusilando gente, ni entregándola al comunismo”.

(Por Gustavo Tatis Guerra) Una mujer valiente, aguerrida, con una agudeza crítica y un sentido de la memoria histórica. Silvia Galvis (Bucaramanga, 1945), acababa de culminar su más reciente novela “Un mal asunto”, sobre el homicidio de una congresista, cuando le sobrevino la muerte de un infarto a sus 63 años, en su ciudad natal: Bucaramanga.
A ella se le debe el impulso y consolidación de las unidades investigativas en el seno de los periódicos colombianos en los años ochenta, que encararon un desafío de desenmascaramiento de todas las formas de corrupción y violación de los derechos humanos: el narcotráfico, por un lado, que le tendió trampas a la sociedad colombiana y a sus instituciones permeándose sutil y despiadadamente, hasta las atrocidades de todos los movimientos armados, no sólo la guerrilla y el paramilitarismo sino también las fuerzas del estado que fueron permeadas también por el poder corruptor. Silvia fue precursora de esas unidades investigativas que luego se crearon en el Caribe colombiano y en el interior del país, y que al cabo de unos años se fueron debilitando, fragmentándose y desapareciendo, víctimas de las amenazas, la persecución selectiva de periodistas. Cuando leí “Colombia Nazi” (1986), me estremecí al saber que en muchas ciudades del país sobrevivían líderes que acogieron el ideal del nazismo en Colombia, muchos de ellos conocidos ejecutivos y exitosos personajes de la vida pública o el sector privado, que se dejaron seducir por el discurso maquiavélico y macabro de uno de los seres despreciables de la historia de la humanidad. Ese libro escrito a cuatro entre Silvia Galvis y Alberto Donadío, me abrieron la puerta para conocer el talante de una investigadora insaciable y obstinada. Luego, leí “El jefe supremo” (1988), sobre el dictador Gustavo Rojas Pinilla. Un libro que entrelaza el documento con el relato narrativo de la historia. Luego, leí con voracidad y emoción el libro “Los García Márquez” (1996), una serie de retratos de los hermanos de Gabriel García Márquez, en los que evocaban instantes vividos con el escritor, escenas de casa, anécdotas, confesiones, en donde se revela una herencia extraordinaria de narradores orales, provenientes de una madre guajira como Luisa Santiaga Márquez y un padre sinceano como Gabriel Eligio García, los dos dotados de ingenio verbal, capacidad para contar historias, una memoria providencial y una gracia escénica, que influenciaron sin duda el alma y el carácter del Premio Nobel de Literatura. Ese libro divertido aporta aspectos humanos del escritor, su familia y sus orígenes. Luego, vinieron sus incursiones a la narrativa ficción a través de novelas como “Viva Cristo Rey” (1991), “Vida mía” (1994), “Sabor a mí” (1995), una obra de teatro que confieso no haber leído “De la caída de un ángel puro por culpa de un beso apasionado” (1997), la extraordinaria selección de columnas periodísticas “De parte de los infieles” (2001), y su novela histórica de 888 páginas “ Soledad, conspiraciones y suspiros” (2002), sobre Soledad Román, fruto de tres años intensos de escritura. Es sin duda el libro panorámico y exhaustivo sobre la vida de esta cartagenera y su incidencia en el destino político de Cartagena y Colombia junto a Rafael Núñez. A esta novela monumental, le siguieron “La mujer que sabía demasiado” (2006) y “Un mal asunto”. La obra de Silvia tiene tres aportes no sólo como periodista aguda, visceral, íntegra, sino como narradora histórica y de ficción y como pionera del periodismo investigativo en el país. Le sobreviven sus hijos Alejandra y Sebastián, de su primer matrimonio con ingeniero Gerhard K. Hiller Brauer, y sus nietos Mariana, Sofía y Sebastián Hiller Zafra. Y su segundo esposo, el periodista Alberto Donadío, con quien compartió a lo largo de casi tres décadas, la creación literaria, la investigación periodística y el sentido crítico hacia la sociedad colombiana. Sin duda, su muerte es una pérdida no sólo para el periodismo investigativo sino para la literatura y la narrativa de ficción que retoma la historia contemporánea como escenario de intrigas, tramas policiacas, voracidad perniciosa y envilecida del poder, oscuros deseos y macabras pasiones.
Por sus ojos profundos y negros Silvia Galvis contempló y descifró en profundidad a este país.

Entre el 16 y el 21 de febrero de 2000, el corregimiento de El Salado y otras localidades de la comprensión municipal de El Carmen de Bolívar fueron escenario de la “más notoria y sangrienta escalada de eventos de violencia masiva perpetrados por los paramilitares entre 1999 y 2001. Si bien la masacre de El Salado dejó 61 personas muertas, el ciclón de violencia en la región se materializó en 42 masacres que dejaron 354 víctimas fatales”.
