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Cultura

United Fruit Company, un gigante industrial

Opinión Caribe

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El periodista narrativo, licenciado en sociología, profesor de periodismo, crítico de libros y de música, Roberto Herrscher en sus relatos ilustra sobre la grandeza que alcanzó la United Fruit Company, como la principal multinacional del momento.

[Leer introducción del especial: “Magdalena, enclave bananero”]

Afirman que la UFC inventó un producto: cuando nació, en 1899, el plátano o banano no existía en Estados Unidos y Europa, y la empresa tuvo que crear la necesidad. Inventó, en gran parte, la agricultura moderna, que llevó las formas de trabajo, la vigilancia del trabajador y los tiempos rígidos de la fábrica al campo.

Inventó también el control de todos los pasos del camino de su fruta, desde el cultivo, pasando por el transporte (era dueña de las líneas férreas, los puertos y la Gran Flota Blanca, la mayor flota privada de la historia), y terminando en las góndolas de los supermercados y las mentes de los consumidores. La sinuosa Miss Chiquita fue el primer uso de un mensaje erótico en la publicidad de un producto comestible.

No terminan aquí sus innovaciones. También inventó la publicidad moderna, ligando su producto a valores como la salud, la felicidad o la pertenencia a un grupo privilegiado que podía darse el gusto de comer plátano. Y usó su poder sobre el discurso periodístico y publicitario para construir y destruir la reputación tanto de gobiernos como de su competencia.

Y en la América tropical, los enclaves bananeros –provincias enteras donde el ‘Pulpo’ era patrón, estado, ley, proveedor de vivienda, de salud, de educación y de bienes e introductor de la cultura del consumo– inventaron la clase obrera. Contra su poder se crearon los primeros sindicatos, surgieron los primeros partidos comunistas, se alzaron las voces de los intelectuales criollos, que inventaron la novela bananera. Pero, curiosamente, la primera novela bananera, por mucho tiempo olvidada, fue gringa.

De acuerdo con el documento ‘La United Fruit Company en Colombia’ de Maurice P. Brungardt más que cualquier otra organización, la United Fruit fue responsable de la revolución que cambió los hábitos alimenticios y la cultura popular de los norteamericanos. En 1930 la compañía contaba con un capital de US$ 242 millones y para 1933 las utilidades netas sumaban US$ 9.2 millones».

En un período en el que un gran número de empresas quebraba, la United Fruit orquestaba la producción, el transporte y la distribución de miles de millones de bananos. En 1932 la United Fruit controlaba el 63.6% del total exportado por nueve países latinoamericanos.

También dirigía una compleja red de compañías y subsidiarias que controlaban a su vez despachos, redes ferroviarias, comercialización, fuerza laboral, medios de comunicación y, ocasionalmente, la ley y el orden en las regiones productoras de banano en América Latina. Se podría afirmar, cuando menos, que la United Fruit afectaba en forma significativa las vidas de millones de personas fuera de los Estados Unidos.

La United Fruit hizo algunos aportes positivos en estas naciones: las selvas despobladas fueron transformadas en centros productivos, numerosas enfermedades fueron erradicadas gracias a la construcción de acueductos y alcantarillados y a la atención prestada en hospitales construidos por la compañía. También se construyeron redes ferroviarias, puertos y escuelas.

[Leer nota: “Puerto de Santa Marta, sinónimo de crecimiento económico y social”]

Las actividades de la United Fruit Company generaron millones de dólares en impuestos y salarios en los países anfitriones, no obstante, existía también una cara oscura de la presencia de la United Fruit. La compañía estranguló a la competencia, derrocó gobiernos, sobornó presidentes, bloqueó rutas ferroviarias, arruinó cultivadores, hizo quebrar cooperativas, se opuso al sindicalismo, dominó a los trabajadores y sacó provecho de los consumidores.

