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Acuerdo ¡ya!

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Ricardo Villa Sánchez 

El día que perdió Colombia contra Inglaterra, recordé el famoso cuento en Santa Marta, cuna de fútbol, en que los trabajadores del puerto y algunos miembros de las élites bananeras jugaron un partido contra os marinos ingleses, que como dice en su canción de Los buenos Tiempos Carlos Vives, según él, 3-2 terminaba y que, mi difunto abuelo, varias veces, nos comentó, que habría jugado como puntero izquierdo, algunos de estos encuentros. En realidad, Él nos contaba que, como aquel cotejo, no fue uno solo, sino varios los partidos, con los que la pasión del fútbol llegó por el Mar Caribe, así como el capitalismo, para quedarse en Colombia.

Aquel aciago día, cuando nos eliminaron del Mundial de Rusia, me tocó ir a un club social de mi ciudad que, si sus paredes hablaran, otra sería nuestra mínima historia. Mientras esperaba al amigo que allí me había citado, leí unas páginas de este libro de J.E. Melo (1), de las que no pude resistir dejar de transcribir la siguiente frase: “para la mayoría de los políticos y militares, era legitimo violar las leyes fundamentales para defender lo que consideraban el bien común o la salud de la patria”. A renglón seguido, entre líneas manifiesta Melo, que la anomia y la autocomposición, son la raíz de la mayoría de nuestros conflictos, la matriz de nuestra tragedia.

En esta época en que sólo se habla de fútbol, mientras nos anuncia que, según la Fiscalía, de 2016 a 2018, han muerto 178 líderes sociales y/o defensores de derechos humanos y de la Defensoría del Pueblo, en el mismo contexto, quizás por el miedo cambio, ha afirmado que 288 personas han muerto a febrero de 2018, inicia una gran movilización social en rechazo al que parece un sistemático resurgir de la violencia contra la diferencia en Colombia, que si no detienen a la bestia. Traerá mucho dolor, repetirá una cadena de odio, deseo de venganza e iniciará un nuevo conflicto, quizás más cruento, que, con los avances en los Acuerdos de Paz y los procesos de diálogos en ciernes, se considera inconcebible, en un país que, cualquiera pensaría transita hacia la reconciliación.

En ese contexto, es necesario señalar que criminalizar la defensa, promoción y reivindicación de los derechos humanos, a los movimientos sociales, al liderazgo social y político y a la participación ciudadana, atenta contra el pluralismo, el bienestar, la inclusión y la libertad política, unos de los pilares del sistema democrático. Justificar la muerte violenta de un ser humano y revictimizar a su familia, con el “algo habrá hecho” o es “un buen muerto” o con divulgar fotografías o videos de sus cuerpos, es como escupir sus cenizas o pisotear su memoria, por tanto, también su dignidad. Nunca más esto debe ocurrir en un país democrático, moderno, civilizado. Recuerden que alguna vez escribió José Saramago que nuestra única defensa contra la muerte es el amor o que Gabriel García Márquez, en su discurso cuando recibió el Premio Nobel de Literatura, dijo que frente a la opresión el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida.

El llamado acá sería, insisto, a que empecemos por bajarle la intensidad a la batalla tras la pantalla, y a desarmar la palabra. No nos dejemos envolver en la naranja mecánica del pensamiento homogéneo que lleva al poder hegemónico. Parecería que, en medio de tanto dolor por las muertes violentas de gente comprometida con las causas justas, pasamos del conflicto armado a la Pax Romana. Quizá en virtud de que la Paz no se edificó completa, sino como una colcha de retazos que aún nos une como nación, pero si nos genera esperanza. Hace falta, por ejemplo, que se sometan a la justicia, con leyes de alternatividad penal, las eufemísticamente llamadas Bandas Criminales las Disidencias de las Farc o los clanes de lo que quedó del EPL, y que se pacte el armisticio con el ELN, pero más que todo, que inicie el gran proceso de Paz en Colombia: el diálogo nacional con la ciudadanía, en el que el primer punto, el básico, el fundamental, sea el respeto al derecho a la vida. Con este acuerdo ¡Ya!, lo demás llega por añadidura. Para este propósito común, en este escenario diverso y complejo, los actores claves de nuestra población y territorio, como los gremios (comerciantes, empresas, industrias), los trabajadores y el movimiento sindical, las organizaciones de la sociedad civil, las fuerzas vivas, las iglesias, las etnias, la academia, la comunidad internacional y el Estado. Pueden iniciar la gran concertación de un Acuerdo de Paz con la ciudadanía, que sea un nuevo pacto social para la Colombia que anhela la construcción colectiva de la Paz. Allí todos ganaremos.

 

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