La conclusión es del grupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR), que esta semana hará público su segundo informe, bajo la dirección del historiador Gonzalo Sánchez. El año anterior, el equipo de investigadores entregó a la sociedad una pormenorizada investigación sobre la masacre de Trujillo (Valle). Esta vez lo hace con uno de los episodios más vergonzosos en la reciente historia de Colombia.
La masacre de El Salado fue cuidosamente planeada en la finca El Avión, perteneciente al municipio de Sabanas de San Ángel (Magdalena), y en ella participaron, en calidad de autores intelectuales, los jefes paramilitares Salvatore Mancuso, Jorge 40 y alias H2. La ejecución de la matanza estuvo a cargo de 450 paramilitares que se dividieron en tres grupos y literalmente sembraron el terror en esta zona de los Montes de María.
El informe demuestra cómo los paramilitares sometieron a la población a extremas circunstancias de terror. A los sobrevivientes se les obligó a ver las torturas y los suplicios de sus familiares, amigos y vecinos; las acciones de violencia se convirtieron en un espectáculo festivo de crueldad extrema, y en medio de la estigmatización de la población, destruyeron desde sus objetos más valiosos hasta sus gallos de pelea y sus burros.
Después de la masacre, El Salado se convirtió en un pueblo fantasma y el sueño de erigirse en municipio quedó enterrado. Aunque en febrero de 2002 regresaron a la región unas 300 personas, ya el pueblo no tiene la misma perspectiva de hace una década. Hoy viven en El Salado 730 personas y dejó de ser el corregimiento más próspero de El Carmen de Bolívar para convertirse en una localidad golpeada por la desmemoria.
Pero además de recordar la inhumanidad de los victimarios y el silencio de la sociedad, que dejó entre los pobladores un sentimiento de impotencia, hoy subsiste un reclamo a la Fuerza Pública por su omisión y presunta acción en los hechos. Su gente sigue cuestionando que habiendo advertido la presencia de los paramilitares, la Fuerza Pública en vez de perseguirlos optó por confinar a las víctimas en el pueblo.
El informe del grupo de Memoria Histórica de la CNRR desentraña las claves de esta masacre. Desde los antecedentes en la región, donde la guerrilla ostentó un dominio territorial por muchos años, hasta las denuncias de un ganadero y político de la región apoyado por un gobernador encargado, de que un robo de reses requería mayor presencia militar. Hoy El Salado representa el dolor de un pueblo arrasado, cuyos habitantes, la mayoría desplazados, se siguen repitiendo: “Esa guerra no era nuestra”.
La segunda semana por la memoria
A partir de este domingo y hasta el 25 de septiembre se realizará la segunda versión de la semana por la memoria. El evento comenzará en El Salado, con la presentación del informe, una muestra fotográfica, un partido de fútbol y un acto cultural con la comunidad. El lunes se replicará la actividad en Cartagena y a lo largo de la semana habrá eventos en Bogotá.
Como aporte complementario, el grupo de Memoria Histórica de la CNRR, entregará un valioso documento llamado ‘Recordar y narrar el conflicto’. Un material pedagógico con varios instrumentos conceptuales, éticos y psicosociales que permitan a las comunidades la construcción de sus memorias y el esclarecimiento de sus propias verdades.
Los Montes de María, una zona de guerra
La región de los Montes de María está ubicada entre los departamentos de Bolívar y Sucre y está integrada por 15 municipios. Durante muchos años y en especial en la época de la masacre paramilitar, los frentes 35 y 37 de las Farc tenían azotada la región. La fuerza pública sigue haciendo presencia, especialmente a través de la infantería de Marina y los comandos de Policía.
A su vez el paramilitarismo, primero hizo presencia a través del frente Rito Antonio Ochoa, pero después fue estructurado el bloque Héroes de los Montes de María que extendió sus tentáculos desde Sucre y Bolívar hasta las calles de Cartagena o Sincelejo, además de los municipios conexos.
Hoy está claro que el comandante máximo de esta estructura fue Edwar Cobo Téllez, alias ‘Diego Vecino’, y que como segundo operó Uber Enrique Banquez Martínez, conocido como ‘Juancho Dique’. En la región actuó también Rodrigo Cadena, de cuya suerte no se sabe.

Crece la presencia de libros infantiles con temáticas homosexuales. Una editorial en España se especializa en ellos, y en Colombia, aunque todavía con timidez, comienzan a verse.