Una influencia tal, ejercida por una corporación norteamericana en las naciones comparativamente más débiles de América Latina, dejó un legado de desconfianza y amargos odios que ni el gobierno de los Estados Unidos, ni otras compañías norteamericanas han logrado borrar.

Las actividades de la United Fruit se desarrollaron en Colombia, Costa Rica, Cuba, República Dominicana, Ecuador, Guatemala, Haití, Honduras, Jamaica, México, Nicaragua y Panamá.

Alfred Chandler en su libro ‘La dinámica del capitalismo’ señala, la empresa moderna podía crecer a través de cuatro estrategias: primero, por adquisición o fusión con otras empresas de la competencia (integración horizontal); por compra de empresas especializadas en las fases anteriores o posteriores con respecto al producto central (integración vertical); por ampliación a otras zonas geográficas del país o del exterior; y por fabricación de nuevos productos. La UFC crecía y se consolidaba a partir de las tres primeras estrategias.

EL GÉNESIS

Así empezó todo: en los últimos años del siglo XIX, un curtido lobo de mar de Nueva Inglaterra, el capitán Lorenzo Baker, comenzó a embarcar plátanos en Jamaica para venderlos en Boston. Baker era una mezcla de fanático religioso y empresario sagaz: aseguraba que al enseñar a los nativos a cultivar frutas y vender los racimos en las condiciones y al precio que él ordenaba, los estaba acercando a la civilización y a Dios.

[Leer nota: “Panorama del Siglo XIX“]

En Boston, el joven y ambicioso funcionario de banca Andrew Preston vio el negocio en la mercancía de Baker: juntó a diez inversores, pusieron 2.000 dólares cada uno y así nació la Boston Fruit Company. Preston extendió sus tentáculos por las tiendas y mercados, donde su fruta tenía estante propio. Él comprendió que la relación con la mafia de los trabajadores portuarios era vital para una fruta que debía llegar a la mesa del consumidor tres semanas después de ser cortada en el trópico.

El trío de fundadores se completó con el implacable talador de montañas Minor Keith, concesionario en la construcción del ferrocarril al Caribe en Costa Rica, Honduras y Guatemala. En pago a su hercúlea tarea, donde murieron muchos miles de negros caribeños, Keith se hizo pagar con tierras selváticas. Llegó a poseer un quince por ciento de la tierra de esos países. Cultivó plátanos, construyó puertos, y se convirtió en amo y señor de un negocio creciente: las frutas de sus fincas y las de la competencia debían viajar en sus trenes, y embarcar en sus puertos.

En 1899, Keith, Baker y Preston unieron sus fuerzas para crear la United Fruit Company, la primera multinacional que dominaba el camino de un producto desde el campo al mercado. Por supuesto, el jefe era el banquero.

PAÍSES DE OPORTUNIDADES

A la UFC se le denominada el imperio, no sólo comercializaba banano, sino los principales productos de cada país.

El problema de los colombianos era común a los habitantes de otros países en vías de desarrollo: la falta de capital inicial necesario para absorber las pérdidas causadas por circunstancias tales como la demora del envío. González Bermúdez perdió cerca de $20.000 pesos oro tratando de entrar al mercado norteamericano y finalmente vendió la empresa a Sanders y Compañía, de Nueva Orleans, la cual afrontó los mismos problemas y vendió a la Colombia Land Company en 1892.

Los cultivadores colombianos fueron desde el comienzo excluidos del proceso de venta y despacho del producto; no contaban con los recursos necesarios para apoyar económicamente el ciclo completo de producción a consumo y, en general, si no perdían las tierras a manos de extranjeros, se veían obligados a vender su producto a cargueros extranjeros.

Solamente después de la creación de la Flota Mercante Grancolombiana (consorcio ecuatoriano-colombo-venezolano) en 1946, pudieron los colombianos empezar controlar la exportación de su producto, lo cual hicieron en 1955.

