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Carnaval en los Tiempos del Tranvía (IV)

Opinión Caribe

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LA REPÚBLICA DE LAS MUJERES

 

por: Moises Pineda Salazar

Son las dos de la tarde y aún discutimos si deberemos concurrir a la fiesta luciendo ella su precioso disfraz de Dominó Negro que le ha hecho en raso Josefa Batista, la modista de su confianza que se ha hecho experta en el arte de copiar las modas que traen los figurines importados de Europa y de quien se dice que es de la saga del General Juan José Nieto.

Es una amplia capa rebordeada con galones dorados que cubre el vestido estilo imperio con polisón, que Josefa le ha elaborado en tules, sedas y encajes de color amarillo que van del pálido marfil al paja y oro, en el que el vuelo de las faldas se concentra hacia atrás sostenido con un pequeño cojín sujeto a la enagua lo que ha puesto fin al enojoso e incómodo miriñaque que en esta ciudad nunca tuvo aceptación, ni espacio.

De largo, hasta los tobillos.

Y, aunque me produzca escozor saber cómo la mirarán de reojo otros hombres, luce un escote profundo que se resalta por su condición lactante, sin tener que tomar pilules orientales.

Lleva el rostro cubierto con un precioso antifaz importado de los que ofrece el Señor Senior, en su negocio de la Calle del Recreo, en el que al lado izquierdo, entre la oquedad y el pabellón de la oreja, sobre la pedrería que adorna la máscara, una larga y blanca pluma, de la docena sacada de las colas de garzas reales que me ha traído por encargo uno de los marinos que suben y bajan por el Río Magdalena, se proyecta al aire por encima de la cogulla, como si pudiera transmitirle la fuerza del ave rianera para hacerla levitar sobre el torbellino que crean las parejas que girarán, saltarán, y harán seguidos monkey bussines al compás de cantos de guitarra, valses, contradanzas, polkas y mazurkas que ya circula en el “Programa” que se ha repartido entre los invitados al sarao y cuya ejecución controlará el Bastonero Oficial.

Complementan el atuendo unos zapatos forrados en satín gualda, guantes blancos largos hasta los codos y un abanico valenciano con ojo en bronce, boletas , guardas y guardapulgares de carey, y un precioso país en seda, montado sobre la guía del varillaje hecho en madera perfumada de sándalo, con la fuente calada, ha sido sobredorado y riveteado con el resto de la docena de plumas que le he adquirido para la ocasión.

Lola aparece ante mí como una ilusión de figurín, recortada en el marco de la puerta que se abre sobre el corredor del patio interior de la casa que ocupamos en diagonal a “La Estrella”, sita en la esquina del Callejón de Pacho Palacio y La Calle Ancha , jugando con las sombras proyectan sobre la pared y el artesonado de los techos en las noches de carnaval, las bujías encendidas que titilan protegidas detrás de los guardabrisas.

Yo, por mi parte, he optado por revivir los tiempos versallescos luciendo una casaca de la “moda tapicera” que llaman, toda vez que las telas con las que me la ha confeccionado mi sastre, recuerdan la de las cortinas de moda que va complementado con faldones, una chupa de largo hasta la cadera, cuajada de botones dorados y debajo de ella, una camisa blanca de algodón con una pechera de encajes.

Me he hecho confeccionar unos culottes amarillos, un poco más debajo de la rodilla, medias altas de seda y zapatos con tacones. Hebillas doradas.

EN LA TESTA, UN TRICORNIO MARRÓN EMPLUMADO.

En la mano, un bastón forrado en carey, con empuñadura de plata.
Sobre el rostro, un antifaz con una protuberancia ridícula que cae más abajo de mi quijada, complementa aquel atuendo que recuerda las odiosas cortes francesas pero que aquí son de buen recibo y admiradas en estos bailes de carnaval que se empiezan luego de las ocho de la noche sin que sea previsible cuándo habrán de acabar.

Es en los bailes del carnaval cuando la mujer cubierta con el disfraz adquiere la libertad completa para expresar lo que siente y manifestar lo que desea, porque el carnaval es “La República de las mujeres” donde ellas pueden emplear impunemente la burla y la coquetería.

