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¿Necesitamos robar?

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Ruben Dario Ceballos

Para sujetos con mente criminal, robar les es necesario y hasta lo considerarían una razón de ser. Así visto, sin adentrarnos en especulaciones académicas ni jurídicas, sería algo de tinte normal entre quienes tales prácticas cometen. Hasta aquí, digamos que nada anormal. Pero peor que lo cual, sin que ello signifique justificar lo expuesto, los robos contra la administración pública, depositaria en su erario de los dineros de todos- Es el robo del dinero público destinado para fines particulares.

Sin entrar tampoco en detalles de los distintos desfalcos y múltiples desvíos de recursos públicos realizados en el país, que superan con creces los cientos de miles de millones de pesos, en directo detrimento de la colectividad, requerimos reflexionar sobre tan abominable práctica, rica en las más diversas modalidades que pudiera uno imaginar y que superan igualmente cientos de miles de irregularidades, muchas de las cuales pocas veces satisfactoriamente aclaradas por los gobiernos de turno en sus niveles locales, municipales, departamentales, regionales y nacional.

Frente a ello, cabe la pregunta de cuántos campus universitarios, escuelas, colegios, centros comunales, escenarios deportivos y lúdicos, viviendas pudieron construirse en todo el territorio patrio. Cuántos apoyos a pequeños empresarios, niñez y tercera edad en condición de calle y marginados, todo lo que se podría haber hecho con ese dinero desviado a bolsillos particulares, que ya no será recuperado. Se denuncia tibiamente, los libelos presentados ante las autoridades correspondientes no han tenido el eco ni los positivos resultados que deberían. Siguen a la fecha esos cientos de miles de millones de pesos sin sabérseles su paradero.

No hay barreras para la delincuencia y los delincuentes especializados en constreñir el erario público, quienes para garantizar sus finen cuentan con cómplices y complicidades manifiestas materializadas en inmensas telarañas corruptoras que capturan sumas incalculables que alcanza para sus gastos y demás conceptos, en deterioro de los más necesitados. Esto debe acabar para siempre, o al menos, reducir tales desmanes a sus “justas proporciones”, como alguien dijera.

 

 

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