Ni los empresarios, ni los gobiernos regionales o nacionales que emprendieron proyectos de construcciones ferroviarias en el siglo XIX tenían el capital o los contactos internacionales necesarios para desarrollar dichos proyectos y mantener bajo su control las vías más importantes. Los gobiernos latinoamericanos ofrecieron una serie de incentivos -cesión de tierras, libre importación, subsidios- para atraer la inversión extranjera.

Amparada por las concesiones gubernamentales, la United Fruit estableció una cadena de ventajas que eventualmente le proporcionó una injerencia indiscutible en la industria del banano: el control que adquirió la compañía sobre la zona bananera colombiana se debió, en gran medida, a la construcción de las vías ferroviarias de la región.

Cuando la United Fruit obtuvo el control del ferrocarril de Santa Marta, en 1899, aprovechó al máximo las posibilidades de las cláusulas de la concesión, importando grandes cantidades de artículos libres de impuestos, muchos de ellos ajenos a la construcción ferroviaria, para sus comisariatos, que los vendían obteniendo ganancias. No se conoce con exactitud la cantidad de tierras bananeras adquiridas por la United Fruit mediante la concesión inicial.

[Leer nota: “El ferrocarril, símbolo de poder económico”]

MINOR COOPER KEITH Y LOS ORÍGENES DE LA UFC

Fachada de la entrada del viejo edificio United Fruit en la avenida St. Charles, Nueva Orleans, Luisiana, EE. UU.

Uno de los factores que mayor incidencia tuvo en el dominio de la United Fruit sobre la zona bananera fue la adquisición de tierras; el legendario Minor Cooper Keith -conocido como el ‘Rey sin corona de América Central’- fue el protagonista de este drama.

Nacido en 1848 en Brooklyn, Nueva York, Keith era hijo de un comerciante de maderas. Su carrera de negocios se inició en 1871 al unirse a su hermano, que para entonces ya administraba un ferrocarril en Costa Rica, y progresó aún más al contraer matrimonio, algunos años después, con la hija del presidente de ese país.

Keith ajustó las deudas nacionales de Costa Rica y El Salvador negociando préstamos multimillonarios con banqueros ingleses y, además, construyó muchas de las redes ferroviarias centroamericanas. Su compañía, la International Railways of Central América, facilitó la integración económica de la región, comunicando las costas Atlántica y Pacífica y a México con El Salvador.

El costo humano, sin embargo, fue muy alto: durante la construcción de las primeras 25 millas, partiendo de Limón, Costa Rica, murieron 5.000 personas. Entre las víctimas estaban un tío y tres hermanos de Keith, quien entró en el negocio bananero debido a que los ingresos producidos por los pasajeros y la carga que transportaba la empresa ferroviaria eran insuficientes para cubrir la fuerte inversión hecha, y por la cual se había endeudado.

A principios de la década de 1870 comenzó a cultivar banano en terrenos aledaños al ferrocarril costarricense y a exportarlo a Nueva Orleans, obteniendo así el flujo de capital necesario para pagar a sus acreedores. Keith experimentó también con otros productos tropicales -como el azúcar- y comprendió rápidamente que la apertura de nuevas tierras y la exportación de productos tropicales serían la clave para pagar la construcción de su imperio ferroviario.

Keith se caracterizó por su visión para los negocios y desarrolló varios proyectos de manera simultánea; además de los terrenos que poseía en Costa Rica, adquirió una gran cantidad de propiedades en toda América Latina, incluso cerca de Bocas del Toro, Panamá, y en Santa Marta, Colombia. Estas propiedades se convirtieron en la base de su importante empresa bananera.

[Leer nota: “Economía y sociedad en Santa Marta en el siglo XIX“]

No se conoce con exactitud el momento en que Keith adquirió propiedades en Colombia, pero al parecer la compra se hizo a través de la Colombia Land Company, empresa que para 1875 era propietaria de 12.500 acres en los alrededores de Río Frío, zona de importante producción bananera en 1894. Cuando visitó Inglaterra, en 1883, para renegociar la deuda costarricense, Keith ya había adquirido la Colombia Land Company y emitió acciones de esta empresa constituida en Gran Bretaña; no se sabe con claridad cuánto control (y cuándo) adquirió Keith sobre la Santa Marta Railway Company.