Lo que para las féminas significa estremecerse al roce de una mano varonil, a sus chaperonas y guardianes les parece una reacción al tormento porque las unas y los otros olvidan, o se las dan de tontos, como si no supieran que “mujeres y gatos son de la misma opinión, que aunque tengan su comía, siempre cazan su ratón”

Aquí en el carnaval, de momento en momento, suceden los lances más originales, los más chistosos chascos y se sufren las más célebres equivocaciones y se reciben los más agradables (o desagradables) sorpresas.
Si no, mire Usted lo ocurrido en 1881 cuando, ya pasado de los treinta y tres años de una soltería bien llevada, Don Rafael María Palacio, antes de desposar a Misía Isabel María Lavalle, se encontró perseguido en una fiesta del carnaval por una mascarita espiritual y graciosa y, suponemos, bella.

Llevaba un vestido de esos que en la Provincia de Padilla llaman de Pilonera; en la cabeza, un pote relleno con semillas que sonaban cuando movía la cabeza. Un maniar y encima un tul que ocultaba el rostro iban anudados al cuello con un enorme lazo para evitar que se le cayera el cubilete.

Don Rafael, al principio todo lo llevó con indiferencia, pero bien pronto la curiosidad y el corazón tomó su mordedura y le obligaron a intentar una conquista, tanto más agradable cuanto que se prometía algún desenlace novelesco y lleno de aventuras inesperadas.

La espiritual aparición llevaba las manos cubiertas con guantes y en cada una de ellas unos sonajeros que en las Islas llaman maracas que están hechos con un calabazo seco, fruto del árbol del totumo, al cual se le han extraído las tripas y se han rellenado con piedrecillas que hacen como crótalos cuando se agitan. El pote y las maracas nunca dejaban de sonar y van acompañados de una nasal y peculiar voz fingida al decir de: “¡y no me conoces mascarita, no me conoces…! [16]

ENGOLFADO EN LA EMPRESA, GASTÓ TODO EL REPERTORIO CONSIGUIENTE A TALES CASOS.

Para abreviar, añadiremos que nuestro amigo concibió la idea de ser correspondido.
Después de haber pasado los tres primeros días Don Rafael se dirigió, lleno de profundas emociones, a la casa en la que se dio cita para alcanzar el ¡Sí!, prometido.
La puerta estaba entornada: tocó y una criada lo condujo a la sala de recibo.

En esos momentos una de nuestras pálidas bellezas, ejecutaba en el piano, como al descuido, ligeras y suaves armonías.
Como tres saltos, le dio el corazón de nuestro amigo al ver que iba a hacer realidad sus dorados ensueños. No tuvo tiempo siquiera para saludar, pues un joven de agradable presencia y finos modales, se adelantó y abrazándole le dijo:

“Soy el esposo de la Señora X, a quien tengo el gusto de presentar a Usted. Ella me ha referido todo y por lo tanto aguardábamos por Usted. Lo único que le suplico, es que de hoy en adelante acepte nuestra amistad y que por ella, dispense el mal rato que mi esposa le haya hecho sufrir”

El pobre Don Rafael quedó bien corrido y aunque entiendo se comprometió a ser amigo de la casa, a la hora en que escribimos estas líneas, todavía resiente las consecuencias de aquel carnaval.

En medio de estas fiestas, en las que no faltan los lances, aquí tenemos la gran ventaja de que la autoridad política se apercibe de toda cuestión personal, cualquiera que sea su origen o gravedad y en cumplimiento de su deber, cita a los contendores, les hace otorgar una fianza y todo queda concluido.

Desde luego que no falta el hecho que lamentar como aquel de la tarde del domingo de carnaval, en la que el Riohachero Nicolás Pereira asesinó por su propia mano a su amante Beatriz Badillo en el Sur.

A pesar de estar vistiendo un disfraz, sin embargo, fue posible identificarlo y reducirlo.

No podía ser menos dado lo extraño de aquel atuendo carnavalero conformado por una chaqueta y pantalones de uso corriente con los que había estado enfangándose, como un cerdo, desde las primeras horas de la madrugada del domingo a las orillas de La Ciénaga.

TENÍA LA CABEZA CUBIERTA CON UNA FUNDA DE TELA.

Y así, enmascarado, sucio y pestilente, desde las 5 a. m, en medio de partidas de negros, indios goajiros, comanches, apaches, perros, tigres, monos, todos alegres, todos bulliciosos, y lo que es aún más grato, todos tolerantes , Pereira se había pasado la mañana entera en la ímproba tarea de aterrorizar a los transeúntes que salían de los lupanares rumbo a sus casas, o desde aquellas a la Misa en las primeras del alba, amenazando con abrazarlos y transmitirle aquellas inmundicias revueltas con agua y lodo .

