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Columnistas

4 de septiembre

Opinión Caribe

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Por: Rafael Castañeda Amashta

El día que escuché por primera vez la canción, “Mi niño se creció”, de la autoría del maestro Gutiérrez Cabello e interpretada por los Hermanos Zuleta, pensé que debería ser maravilloso expresar los sentimientos de padre, hombre, y persona, a unos de los seres más extraordinarios que Dios nos regaló, para nuestro goce: los hijos.

Estando soltero, cada vez que las escuchaba ocurría lo mismo, mi mente volaba a imaginar lo que diría en mi composición, pero al final la conclusión fue como dice la letra del maestro Gustavo, que “no tengo el talento justo a mis pretensiones”. Tal vez una de las razones de que eso ocurriera, es que aún no era padre y eso me impedía dimensionar el significado que tenía para un hombre.

Por eso recuerdo como si fuera ayer, esa tarde en mi pueblo, donde la somnolencia del calor, se sentía hasta debajo de la fronda de los almendros que custodiaban la casa, del rigor del sol. Estaba acostado en mi hamaca, cuando se me acerca mi esposa y me dice, “no te asustes, mira esto.” Señaló hacia sus piernas y pude ver una sustancia o flujo blanquecino, que le bajaba por los muslos. Era la salida del tapón mucoso, y fue la alerta que indicaba, que mi esposa había comenzado el trabajo de parto.

Le toqué la barriga y sentí las contracciones más rítmicas, que sonaban fuerte como un tambor. Se había adelantado unos días, antes de lo previsto. Como pudimos, empacamos las cosas y emprendimos un viaje de dos horas hacia Barranquilla, a donde iba a ser el nacimiento. Llegamos a la clínica y al preguntar por el médico, nos respondieron que, “está en la sala de cirugía esperándolos”. Al escuchar esas palabras, sentí que me temblaban las piernas y a medida que caminaba por ese pasillo frío, sentía que entre más cerca estaba, me pesaban más las piernas.

Esa sensación fue interrumpida por la voz fuerte del médico, un hombre alto y corpulento, que con mucha educación nos saludó, y luego centró toda la atención en mi esposa. El médico me propuso entrar a la sala a ver el procedimiento. No supe en qué momento acepté. Pero me encontraba allí, en ese espacio cerrado e independiente del resto de la clínica, mirando de reojo los equipos, aparatos y personal médico que se encontraban en la sala.

Decidieron que el parto sería por cesárea. Miré a mi esposa, estaba tranquila y serena, a pesar que en ese momento le clavaban una aguja en la médula. Cuando menos lo pensé, le estaban haciendo una abertura en el bajo vientre, justo por encima del área púbica, mientras una mezcla de agua y sangre brotaba de ella. Enseguida, entendí lo fuerte que son las mujeres y que eso de “sexo débil”, es una mentira, igual a la mentira de que “las que lloran son las niñas”, que decíamos en el barrio para molestar a los demás niños.

Estaba absorto, hasta que escuché al médico decir, “prepárense, que ya viene”, y segundos después, sentí el llanto fuerte y continuado de mi hijo que acababa de nacer. Enseguida escucho que me dicen, “agarra esta tijera y corta el cordón umbilical”. Sorprendido, me sentí temblando más que una gelatina, y con los ojos entre abiertos y cerrados, pude realizarlo. Es una sensación extraña y sorprendente, que cambia positivamente la vida de un hombre.

No lo parí, pero pude ver cómo lo parieron. No pude ser compositor, pero le hablo con el corazón, y le expreso con el alma en las manos, lo que con canción no pude.

Hoy, quince años después de su nacimiento, imaginaré que esa canción del maestro Gustavo Gutiérrez, la compuse yo, y le cantaré a todo pulmón:

“Todo cambia con el tiempo
Y hasta yo me siento extraño
Hoy el hijo que yo tengo
Cambió mi condición
Es lo hermoso de mi vida
Canta mi corazón”.

 Feliz cumpleaños hijo de mi vida.

 

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