En esta historia los que terminaron felices y comieron perdices no fueron el príncipe y la princesa. Sino el príncipe y el príncipe. El flechazo de amor le llegó al joven príncipe, no cuando vio a una princesa, sino al hermano de ella. "¡Qué guapo!", dijo. Se casaron y reinaron como rey y rey.
Así, Rey y rey, se llama este cuento infantil que ha generado controversia en algunos de los países. Incluso en Inglaterra -país pionero en lanzar un programa educativo que incorpora textos infantiles con temática homosexual- este libro terminó prohibido en un par de escuelas debido a la queja de padres de familia. "Mi hijo viene a casa y habla de relaciones entre un mismo sexo cuando nosotros no le hemos hablado ni de las relaciones heterosexuales", protestaron. Los cuentos terminaron guardados en el clóset.
A pesar de las voces contrarias, la tendencia de publicar literatura infantil con historias de homosexualidad ha tomado fuerza, al punto que se han realizado concursos que la promueven. El año pasado hubo una convocatoria latinoamericana que reunió más de cien manuscritos. Según sus organizadores -entre ellos la secretaria de Educación de Buenos Aires- el objetivo era "incentivar el respeto a la diferencia desde la infancia". El cuento ganador fue Pañuelito celeste, la historia de un niño que quería ser niña.
La española Lucía Moreno es una de las autoras que más ha promovido esta literatura. Su primer cuento se tituló El amor de todos los colores, la vida de un niño que tiene dos mamás. Cuando finalizó su manuscrito, Lucía recorrió varias editoriales pero todas le dijeron que no había mercado para esos libros. Terminó por crear su propio sello editorial, Topka, que se ha especializado en literatura "para todos los niños y todas las familias". No solo edita historias de hogares homoparentales, sino de niños con discapacidades, con padres adoptivos, etc. La respuesta ha sido más amplia de lo esperado: distribuye en España, México, Inglaterra y Estados Unidos.
-¿Qué encuentra un niño cuando lee un cuento con estas temáticas?
-A mí lo que me preocupa es lo que leen mis dos hijos, una niña y un niño adoptados (él, con parálisis cerebral) y que tienen dos mamás -responde Lucía-. ¿En qué cuento se ven reflejados ellos? En ninguno. Y ellos no necesitan libros que les den explicaciones. Quieren vivir aventuras. Por otro lado, los niños prototípicos, si es que existen, encuentran una puerta a un mundo al que, por lo general, no tienen acceso. Eso debe hacer la literatura: mostrar horizontes amplios.
No obstante, hay padres de familia que abren los ojos como platos cuando ven estos cuentos. "Yo no le leería eso a mi hijo", dice Carmen Martínez, 33 años y madre de un niño de 4, cuando hojea Rey y rey y Daddy's roommate (El compañero de habitación de papá), otro cuento que narra la historia de un niño que afronta el divorcio de sus padres y la nueva vida de su papá al lado de otro hombre.
Elsa González, especialista en infancia y desarrollo, dice que la respuesta a estas historias depende de cómo se les lean a los niños. "Si como mamá me escandalizo, puedo generar malicia e ideas erradas en el niño -afirma-. Tampoco puedo presentarlo con total normalidad, sobre todo en sociedades con costumbres morales tan rígidas. Hay temáticas que, en niños tan pequeños, no son necesarias de tratar. Todo tiene su tiempo adecuado". González, que es coordinadora académica de preescolar y primaria de un colegio bogotano, confirma que estos libros todavía no están en los centros educativos en el país. Y posiblemente tarden en aparecer.
Pero van a llegar, tarde o temprano. "Estamos en una aldea global", dice Moreno, y asegura que los niños se están abriendo al mundo, lo quieran o no los padres y profesores. Los tabúes están más en la mente de los adultos que en la de los niños. "Me preguntan si es difícil escribir sobre homosexualidad para niños -cuenta Lucía-. Digo que es más difícil escribir para adultos. Ellos son los de los prejuicios".
A los niños lo que les interesa es la aventura que se cuente. Y lo que importa es que esa historia tenga calidad. Yolanda Reyes, experta en literatura infantil, opinó sobre Rey y rey: "Desde un punto de vista meramente estético, no estamos ante uno de esos álbumes que nos dejan maravillados. Tal vez si el tema no fuera susceptible de controversia, sería otro libro del montón". Según dice, los textos no deben estar al servicio de una tesis, sino ofrecer buena literatura. Abrir ventanas al mundo sin que quien los lea se vea obligado a participar de ideas determinadas o de mensajes explícitos. Que sea un buen libro. Ya sea que cuente la historia del rey y el rey, o del rey y la princesa.

