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Editorial & Columnas

El síndrome del objeto brillante: cuando todo parece urgente y nada realmente lo es

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Por Jhan Stand Flórez

La nueva generación enfrenta el reto de mantenerse enfocada en un mundo que ofrece mil caminos a la vez. El peligro no es ser curioso, sino la dispersión.

En días pasados leía un artículo sobre un concepto que, para mí, hasta la fecha, era totalmente nuevo y que me llevó a reafirmar que vivimos en una época fascinante y abrumadora a la vez. A este concepto se le conoce como el síndrome del objeto brillante, el cual, según expertos, es la necesidad constante de perseguir lo último, aunque no necesariamente lo más importante o útil para nuestras vidas.

Y es que cada día aparece una nueva aplicación, una nueva tendencia profesional, una metodología de estudio o una herramienta digital que promete cambiarlo todo en poco tiempo. Y ahí vamos, como borregos, corriendo detrás de cada novedad, de cada personaje que hace viral un reel con cualquier locura, movidos por la curiosidad, pero también por el miedo a quedarnos atrás.

Como docente, lo veo con frecuencia: un sinnúmero de estudiantes que inician un proyecto con mucho entusiasmo, pero lo abandonan apenas aparece algo “nuevo”; jóvenes que cambian de carrera o de meta cada semestre, convencidos de que la siguiente opción será “la definitiva”. En la mayoría de los casos, no les falta talento ni pasión, porque de eso les sobra; lo que falta es dirección, paciencia y algo de enfoque.

Alguien, en algún momento de mi vida, me dijo estas palabras: “Mijo, enfóquese para que pueda ver crecimiento”. Y aunque me costó entenderlo al inicio, al final, y luego de varios errores, logré comprenderlo.

El síndrome del objeto brillante, como lo mencioné al inicio de este escrito, no solo afecta los estudios o el trabajo, sino también la manera en que vivimos. Sales para caminar por la ciudad y todo parece urgente: el tráfico vehicular por ejemplo es un verdadero caos, lo cual demuestra que vivimos en un mundo donde tenemos la impresión de que llegaremos tarde en todo momento, vivimos afanados sin ningún sentido, vivimos en piloto automático, vivimos en sobreexposición.  Pero esa sobreexposición n muchos casos a cosas nueva genera dispersión, ansiedad y frustración, y la verdad es que cuando queremos hacerlo todo, terminamos no haciendo nada con profundidad.

No se trata de rechazar lo novedoso —que, en definitiva, es vital—, sino de entender que no todo lo nuevo nos conviene. Aprender, experimentar y adaptarse son habilidades esenciales en este siglo, pero deben estar guiadas por un propósito, por un plan, ya explorar sin rumbo no es progreso: es desgaste, es pérdida de tiempo.

Detrás del brillo de lo nuevo suele esconderse el miedo a volverse irrelevante, a ser obsoletos, a quedarse atrás. Sin embargo, perseguir cada novedad sin propósito no nos hace más actuales ni más interesantes, sino más inseguros. El equilibrio está en ser curiosos, pero también consistentes.

La constancia, aunque parezca una palabra antigua, sigue siendo el rasgo más valioso en la era digital. En la universidad, muchos confunden aprender con acumular información, pero el conocimiento que realmente transforma requiere tiempo, reflexión y compromiso.

Por eso, hoy más que nunca, los jóvenes deben cultivar sus vidas desde el Ser y conceptos de desarrollo personal como la marca personal, entre otros, toman un papel importante. Esta no se trata de tener un logo o muchos seguidores, sino de construir una identidad profesional basada en la coherencia, la autenticidad y el propósito. Una marca personal sólida no brilla por moda, sino por significado.

Mi invitación es sencilla: no dejen que el brillo de lo efímero les robe la luz de lo esencial. No sigan cada tendencia sin antes preguntarse si encaja con sus valores y su proyecto de vida.

El futuro no pertenece a quienes corren detrás de cada objeto brillante, sino a quienes saben detenerse, pensar y avanzar con sentido. En un mundo que cambia cada minuto, la verdadera revolución es mantenerse enfocado en lo que realmente importa.