Nada permitía presagiar que aquel sujeto, festivo y borracho, en medio de aquel juego, común con los de polvos y anilinas que se estilaban al Sur de la ciudad por los lados de “La Caliente”, terminaría el día de tan mala manera.

Tanto es el emperramiento de los ancianos que quieren prohibirle a las jovencitas cubiertas por las máscaras que aprovechen el anonimato para correr por los salones, empujándose las unas a las otras, y estas a los otros, desafiando la tiesura y la falta de apostura que en su mayoridad, fofas las carnes y trémulo el espíritu ante ese aroma que se desprende desde las entretelas la mujer en edad de merecer, quieren disfrazarla de galanura y dignidad para contraponerla a la fiebre de la mocedad de los varones alebrestados.

Se les fueron los días en los que como miembros activos tomaban parte en ese vertiginoso y ordenado desorden del carnaval y ya quisieran cambiar su papel de viejos rodillones, pasivos espectadores, por el de jóvenes danzantes .

Para entender el sentido de esta fiesta en la que los jóvenes patronos son los primeros en iniciar y seguir la corriente impetuosa de la parranda, les bastaría con mirar a través de sus monóculos y antiparras a los Noguera, los Stacey, los Cortizoss, todos ellos tiznados, abandonando sus negocios y haciendo causa común con los doctores Insignares y Rodríguez y con Emiliano Vengoechea, para darse a la tarea de asaltar los bailes por el día en unión de sus jóvenes y hermosas esposas pintando cuanta cara maluca o bonita se les atraviese en el camino. ¿Quién puede molestarse?

¿QUIÉN SE RESISTE?

Ni siquiera el empingorotado Don Próspero Carbonell, Prefecto de la provincia, ni Miguel A Vives, el administrador de la aduana, ni un Mr Wolff o un Federico Pérez De La Rosa, personas que, por su posición, por su carácter y edad, deben ser respetables y respetados en todo tiempo, lo son en carnaval, cuando la joven más tímida o más viva les echa el lazo y les derrama sin compasión polvos y pinturas desde la cabeza hasta los pies. [21]

 

  1. Las Pilules Orientales las fabricaba, en París, J. Ratié, un laboratorio de farmacia ubicado en el número 45 de la calle de l’Exiquier. Prodigioso remedio contra los pechos femeninos fatigados, poco llamativos y nada voluminosos. «Senos», «Busto de diosa», «Hermoso Pecho. «Desarrollo, firmeza y reconstitución de los pechos con las Pilules Orientales».
  2. Gestos y comportamientos, insinuantes y atrevidos. Algunos resultaría inaceptables en circunstancias distintas a las de las fiestas de carnaval.
  3. Listado de una decena de piezas musicales, o menos, que era ejecutada en estricto orden por las orquestas o conjunto de músicos contratados para animar las fiestas de Carnaval en Barranquilla
  4. OJO: Pequeña pieza cilíndrica y metálica, clavillo, sobre la cual gira el varillaje.
  5. BOLETA: parte inferior de la guarda
  6. GUARDA: Padrón, primera y última varilla del abanico. Protege al abanico y al varillaje del desgaste y de los golpes.
  7. PAIS: Tela del abanico. Membrana de tela, papel o encaje.
  8. GUÍA: Parte final de la varilla sobre la cual va pegado el país.
  9. FUENTE: Primer tramo de la varilla.
  10. RIVETE. Borde superior del abanico.
  11. Actual Carrera de El Progreso- N° 41
  12. Actual Paseo de Bolívar
  13. CHUPA: Chaleco.
  14. Calzones
  15. El Promotor.5 Marzo de 1881.
  16. [16] MASCARITA: Disfraz de origen Europeo que se hibridó en la tradición carnavalera riohachera y que, sin lugar a duda, aporta a la formación del llamado Monocuco barranquillero.
  17. El Promotor. 21 Enero de 1874
  18. El Promotor. 25 de Febrero de 1888.
  19. EMBARRADOR: Disfraz que llegó a la Provincia de Padilla con los migraciones francesas. Rememora las tradiciones festivas de los parisinos y los juegos que escenifican con motivo de las efemérides de la Toma de La Bastilla.
  20. El Promotor. 15 Febrero de 1873
  21. [21] PINEDA SALAZAR. J. Moisés. El carnaval en lso tiempos del Tranvía. (VI). En ecos de una pelotera. Diario La Libertad. 21 Febrero de 2004. “Para mi Pueblo escribo”
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