(Soho) 1. En una pequeña, bella y hedionda ciudad amurallada de cuyo nombre, por desgracia, no puedo olvidarme vivía un ingenioso y tímido caballero a quien todos conocían como Poncho Quijano; la mayor parte de su vida había sido un flaco y honesto médico de barrio pobre, pero sus buenas maneras y bajas tarifas lo hicieron tan popular que los políticos empezaron a sonsacarlo. Su fiel asistente, el sabio y robusto Sancocho Panza, le aconsejó una y otra vez desdeñar las turbias zalamerías y promesas de aquellos obesos diputados y le recordó que gracias a ellos Ciudad Inmóvil había dejado de ser un lugar digno y festivo para convertirse en el más largo y abominable cordón de miseria de América Latina.
—No todos los políticos son malos, Sancocho.
—Seguro, doctor, algunos son peores.
—Pero tal vez desde el Concejo pueda ayudar más a los pobres que desde este consultorio.
—O tal vez termine convertido en uno de ellos.
—¿Cómo puedes decir eso, Sancocho? No olvides mi personalidad secreta... y la tuya. He derrotado a los tomates dementes y los patacones asesinos en una misma noche.
—Era solo una ensalada con plátano frito, usted cuando fuma esa hierba se enloquece.
—Sanco, Sancochito, lo que a simple vista parece inocente puede resultar muy peligroso. Sé que no entiendes ciertas cosas, pero eres fiel y eso es suficiente. A propósito, ¿mandaste pulir mi armadura?
—Si se refiere a la olla, el caldero y las tapas puedo asegurarle que las dejaron como un espejo. ¿Qué ha dicho la señora Dulcimea?
—Ella piensa que fue un ladrón.
—¿De ollas y calderos viejos?
—Dulcimea últimamente ha estado muy pensativa... A ella tampoco le gusta que hable con políticos.
—Es una mujer muy sensata. Debería hacerle caso.
—Tal vez tengas razón, Sancocho. Ahora déjame solo, tengo que pensar.
—Esta noche no podré acompañarlo, señor.
—Tienes que hacerlo Sancocho, eres mi escudero.
—Tengo mis propias obligaciones, señor.
—La primera es estar a mi flanco, no lo olvides.
Sancocho miró a Poncho con expresión triste y sin agregar palabra salió del consultorio.
2. No siempre Poncho Quijano había tenido una personalidad secreta, como todos los hombres de Ciudad Inmóvil hablaba en público de sus conquistas y de lo recio que era como amante y lloraba en privado sus frustraciones. Hasta los treinta y seis años había vivido con su madre y era ella quien decidía lo que debía comer o vestir. Su padre se había largado con una bailarina cuando él era todavía un niño, y Quijano, siendo un adolescente flaco y temeroso, sufrió toda clase de desventuras y fue blanco de las bromas de sus compañeros de colegio. Casi siempre estaba ansioso y para combatir esa ansiedad crónica se hacía la paja una y otra vez. En los descansos, mientras los otros chicos iban al patio del colegio a jugar, él se encerraba en un baño a masturbarse con el recuerdo de alguna de sus compañeras. Como su enfermiza timidez no le permitía mirar a las chicas de frente, su recuerdo de ellas era difuso y decidió que era mejor imaginarlas; a punta de pajas su mente fue capaz de crear bellas mujeres de todas las edades y cataduras, incluso les empezó a poner nombres. Al final logró tener un harem de catorce mujeres imaginarias, su favorita para hacerse la paja era Dulcimea; una robusta matrona de pelo y ojos marrones y sexo abultado y afeitado que latía como un enorme sapo tropical. Poncho mientras se pajeaba imaginaba hundir su atormentada verga en aquella raja sideral y, mientras la hundía, aquel sexo se hinchaba y calentaba hasta enrojecer y entonces él descargaba un chorro de semen tan potente que llenaba la entrañas de Dulcimea hasta derramarse sobre su cuerpo. Al abrir los ojos observaba con resignación los pequeños pegotes de semen que tenía entre los dedos. Cuando estaba en su casa, para Poncho era más difícil hacerse la paja, pues su madre mantenía una férrea vigilancia y controlaba el tiempo que pasaba en el baño. Poncho debía esperar la madrugada para encontrarse con las chicas de su harem y si alguna gota de semen pringaba las sábanas debía levantarse a esa hora para limpiarla y evitar que su madre le diera un sermón sobre el infierno al que estaban destinados los pajizos.
