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Internacional

Islandia y los retos del turismo responsable

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Islandia se ha convertido en uno de los destinos turísticos más apetecidos. En la actualidad reciben a cuatro turistas por habitante. El reto al que deben enfrentarse ahora, es como enfrentar este crecimiento analizar la forma en la que se debe manejar esta situación de cara a lo que se avecina.

Los islandeses están encantados y sorprendidos con la llegada de tantos turistas. Algunos, humildemente, no entienden qué llama tanto la atención para la llegada diaria de personas, tanto en invierno como en verano. La alta ocupación ya no es algo exclusivo de Reikiavik: lugares de más difícil acceso, como la zona de los Fiordos Occidentales, también comienza a recibir visitantes. Dadas las circunstancias, se ha hecho necesario gestionar asuntos que antes no suponían un problema en el país.

En cuanto a alojamientos como los de AirBnB, el Gobierno pretende que sus dueños paguen unos impuestos especiales cuando sobrepasen 90 días al año en alquiler. Con este tipo de medidas se busca evitar que el centro de la capital, el que está sufriendo más las consecuencias, se vacíe de islandeses para pasar a estar habitado solamente por turistas. También se planea una subida de impuestos a operadores turísticos que ofrezcan excursiones a ciertos destinos del país, así como a las empresas de autobuses y hoteles, que ahora disfrutan de unos impuestos reducidos del 11% —el general es del 24%—.

Estas medidas no han generado menos polémica que la llegada masiva de turistas: al ser un sector que emplea cada vez a más personas en la isla, muchos temen que la subida de impuestos y el incremento de precios tengan un efecto negativo sobre el turismo. Todo ello, sumado a la primera verdad sobre el país: Islandia no es, de entrada, lugar para el turismo barato. Con una moneda nacional, la corona islandesa, que comienza a repuntar lentamente, pero no sin cierta dificultad, la vida en la isla para el turista no constituye una actividad económica recomendable para aquellos que van con un presupuesto ajustado.

El precio de ciertos víveres en el supermercado supera lo que uno consideraría normal —al cambio, una bandeja de 200 gramos de queso en lonchas cuesta alrededor de 17 euros; una barra de pan, 6 euros en una tienda de gasolinera—, pero comer en un restaurante no es mejor. Una pizza en un restaurante de precio medio cuesta 20 euros sin bebida; un perrito caliente en un puesto callejero asciende a 10 euros, mientras que un fish & chips puede costar perfectamente 30 euros fuera de la capital.

Recorrer la isla sin ningún operador turístico obliga a alquilar un coche, sector que ya tiene aplicado el impuesto máximo del país. Además, no puede ser cualquier coche: si se quiere tener la mejor experiencia, lo recomendable es reservar un todoterreno, dado que algunas carreteras tienen el acceso limitado solo a este tipo de vehículos por sus características o peligrosidad. Las excursiones y actividades de la isla se sitúan entre los 150-350 euros por persona, con la recomendación expresa de llevar siempre un guía cuando obliguen a internarse en la naturaleza, siempre sujeta al carácter tan cambiante del clima. A propósito de esto, conscientes de que siempre habrá quien decida experimentar por su cuenta a pesar del peligro, el Gobierno islandés ha puesto a disposición de los usuarios una página web donde dejar registrado tu viaje si vas a realizar actividades en la naturaleza, así como consultar alertas sobre el clima o el estado de las carreteras.

Aun con todo, los gobernantes están decididos: lo primero es Islandia. El ministro de Turismo, Thordis Kolbrun Reykfjord Gylfadottir, ha insinuado incluso limitar la entrada de turistas para poder garantizar una mejor experiencia, dado que muchas de las atracciones naturales más importantes del país son incapaces de soportar un millón de turistas anuales o más sin verse deterioradas. Los islandeses no odian a los visitantes, pero están convencidos de que es necesario encontrar un equilibrio entre mostrar a los que vienen de fuera sus joyas más preciadas y proteger esas joyas, y ese equilibrio pasa por colocar como prioridad el cuidado y preservación del frágil ecosistema en el que se hallan. Quienes aterrizan en Islandia pueden incluso firmar un compromiso digital de responsabilidad con la naturaleza y el medio ambiente y compartirlo en las redes sociales.

Los islandeses dicen sí a los turistas, pero también “Primero, mi tierra”. Dicen sí a los visitantes, pero dentro de una experiencia cuidada, única, mejorada, responsable y comprometida con la naturaleza, que respete las costumbres locales y a los habitantes de la isla. Esto es, quizá, lo que hace falta en algunas ciudades de Europa, que están viendo cómo sus centros urbanos están siendo desalojados de personas locales y sufriendo un deterioro creciente. Al contrario de lo que ocurre en Islandia, el turismo en ciertos destinos europeos es cada vez más barato y accesible, lo que despierta un creciente odio hacia el turista. Desde el punto de vista de quienes viven en ciudades que reciben una gran cantidad de visitas al año, estos son los responsables de que los inmuebles sean cada vez más caros, haya cada vez más tiendas de souvenirs y sus calles se deterioren a un ritmo vertiginoso. Es el caso de ciudades como Roma, Venecia, Barcelona o Ámsterdam, lugares ahogados por su propio éxito.

Sin embargo, este odio hacia el que viene se trata más bien de una falta de medidas por parte de los Gobiernos nacionales y, en última instancia, locales, incapaces de gestionar un turismo que se ha desbordado. Las regulaciones tan ambiguas sobre alojamientos privados para uso turístico y la explotación, en algunos países europeos, de sus zonas urbana y capitales como único destino de disfrute son causa directa de este creciente rechazo al visitante. La dependencia creciente del sector turístico en el continente europeo ha ocasionado que cada vez sea más necesario ofrecer precios atractivos para seguir recibiendo ingresos, con lo que quizá se sacrifica la esencia misma de lo que se está visitando. Islandia y sus medidas pueden ser lo que buscan muchos Gobiernos locales en Europa para solventar los problemas que está causando el turismo de masas.

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