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Colombia Ave Fénix

Opinión Caribe

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Por César J. Serpa Vega
Especialista en Desarrollo Social
@cesarserpa

Hoy, Colombia sigue siendo un país inmaduro y todavía en construcción en donde sus habitantes aún no hemos podido definir un norte colectivo o aquello que se conoce como ‘una apuesta de país’. Los tiempos de la bonanza cafetera y de las flores pasaron hace rato y por eso ya es momento de construir una nueva historia, con una fuerte identidad social, económica y política que nos identifique tanto nacional como internacionalmente.

Sin haberlo previsto y con poca esperanza, los colombianos logramos encontrar la excusa o la oportunidad propicia para que al fin resurjamos de entre las cenizas como el mítico ave Fénix: la firma de los acuerdos de Paz con la vieja guerrilla de las Farc, este histórico acuerdo podría ser el marco indicado para ambientar los debates y para proponer las reformas profundas que esta nación necesita hace muchísimo tiempo para que se convierta en un país viable.

La firma de la Paz no puede quedar en una simple desmovilización de la guerrilla, este trascendental acontecimiento es de una importancia tan grande que debe complementarse con la convocatoria de una asamblea constituyente que incluya, por supuesto, a las nuevas fuerzas políticas y populares que tradicionalmente fueron excluidas.

El objeto de esta nueva constituyente no debería ser otro que incorporar las reformas que evitarán la repetición del sangriento conflicto armado que padeció esta nación durante más de medio siglo, la importancia histórica del acuerdo lo amerita, porque de nada servirá firmar la Paz sin desactivar las causas que alimentaron nuestra prolongada guerra civil interna.

Las causas de nuestros conflictos sociales ya están bien identificadas y diagnosticadas, por lo que el paso siguiente es tener la voluntad política real para hacer las reformas e implementar los cambios estructurales que se han ido aplazando, simplemente porque tocan intereses políticos y económicos de sectores muy poderosos, los cuales son quienes han dilatado y eliminado cualquier levantamiento popular que amenace sus privilegios injustos e innecesarios.

La construcción de una nación sin privilegios de ninguna clase debería ser la consigna, porque todos sabemos que la raíz de la desigualdad y el subdesarrollo que padecemos está en un sistema económico y político diseñado para que sólo prosperen las élites con poder. Es tiempo de reformar todas esas instituciones anacrónicas y acabar todos esos decretos y arreglos legales que nos han mantenido atrasados como país, ya que el actual modelo económico monopolizado asfixia la competencia empresarial productiva, la innovación y el progreso, y lo que es peor, una democracia también monopolizada es una farsa y una incoherencia ideológica porque excluye a quienes no tienen poder ni plata (es aquí en donde debemos comenzar a debatir, por ejemplo, sobre las formas de financiación y el acceso a los medios de comunicación).

Después de acabar todos los privilegios y todos los monopolios políticos y económicos excluyentes, es imperativo organizar los pilares de la nación y por lo menos comenzar a recuperar lo básico: el sistema educativo, el sistema de salud y el sistema judicial, ya que estamos muy mal en esos aspectos y ninguna sociedad puede progresar sin esos cimientos básicos bien estructurados.

En cuanto a la educación nuestros dirigentes deben entender que no solo se trata de aumentar cobertura, sino de mejorar la calidad de los contenidos académicos (enfocar en valores, urbanidad, civismo y cultura ciudadana) y mejorar la calidad de los docentes y su remuneración, por supuesto.

En cuanto al sistema de salud es claro que estamos lejos de recibir un servicio eficiente sin tanta demora y sin tantos requisitos, olvidando que es la vida la que está de por medio.

Por último, el sistema judicial, pilar que garantiza la convivencia pacífica de cualquier sociedad, porque por medio de este se resuelven casi todos los conflictos cotidianos, es por eso que es urgente acabar tanta lentitud e impunidad para que podamos ser un país viable.

Después de haber atendido lo fundamental, podríamos pasar finalmente al diseño del modelo económico que permita ocupar a millones de colombianos que aún no han podido construir su proyecto de vida, lo cual no será tan difícil dadas las enormes ventajas naturales y gratuitas que tiene éste país y que no han podido ser aprovechadas por la monopolización de la que hablamos anteriormente.

Colombia es un país que podría ser una potencia mundial en la producción y distribución de energías limpias (solar, eólica, mareomotriz, biogás y demás) con lo cual podría consolidar una eficiente matriz energética que evitaría la repetición de casos nefastos como el de Electricaribe, además, que el desarrollo energético impulsaría la creación de empresas nuevas con nuevos empleos por supuesto y llevaría progreso a regiones apartadas y tradicionalmente olvidadas.

También el tener costas en dos océanos nos podría consolidar como una potencia mundial en producción pesquera sostenible (Acuicultura o Piscicultura), sin olvidar el enorme potencial agrícola que se desarrollaría con proyectos agroindustriales ya no en manos de latifundios monopolizados y feudales, sino en modelos cooperativos o asociativos de producción que nos permitirían ser potencia en exportación de alimentos orgánicos o naturales.

En lo que concierne a la necesaria infraestructura, es hora que nuestros dirigentes se decidan con voluntad plena a construir ferrocarriles modernos que interconecten a todas las regiones del país, lo cual sería la forma más democrática de incluir y desarrollar a todos aquellos pueblos olvidados. No olvidemos que los trenes son mucho más eficientes que los buses y camiones para transportar pasajeros y mercancías.

A pesar de tantos problemas que debemos resolver como nación, lo importante es que tenemos la coyuntura ideal para construir un nuevo país, aprendiendo de los errores del pasado y para que  podamos decir que Colombia por fin resurgió de sus cenizas, como el ave Fénix.

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