3. Su cumpleaños número treinta y seis Poncho lo pasó en el consultorio, a las siete y media de la noche atendió el último paciente y luego, mientras regresaba a su casa caminando, lo sorprendió un fuerte aguacero. Llegó empapado y al día siguiente se despertó tosiendo, pensó que era un malestar pasajero y no le concedió importancia pero 24 horas después estaba en cama ardiendo de fiebre. Su madre preocupada le ordenó descanso y sopa de pichones y Poncho se resignó a pasar varios días en casa bajo su atento cuidado. Para distraerse empezó a leer por enésima vez la voluminosa edición de Don Quijote de la Mancha que su madre había ganado en una rifa años atrás. Esta vez logró pasar del primer párrafo y se adentró sin darse cuenta en las disparatadas aventuras del flaco caballero y su gordo compinche. Solo un momento paró la lectura para fumarse un bareto; esos cigarrillos de marihuana que fumaba de vez en cuando, a espaldas de su madre, eran su único secreto. El efecto de la hierba sobre la lectura fue una sensación nueva y desconocida, aquel timorato médico empezó a sentirse parte de lo que leía al punto de sentirse encarnar a Don Quijote y llegar a excitarse y hacerse una larga paja soñando con el abultado sexo de Dulcinea del Toboso, a quien de inmediato asoció con la Dulcimea de sus pajas adolescentes. Las horas pasaron y solo el sueño lo obligó a abandonar la lectura que reemprendió al día siguiente. Después de recuperarse y retomar sus labores, Poncho Quijano siguió leyendo y releyendo aquel libro de manera obsesiva. Justo estaba en una banca de un parque ensimismado en la lectura cuando hasta él llegó una mujer alta y robusta seguida de un hombrecillo negro. La mujer parecía asustada y le pidió a gritos que la defendiera. Poncho estaba un poco trabado y no parecía entender la situación, ella lo había aferrado por un brazo y el hombrecillo trataba de golpearla. Poncho de repente se sintió poseído de un extraña energía y alzó el libro con ambas manos para enseguida descargarlo con todas sus fuerzas en la cabeza del hombrecillo que se desplomó como herido por un rayo.
—Debemos escapar —dijo la mujer—. Sus hermanos no tardarán en llegar.
—¿Qué es eso?
Ambos clavaron la vista en un extremo del parque donde se había levantado una nube de polvo. La mujer arrastró a Poncho con todo y libro hasta unos matorrales.
—Agacha la cabeza.
La nube fue acercándose y Poncho con la nariz pegada a la hierba logró ver una veintena de hombrecillos negros armados con palos y piedras.
—¿Todos esos son sus hermanos?
—Es hijo de un chofer de autobús...
El hombrecillo negro se había levantado del piso y unido a la nube de hermanos. Juntos siguieron hacia el otro extremo del parque. Poncho y aquella mujer permanecieron ocultos hasta que no quedó rastro de aquella salvaje pandilla.
—¿Por qué te estaba pegando?
—Es dueño de un bar donde trabajo y quiere obligarme a hacer ciertas cosas...
—Entiendo, entiendo —replicó avergonzado Poncho.
—No soy tan puta como crees —explicó ofendida la mujer.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Poncho para cambiar el tema que lo inquietaba.
—No puedo darte mi verdadero nombre, pero puedes llamarme como quieras.
—Prefiero llamarte por tu nombre.
—No seas estúpido, piensa en cualquier nombre de mujer y dímelo.
—Hummmm... Dulcimea.
—Dulcimea —repitió la mujer pensativa—. Es raro, pero me gusta. Mear siempre me ha parecido delicioso.
—Tengo que irme —dijo Poncho que sintió la repentina necesidad de hacerse la paja.
—¿Me dejarás aquí sola? No tengo adónde ir.
—¿Y tu familia?
—Vine de Pereira a trabajar en ese bar, vivía en la casa del dueño...
—Bien, por esta noche te puedo hospedar en mi casa, pero tendrás que hacerte pasar por una enfermera.
—¿Tienes fantasías con enfermeras?
—No, soy médico y acabo de abrir un consultorio. Vivo con mi madre y es una mujer muy severa. Le diremos que llegaste para trabajar conmigo y todavía no tienes dónde quedarte. Como te dije es una persona moralista pero también compasiva. Debes comportarte con decencia. ¿Entiendes?
—Unjú —respondió ella rascándose su enorme trasero.
Esa madrugada Poncho pasó de los juegos de manos a los de villano. Dulcimea, que estaba durmiendo en el sofá, aprovechó que su madre estaba rendida y se metió en la cama de Poncho. Cuando sintió la mano de Dulcimea agarrando su verga para meterla en su gordo y goloso sexo, el pobre Poncho sintió que ya no podría vivir sin ella. Fue una revolcada inolvidable. Dulcimea le restregó aquel sexo blando y grasoso en la cara hasta que se quedó dormido.
