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Columnistas

El infame flagelo de la inseguridad

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Por: Saúl Alfonso Herrera Henríquez

El flagelo de la inseguridad pública ha socavado en mucho a las instituciones locales, departamentales, regionales y nacionales, además de atentar en materia grave contra la gobernabilidad y el Estado de Derecho. Amerita su combate la propuesta de medidas que incorporen las voces de la sociedad civil; académicos y buenas prácticas y experiencias de otros países; terminar con la impunidad; trabajar en dar certeza jurídica; avanzar en la implementación de tecnologías de la información para la prevención del delito; replantear las áreas de seguridad pública y reconocer los vasos vinculantes; más justicia social; implantar modelos de desarrollo urbano que permitan la seguridad en mejores entornos, lo que tiene que ver con la conducta de la ciudadanía, pero también con la eficiencia en seguridad pública, entre otros aspectos, en la verdad que requerimos de un verdadero cambio donde la autoridad sea responsable para ser respetada y al mismo tiempo las autoridades todas dejen de ser parte del problema de inseguridad.

Combatir la inseguridad es un importante imperativo que requiere de especiales y estructurales condiciones, así como reflexiones y modificaciones de fondo en algunos casos, como la violencia cotidiana que construye discursivamente un grupo particular de sujetos, a través de la redefinición de los derechos y deberes de la ciudadanía. La construcción de la inseguridad en la vida cotidiana articulado con discursos mediáticos circulantes y procesos comunicacionales, construcción llena de contradicciones y estereotipos que presenta operaciones ideológicas discursivas.

Debe la representación de la inseguridad permitir redefinir los deberes y los derechos del ciudadano mediante una acción organizada, reflexionar sobre los procesos de construcción de la alteridad que tienden a ubicar a los sectores problema en un lugar simbólico determinado que justifica, por sí mismo, otros tipos de violencias. No se trata en esto de culpar a la política de los males que azotan a la sociedad, sino acudir a una eficaz, como eficiente y efectiva estrategia por medio de la cual se afiancen las acciones colectivas que posibiliten visibilizar las causas estructurales de la inseguridad.

De la misma manera, debe actuarse sobre las causas e ir a los efectos y no mostrarse los efectos en lugar de las causas, toda vez que el estado de alerta, producido por el de necesidad, ya no es dable plantearlo como una ruptura transitoria del día a día, sino como la cuantificación constitutiva de lo que debe ser normal; de ahí que el recogimiento de las autoridades de seguridad deba resolverse con una situación de alerta permanente gracias al cual los pobladores se constituyan en ciudadanos activos que toman en sus manos funciones de vigilancia y control dentro de los límites de lo que el sistema democrático establece como legal. Es despolitizar todo, alejándose de otros discursos políticos claramente contestatarios o contrarios al sistema, los cuales se opondrían, de suyo, a los valores positivos que entrañan la solidaridad, democracia y el debido respeto y acatamiento por la ley y todo cuanto la misma representa y significa