Posiblemente compró una cantidad suficiente de acciones, copiando la exitosa operación costarricense después de la transferencia de la concesión Mier-Joy a la compañía londinense en 1886. De todas formas, Keith llegó a Santa Marta en 1890 como máxima autoridad de la Colombia Land Company, y en ese mismo año la transferencia de la concesión Mier-Joy de 1886 fue registrada ante un notario en Santa Marta bajo el nombre de Santa Marta Railway Company.

Al partir nuevamente a Costa Rica, Keith dejó al británico W. C. Copperthwaite como representante legal de la Colombia Land Company y la Santa Marta Railway Company. Por entonces, el derecho a la tierra estaba ligado al derecho al ferrocarril, como en Costa Rica. La concentración de la producción y el transporte del banano en poder de Keith no se había completado, ya que buena parte de las tierras para el cultivo bananero eran propiedad de otros, pero en los primeros años de la década de 1890 estaba a punto de lograrla.

Copperthwaite procedió a adquirir, en 1893, 3.333,3 hectáreas de tierra apropiada para el cultivo, pertenecientes a José Manuel González, en la región de Sevilla, a donde llegó el ferrocarril un año después.

La exportación del producto se incrementó en un 500% entre 1892 y 1905, aun en medio de las guerras civiles que afectaron periódicamente la región entre 1895 y 1903. Para 1894 la inversión extranjera había superado a la del capital colombiano. En retrospectiva, todo parece indicar que los extranjeros controlaban ya el sector agrario colombiano. Es importante anotar, que los colombianos cooperaron activamente con los intereses extranjeros y no presentaron un frente unido contra la penetración foránea.

Para 1886, varias familias importantes de terratenientes colombianos -los Fergusson Noguera, los Mier y los Durán- habían prestado dinero a la recién incorporada Santa Marta Railway Company o adquirido acciones de dicha compañía. En 1894 otro productor de banano, Campo Serrano (gobernador del Magdalena), opuso resistencia a los esfuerzos del gobierno nacional por adquirir el ferrocarril, defendiendo el probable control de Keith sobre la red.

Hubo, por consiguiente, importantes terratenientes colombianos que prefirieron asociarse (y arriesgar su capital) con inversionistas extranjeros antes que con sociedades de colombianos.

Otro eslabón en la cadena que dificultaba el establecimiento de los intereses nacionales en la región se creó cuando coincidieron en un mismo individuo la representación diplomática en la región y la representación de los intereses de la compañía: el británico Mansel F. Carr, uno de los primeros gerentes de la Santa Marta Railway Company, llegó a la región en 1882 y contrajo matrimonio con la hermana de Roberto Joy; en 1908 fue nombrado vicecónsul de la Gran Bretaña en Santa Marta, siendo, además, gerente de la United Fruit.

Julián de Mier, quien junto con Joy había vendido la concesión del ferrocarril a los británicos en 1886, fue nombrado cónsul de los Estados Unidos y de Francia en Santa Marta.

Después de Carr ocupó el cargo de vicecónsul británico Phillip Marshall, quien era en ese entonces gerente de la Santa Marta Railway Company; le siguió en el cargo, en 1927, Thomas Bradshaw, gerente de la United Fruit en Santa Marta.

Por tanto, le fue de gran utilidad a Keith y posteriormente a la United Fruit contar con el apoyo de algunos de los más importantes terratenientes colombianos, así como tener las funciones diplomáticas en manos de los gerentes de la compañía en Santa Marta.