4. Poncho Quijano se fumó un bareto mientras esperaba a Sancocho en un quiosco abandonado. Una hora después, cuando había decidido hacer la ronda solo, apareció Sancocho caminando de forma extraña.
—Perdone la tardanza, señor. El tráfico en Bazurto es infernal.
—¿Por qué caminas así?
—Creo que el calor me ha pelado la entrepierna.
Poncho se acomodó bien el caldero en el pecho y echó a andar seguido de Sancocho. La playa parecía vacía, pero de la oscuridad llegaban seseos.
—¿Qué vaina es esa?
—Gente culeando, señor.
—Eso ya lo sé, me refiero a aquellas bestias horribles. ¡Mierda, Sancocho¡ Están armadas.
Sancocho miró hacía donde Poncho señalaba.
—No son bestias, señor. Es un con...
—Shiisssss —susurró Poncho tapándole la boca a Sancocho—. No nos han visto, quédate quieto. Dios mío, son las bestias más feas que haya visto. Cúbreme que voy a enfrentarlos.
Antes que Sancocho pudiera evitarlo, Poncho les salió al paso a aquellos tres hombres que al verlo estallaron en carcajadas.
—Te adelantaste al Carnaval —dijo el más gordo.
—Monstruo infeliz, voy a darte tu merecido —replicó Poncho.
—Dale una muñequera a ese flaco para que deje de joder —dijo el más bajo.
Sancocho se puso entre Poncho y aquellos hombres y trató de calmar los ánimos.
—No le pongan atención —dijo—. Es un buen hombre pero sufre de alucinaciones.
—Sancocho, no intercedas por esas bestias, puedo derrotarlas en un santiamén.
—Es un conjunto vallenato, señor...
—Más bestia será tu madre —dijo el más gordo.
—Dale duro a ese flaco maricón.
El gordo trató de pegarle a Poncho, que retrocedió.
—Es un cobarde —dijo el tercer hombre que tenía una cicatriz sobre el ojo izquierdo.
Sancocho habló en voz baja con el más gordo y le pasó unos billetes. El gordo a su vez habló con sus dos compinches. Poncho seguía todo a distancia. Los tres hombres se pusieron a tocar. De inmediato Poncho se tapó los oídos con un gesto de extremo sufrimiento.
—Huyamos, Sancocho —dijo y corrió por la playa. Sancocho lo siguió mientras atrás los tres hombres seguían tocando impasibles.
5. Sobre el tronco de una palmera Poncho y Sancocho se sentaron a descansar. Enfrente de ellos, sobre otro tronco, estaban dos vagabundas conversando. Una era blanca y la otra negra. Sancocho las saludó y les presentó, haciéndoles un guiño de ojo, a Poncho como un legendario y valiente caballero.
—Cualquiera se enloquece en esta ciudad —dijo la blanca.
—Ya deja de quejarte —replicó la negra.
—¿De dónde eres? —preguntó Sancocho a la blanca.
—De todos los lugares donde pude haber nacido me tocó este hueco inmundo.
—Es una exagerada —dijo la negra—. Aquí hay gente buena y mala, como en todas partes.
—La gente de Ciudad Inmóvil es una mierdita viscosa y resignada que solo vive del chisme, la intriga y la mentira. Pero claro, cada uno de ellos tiene la mejor opinión de sí mismo.
—Al menos somos más románticos y soñadores —insistió la negra.
—No me hagas reír —dijo con amargura la blanca y clavó sus ojos rabiosos en Sancocho—. Ella llama romántico a un tipo que dice que la ama y le promete el cielo y la tierra solo por echarse un polvo.
—Una se deja engañar cuando le conviene —dijo la negra desafiante.
—Puedes estar segura de que Sancocho y yo somos diferentes; nuestra amistad no admite engaños —dijo orgulloso Poncho—. Juzgar a todos con el mismo raso es injusto. Debes aprender a confiar en la humanidad.
La blanca, que seguía con la vista fija en Sancocho, se levantó de repente.
—Ya sé de dónde te conozco —dijo casi con alegría—. Estabas en el motel hace unas horas con Dulcimea.
—¿Dulcimea? —preguntó sorprendido Poncho.
—Así me dijo Alba que la llama el marido. Nos encontramos en el baño del motel donde estaba con este.
Poncho se levantó y encaró a Sancocho que rehuyó su mirada.
—¿Cómo pudiste hacerlo, Sancocho? Eres mi fiel escudero.
—Lo siento, señor...
—Parece que metí las patas —dijo la blanca.
