Editorial & Columnas
Trump enterró la Paz Total
Una mirada real de la reunión entre los dos mandatarios. Con un solo golpe, la retórica revolucionaria de Petro y su gobierno quedó pulverizada: la seguridad volvió a manos del poder real, la indulgencia quedó atrás y la política ya no se hace con consignas, sino con fuerza y obediencia.
Durante años, la izquierda latinoamericana insistió en una narrativa revolucionaria de movilización permanente, antiimperialista y grandilocuente, como si el mundo no hubiese cambiado desde la Guerra Fría. Sin embargo, los hechos recientes demuestran que ese discurso ya no gobierna la realidad: el poder real no se declama, se ejerce.
La captura de Nicolás Maduro en la madrugada del 3 de enero marcó un punto de quiebre histórico. No solo por la caída simbólica del máximo exponente del chavismo, sino porque dejó al desnudo la fragilidad de una retórica incendiaria que, incluso después de ese golpe, siguió repitiéndose como un eco trasnochado, cada vez más débil, cada vez menos convincente. La “revolución” siguió hablando, pero ya no mandaba. Y cuando discurso y poder se separan, siempre manda el segundo.
Lo ocurrido en Venezuela envió un mensaje inequívoco a toda la región: Estados Unidos volvió a demostrar que quien tiene poder lo usa, y que quien no lo tiene debe elegir entre resistirse y ser destruido, o someterse con el mínimo margen de negociación necesario para sobrevivir. Esa es la política internacional desnuda, sin épica ni consignas.
Colombia no fue ajena a ese mensaje.
Durante su gobierno, Gustavo Petro apostó por la llamada “paz total”, consagrada en la Ley 2272 de 2022: una política basada más en la indulgencia que en la coerción, más en el gesto simbólico que en la fuerza del Estado. Mesas, comunicados, concesiones y una fe casi mística en que el crimen organizado podía transformarse mediante diálogo. Todo eso se vino abajo de un solo golpe en la mesa. Y ese golpe no lo dio el Estado colombiano: lo dio Donald Trump.
La captura de uno de los criminales más poderosos del continente demolió de inmediato la idea de que la seguridad podía seguir tratándose como un ejercicio de buena voluntad. Fue la demostración brutal de que con organizaciones criminales no se negocia desde la debilidad, y que la paciencia estratégica tiene un límite cuando el poder decide actuar.
Es sensato pensar que ese episodio atemorizó al gobierno de Petro. No porque el presidente sea narcotraficante —no hay evidencia seria que sostenga tal afirmación—, sino porque en política el miedo no siempre nace de la culpa directa, sino de los flancos abiertos. Petro arrastra “cables pelados”: cuestionamientos persistentes sobre la presunta financiación irregular de su campaña, vínculos aún no aclarados y un entorno político vulnerable. En ese contexto, cuando el poder demuestra que está dispuesto a usar la fuerza sin complejos, el cálculo cambia.
Desde entonces, el comportamiento del gobierno colombiano ha sido elocuente. Titulares, operativos, incautaciones, golpes al narcotráfico exhibidos con un entusiasmo casi infantil, como quien busca aprobación. No es un giro ideológico: es supervivencia política. Todo indica que a Petro se le planteó una disyuntiva simple, clásica y brutal: o combates a tus criminales a sangre y fuego, o lo hacemos nosotros; o lo haces con nosotros, o lo hacemos sin ti. En política internacional, los ultimátums rara vez se escriben. Se entienden.
Petro, que podrá ser ideológico pero no es tonto, empezó a cumplir incluso por intuición. Porque cuando el poder habla, la retórica aprende a callar.
La reunión del 3 de febrero entre Petro y Trump termina de cerrar el cuadro. Ganó Colombia, porque al finalizar este gobierno el país parece volver al cauce mínimo de cualquier Estado que se respete: perseguir y exterminar a sus criminales con fuerza, no con indulgencias casi cómplices ni con ese tufo de sociedad encubierta que siempre rodeó la “paz total”. Ganó el país porque el monopolio de la violencia vuelve —aunque sea por presión externa— a manos del Estado.
Pero perdió Petro. Perdió Cepeda. Perdió el petrismo antiyanqui, reducido ahora a lo único que le queda cuando la realidad lo desborda: gritar consignas y escupir pendejadas. Sin poder real, sin capacidad de imponer agenda, sin otra herramienta que la queja ideológica.
El triunfo fue, en el fondo, para la verdadera derecha, la que desde hace años viene diciéndole a Petro y a sus jenízaros que se pongan los pantalones, que gobernar no es declamar, que la seguridad no se negocia y que el crimen organizado no se persuade con poesía. La tragedia —y la paradoja— es que ese giro no llegó por consenso nacional ni por madurez institucional, sino por una imposición extranjera tan evidente como eficaz.
Así funciona la política real. Cuando un país no resuelve sus problemas esenciales, alguien más lo hace por él. Y entonces ya no queda revolución, ni soberanía discursiva, ni épica posible. Solo obediencia.
Por Ariel Quiroga Vides
Abogado, analista y columnista.