SABOR COSMOPOLITA DE LA UNITED

La United Fruit Company trajo la modernidad a la zona bananera, sobre todo, las primeras calles de Aracataca, trazadas por el ingeniero cienaguero, Francisco Durán; el servicio telegráfico, telefónico, de la energía eléctrica y de la fábrica de hielo de Santa Marta. Además, crearon la Santa Marta Wharf Company Ltd., a través de la cual incursionaron en la navegación a vapor por los caños de la Ciénaga Grande, entre Puebloviejo y Barranquilla. A partir de 1901, esta empresa quedó exenta del pago del derecho fluvial. De todas formas, esta Compañía no ejercía el monopolio de la navegación por los caños de la Ciénaga Grande, ya que en 1912 había 28 embarcaciones de diferentes empresas y en 1914 llegaban a 123.

El monopolio del banano y del ferrocarril eran una realidad, pero el poder de la compañía no paraba ahí: en 1911 inauguró su servicio de telégrafo inalámbrico, que fue el primero en Colombia, en 1912 tomó la administración del Matadero Municipal de Santa Marta, y también concentró la fabricación de cemento a través de las subsidiarias Padget & West y Talford & Padget.

Dos de los ejecutivos de la UFC, el cónsul británico Mansel F. Carr y el norteamericano William A. Trout, tenían el monopolio de la fabricación de hielo. Trout llegó a Colombia en 1889 como gerente de The West India Colombian Electric Co., y en 1900 fue nombrado agente consular de Estados Unidos en Santa Marta, cargo que ocupó durante dos décadas.

La United había construido también la casi totalidad de los 148.000 metros de canales de irrigación que se extendían por gran parte de la nueva zona bananera. En efecto, un estudio de aguas de la vertiente occidental de la Sierra Nevada elaborado por el Ministerio de Fomento, con base en seis ríos estimó que estos producían en su conjunto unos 30 mil litros por segundo (l/s) y se distribuían en 16 canales de irrigación, la mayoría de los cuales beneficiaba a los cultivos de la compañía norteamericana.

La colonización bananera avanzaba de norte a sur de la mano de la United Fruit Company, y las carrileras del ferrocarril seguían su curso, hasta llegar a la población de Fundación. En esta empresa colonizadora tomaron parte técnicos y gerentes extranjeros, terratenientes y políticos colombianos, quienes apoyados o no por la compañía norteamericana transformaron parte del bosque tropical y derribaron antiguos sembrados de cacao.

Para 1928 empresarios nacionales y extranjeros tenían cultivadas más de 31 mil hectáreas de banano, distribuidas en unas 380 haciendas 73. En tres décadas (1895-1928), estos terrenos fueron convertidos en el más productivo campo de actividad agrícola de Colombia, compitiendo con la legendaria colonización cafetera del Quindío, que se desarrolló por la iniciativa de agricultores y empresarios antioqueños en las últimas décadas del siglo XIX.

Junto a la producción y exportaciones de banano crecía la población de Ciénaga y toda la zona bananera. En 1913 Ciénaga tenía 15.000 habitantes, frente a 8.000 de Santa Marta, la capital departamental. En 1918 la primera ciudad contaba con 24.700 habitantes, mientras Santa Marta apenas llegaba a 18.000.

[Leer nota: “Era el momento para que el país entrara a la era del desarrollo”: Reyes”]

Con el paso de los años esta población en constante crecimiento empezó a consumir el banano de rechazo, que en un principio se perdía. Así, el guineo pasó a formar parte la gastronomía popular de los pueblos del Magdalena Grande, a través de comidas como el mote de guineo o cayeye, el guineo paso y la colada de guineo para niños. Se debe destacar que las exportaciones de banano crecieron sin interrupción hasta 1913, pero al estallar la Primera Guerra Mundial estas declinaron por dos años. A partir de 1916, se presentó un ciclo expansivo que se extendió hasta 1930, año en que las exportaciones sobrepasaron los once millones de racimos, cifra histórica que no se superaría durante varios años.

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