—Pero el fiel escudero metió algo más —dijo la negra.
Las dos vagabundas se alejaron agarradas de la mano mientras Poncho le pedía explicaciones a Sancocho.
—Y pensar que te había elegido como jefe de mi campaña porque representas la esencia del pueblo.
—Me tentó el demonio, señor —dijo finalmente Sancocho—, pero no volverá a pasar.
—Cierra el pico y déjame pensar... Haremos de cuenta que no ha pasado nada. La política va a ocuparme mucho tiempo y es mejor que Dulcimea esté en manos amigas.
—Pero, señor...
—Nada de peros, Sancocho, eres mi fiel escudero y mi jefe de campaña. Ahora es tiempo de regresar a casa. Y a esa rata traidora de Dulcimea voy a darle más de lo que le gusta.
—No hay nadie más sabio y justo que usted, señor—dijo Sancocho a modo de despedida.
6. La campaña, con Sancocho a su lado, fue todo un éxito y Poncho dejó de ser médico y se convirtió en flamante concejal de Ciudad Inmóvil. Durante la primera reunión expuso a sus colegas las ideas que tenía para combatir la pobreza en Ciudad Inmóvil.
—Dar transporte gratis a los estudiantes de barrios marginales —dijo Poncho entusiasmado.
—Imposible —replicó uno de sus colegas—. Soy dueño de cuatrocientos buses, no pensarás arruinarme.
—Bajar el precio de la carne y el arroz —insistió Poncho.
—Imposible —dijo otro de sus colegas—. Como ganadero y dueño de extensos cultivos de arroz sería un desastre para mí.
—Exigir que los burdeles paguen impuestos y le aumenten el sueldo a las putas.
—Imposible —dijo otro de sus colegas.
—¿Eres dueño de burdeles?
—No, pero tenemos un acuerdo con ellos. De algo debemos vivir los que no tenemos vacas ni buses.
Con el paso de los días Poncho se resignó a los imposibles y por cada imposible que aceptó recibió un jugoso cheque. Al poco tiempo se pasó a vivir a un lujoso apartamento de la zona turística y le compró uno a su madre en el mismo edificio pero quince pisos más arriba. Poncho pasó de ser asistente en el consultorio a chofer de Dulcimea. Las noches de héroe playero y baretos fueron cambiadas por banquetes en burdeles de lujo y cocaína. Su trabajo como concejal se limitó a firmar todo documento que sus colegas le sugerían. Sancocho intentó advertirle y a cambio recibió insultos. Dulcimea, que se sentía relegada a un segundo plano, empezó a intrigar a Sancocho contra Poncho.
—¿Cómo puedes conformarte con ser un chofer mientras él se enriquece?
—Tienes razón, voy a exigirle un aumento.
—No, estúpido, exígele un cargo importante.
—Dirá que no estoy preparado.
—Sabes muchas cosas, si te niega lo que pides amenazas con denunciarlo.
Sancocho pensó que Dulcimea tenía razón y fue hasta la oficina de Poncho para hacerle algunas exigencias. Al entrar a la oficina, Sancocho encontró a Poncho tumbado en un charco de sangre, iba a pedir ayuda cuando sintió un golpe en la nuca y perdió el sentido. Al despertar estaba en la cárcel donde iba a quedarse por los próximos cuarenta años. Cada nuevo compañero de celda traía noticias del exterior, así se enteró de que la viuda Dulcimea se había casado con uno de los colegas de Poncho, y que era ella quien lo había denunciado. Sancocho tuvo suficiente tiempo para deducir que tal vez Poncho se había negado a firmar algún documento e incluso había amenazado con ir a la prensa, entonces aquella arpía de Dulcimea, etc. Imaginar que Poncho había muerto como héroe, aunque nadie lo supiera, le daba un poco de consuelo a su encierro. La única que creyó en la inocencia de Sancocho fue la madre de Poncho, quien para mitigar el tedio de su condena le regaló el bien más preciado que Poncho había tenido: El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Aquí en el Sur, la influenza estacional se suma a la crisis económica global para aplastar el mercado de libros. El canal librero es tan débil que una merma del 10% al 20% lo deja en su límite de subsistencia. En los barrios de Palermo, Belgrano y San Isidro quiebran tiendas y restaurantes, pero las librerías se obstinan poniendo énfasis en la oferta infantil. Es que a los niños ricos, con colegios, clubes, espectáculos y centros de compras temporariamente vedados, les ha llegado, finalmente, una oportunidad para tratar de leer. No ocurre lo mismo en otras zonas donde lo último que alcanza a pensar un padre es que su hijo sea capaz de quedarse quieto y mudo fuera del alcance de un televisor. Mal les va a las cadenas de librerías que apostaron a abrir locales en los shopping ahora despoblados y estigmatizados por la publicidad oficial que alienta el ausentismo. Por ahora, las pérdidas sólo ocasionan moras impositivas, salariales y de arriendo, pero tarde o temprano la industria editorial pagará las pérdidas alargando plazos y aumentando sus créditos a libreros y distribuidores.
