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¿Qué tan solidario eres?

Opinión Caribe

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En los últimos tres meses he escuchado reiteradamente la palabra solidaridad. Las personas la mencionan día tras día en sus conversaciones. Después de revisar su dimensión puedo afirmar que la extensión subliminal de esta palabra no tiene fronteras toda vez que requiere de muchas reflexiones para poder medirla y llegar a su concepción altruista.

Sobre el particular me referiré a una historia relacionada con una ardilla y cómo fue medida por su carencia de solidaridad. Ella al ser parte de una manada fingió estar ciega con el fin de no colaborar en la reconstrucción de una madriguera de otra de su estirpe que habían destruido unos cazadores. Cuando llegaron a la de ella, y fue demolida por las mismas personas, si recibió colaboración por parte de las otras ardillas, pero le tocó quedarse sin techo por un tiempo y bajo el señalamiento de ser aquella que les dio la espalda cuando más la necesitaban.

Esa es la historia de la ardilla poco solidaria que fingió ser ciega para no ayudar porque pensó que la desgracia nunca llegaría a su morada. No se imaginó que podría caer en desgracia.

Así como existen historias para describir la palabra solidaridad también existen principios jurídicos del Derecho Romano, como lo es la “obligatio in solidum”, como una forma mediante la cual existía una responsabilidad compartida del ser humano en relación con su conglomerado o grupo social. Jurídicamente no podemos ser ajenos al dolor del otro. Estamos llamados desde nuestro nacimiento a ser solidarios.

La solidaridad no ha escapado al derecho, a la religión, a las historias infantiles y a muchos acontecimientos que permiten concluir que hay que abrazarla en todo momento.

La solidaridad germina como cualquier amanecer. La Asociación Mundial de Educadores Infantiles (AMEI) ha reiterado la importancia de diferentes actividades a temprana edad para que la solidaridad surja en la niñez. Proponen diferentes actividades tales como: lecturas bíblicas, cuentos, mitos y leyendas que refuerzan el sentido y la importancia de la solidaridad.

Por todo lo que sucede en este confinamiento y pandemia se habrá hecho usted las siguientes preguntas: ¿Qué tan solidario es usted?, ¿Qué tanto ha contribuido para que las personas se mantengan en casa?, ¿Cuántos alimentos debe repartir para ser solidario?, ¿Cómo medir su solidaridad?

Igualmente se estará preocupando no sólo por los seres queridos, sino por todos aquellos que de una u otra forma sufren las consecuencias de la pobreza y la desigualdad que por décadas se ha carcomido en frente nuestro a esta sociedad. Muchas veces nos hemos hecho los ciegos cuando vemos en nuestras narices la corrupción que solo deja desolación y más pobreza entre los que nos rodean. Conductas muy similares a la de la ardilla.

Lo que quiero recalcarle es que la solidaridad brota como cualquier manantial, nace en un instante, y así sea en edad adulta, puede tener tanto ímpetu que podrá enmendar ese vacío de solidaridad que tuvimos en nuestra juventud.  El momento es ahora.

Decía San Juan Pablo II que la solidaridad no es un sentimiento superficial, “es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, el bien de todos y cada uno para que seamos realmente responsables de todos”.

Otros mencionan que la solidaridad es la ternura de los pueblos y que no existe bien alguno que nos deleite si no lo compartimos.

Sin perjuicio de todas las definiciones que se han dado sobre la solidaridad, lo cierto es que ella trasciende y va más allá de nuestros intereses, conlleva a preocuparnos, y nos lleva a tomar acciones para solucionar los problemas de los demás.  No es simplemente saciar la sed o el hambre de un individuo por un instante.

La solidaridad se manifiesta de muchas maneras, como lo es mantener el empleo digno en estos momentos, permitir a una persona desvalida el espacio en la fila, y cuando es servido primero al criado y luego al amo. La solidaridad conlleva una serie de conductas que permiten concluir que la persona solidaria se ha edificado en sus valores personales.

Pero una vez entendido lo que conlleva la solidaridad debemos preguntarnos, ¿cuál es la justa medida de esta virtud?, ¿cómo medir si realmente soy solidario?, ¿si por el hecho de hacer una donación estoy realmente siendo solidario?

Pocas personas se han referido a la medida de la solidaridad por lo que no soy yo quien para decirle si es o no solidario, pero si tengo que manifestarle que la solidaridad no puede tener medida, es la justa cantidad que usted le coloque a la ayuda que requiere su prójimo y cuanto está dispuesto y en capacidad de dar. La solidaridad no es salir a vender cosas, pero si a utilizar la renta de ellas al servicio de los demás. No significa faltar a tus obligaciones como padre y como deudor para dárselo a otro. La solidaridad simplemente es ese sentimiento que permite conciliar el sueño cuando se ha percatado que lo dio todo por su familia y por sus semejantes. Que pueda despertar en el amanecer seguro de que nuevamente la solidaridad brotará como ese sol que aparece todos los días.

No solo se les exige solidaridad a los gobernantes, empresarios, acaudalados y otros personajes. Por el contrario, la capacidad de ser solidario es de todos. Esa obligación y responsabilidad no solo puede ser atribuida a esas personas que ya bastante hacen por esta sociedad al ofrecer y conservar un empleo en tiempos difíciles. Sea también usted solidario.

Esta virtud se puede traducir en comprar varios productos de la canasta familiar, organizarlos con sus hijos, colocarlo en recipientes adecuados y repartirlos a los más necesitados. Muy seguramente ese valor gastado no reducirá sus ingresos ni sus ahorros, pero muchos habrán comido ese día.

Si no somos solidarios veremos como el pueblo se subleva cuando tiene hambre, no podremos pedir orden público cuando no se aniquila la pobreza de las personas. No tendremos ciudadanos ejemplares cuando estos carecen de sus necesidades primarias, que podrían ser saciadas si se aumentara nuestra solidaridad. Si queremos una sociedad ejemplar e íntegra comencemos con inundar nuestra ciudad con solidaridad.

Ya sabemos que convivimos más de medio millón de habitantes en esta ciudad, que casi todas las fuentes de empleo están suspendidas, que existen muchos sin comer. ¿Qué esperas para ser solidario?

Decía Sally Koch que las grandes oportunidades de ayudar a los demás son escasas, pero las pequeñas nos rodean a diario. El momento de ser solidario es ahora. No desperdicie este instante para que no sea como la ardilla que fingió ser ciega.

 

Contacto:

Jose Eduardo Barreneche Ávila

josebarreneche@hotmail.com

 

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