Y sin embargo siguen apareciendo libros. Como siempre las mejores novedades corren por cuenta de pequeños editores: en plena crisis y terrorismo médico-viral, aparecieron no menos de cinco libros muy interesantes, de esos que tarde o temprano se hablará en España. Son obras de autores jóvenes y desconocidos hasta por sus amigos: la editorial unipersonal Paradiso, lanzó Sol artificial, firmado con el seudónimo Zooey y atribuido a un joven y brillante profesor de filosofía. La también unipersonal Mansalva, conocida por su biografía de Lamborghini y por ostentar diseño de cubierta más distintivo de las editoriales de esta lengua, introdujo en julio En la pausa, de un tal Diego Meret, de quien sólo se sabe que ronda los treinta años, que fue obrero textil y que, si logra otro libro de este nivel de calidad, figurará muy pronto en ese seleccionado argentino donde, a falta de mejores, se nos suele poner a Pauls, a Kohan, a Piglia y a mí. La pequeña editorial HUM de Montevideo ha exportado a Buenos Aires la genial Baudelaire de Felipe Polleri, un cincuentón que se las ha ingeniado para componer el libro más joven de esta terna invernal. Es una nouvelle que parece inspirada para continuar y superar al insuperable Cecil Taylor de Aira, y para cumplir ortodoxamente el dogma de Literatura de izquierda de Tabarovsky hasta el punto de que me he apurado a recomendar a los extremeños de Periférica para que se armen de ella antes de que, con el convincente argumento del euro y el bien ganado prestigio de su Caballito de Troya les gane de mano Constantino Bértolo. A pesar mío, debo sumar a la lista un producto multinacional impreso por la filial argentina de Anagrama: Bajo un sol tremendo, primera novela del treintañero Carlos Busqued, la más argentina de la terna y la más llamativa por su atmósfera de porro y el reguero de sangre sobre el que teje su trama. Al enterarme de que esta obra fue finalista del Premio Herralde 2008 me quedé pensando que un jurado latinoamericano la habría catapultado al primer rango del certamen y, también, a un imaginario Premio Superherralde de la década que siguió a la revelación de Bolaño.
Sarmiento, que además de ser un gran escritor, fue un presidente cuya política cultural marcó a Argentina desde el siglo XIX, descubrió que con la palabra "argentino" se puede componer en español uno y sólo un anagrama: "ignorante". Pese a 120 años de barbarie populista y de su complementaria barbarie cívico-militar, las huellas de Sarmiento se siguen viendo en el entorno urbanístico que promovió y en la educación laica y gratuita que sigue casi vigente aún bajo el más crudo neoliberalismo. Pero la política cultural de los Gobiernos posdictadura parece programada para confirmar del acierto del anagrama que nos maldice. En 2007 Argentina fue invitada de honor de la feria del libro de La Habana y el Estado movilizó una comitiva de 150 personas en las que no hubo más de cinco escritores: funcionarios, familiares y músicos de rock se hacinaron en dachas y hoteles de cinco estrellas y probaron el embotante daiquiri de Hemingway. Hace años que se sabe que Argentina será la invitada de honor en la feria de Francfort de 2010 y desde el Estado se planeó utilizarla para promover la industria del cuero, el tango, el vino Malbec, y lo que llamaron "íconos nacionales": las figuras de Maradona y del Che Guevara. Los Gobiernos del matrimonio Kirchner no consiguieron contratar a un funcionario que entendiese la naturaleza y las funciones de ese evento. Tardíamente advirtieron que debían promover autores y precipitaron un plan de traducciones que compromete poco más de cien mil euros para lanzar 45 obras y no promete más resultado que el halago a la vanidad de quienes tuvimos la suerte de integrar la descabellada lista de favorecidos. Bien leída, la prensa es fatal: en la misma semana de julio en la que se supo oficialmente que el presupuesto de cultura se redujo en un 20%, consultas a la agencia impositiva verificaron que el matrimonio Kirchner, que acaba de fracasar en el plan de alternarse en el poder, en apenas cinco años sextuplicó su patrimonio hasta alcanzar los soñados diez millones de euros, que aquí en el Sur es mucho, aunque no signifique nada.
OPINION CARIBE
Copyrigth © OPINION CARIBE 2009