Editorial & Columnas
Resistencia en blanco y negro, Jaque al abandono
Autor: Jorge Garcia Granados
En una ciudad donde el mar conversa con la montaña y la historia se respira en cada esquina, el ajedrez ha encontrado su propio refugio. Santa Marta, cuna de tradiciones ancestrales y capital cultural del Caribe colombiano, no solo vibra con la música, sus paisajes, la gastronomía y el turismo; también late, silenciosa y estratégica, en los tableros que cada tarde se despliegan en el Parque San Miguel.
Hablar de riqueza cultural y deportiva en Santa Marta es reconocer una paradoja. La ciudad que vio nacer a grandes exponentes del deporte y la cultura en el escenario mundial, y que custodia joyas naturales como el Parque Nacional Natural Tayrona, también enfrenta un abandono persistente en materia de escenarios deportivos. Los que hoy tenemos se encuentran deteriorados o abandonados, universidades sin espacios adecuados para la práctica organizada y una política pública intermitente han limitado el desarrollo de muchas disciplinas. El ajedrez no ha sido la excepción.
Sin embargo, lejos de apagarse, el juego ciencia ha echado raíces en la cotidianidad samaria. En el Parque San Miguel, bajo la sombra generosa de sus árboles, se congregan jubilados, estudiantes, trabajadores, viajeros curiosos y extranjeros. No hay graderías ni relojes electrónicos de última generación; hay mesas improvisadas, tableros gastados y piezas que han pasado por incontables partidas. Pero también hay respeto, concentración y esa tensión deliciosa que precede a cada movimiento.
Allí, el ajedrez se convierte en idioma universal. Un turista europeo puede sentarse frente a un pescador del barrio, y sin compartir una sola palabra en común, entablar una conversación profunda a través de peones, caballos y alfiles. La ciudad, tantas veces fragmentada por desigualdades, encuentra en el tablero un territorio neutral donde solo cuentan la estrategia, la paciencia y la imaginación.
Lo admirable no es solo que se juegue ajedrez; es que se sostenga como tradición viva pese a la falta de escenarios formales. En una ciudad donde escasean los torneos institucionales y los apoyos económicos, el parque se transforma en academia al aire libre. Allí se enseñan aperturas, se discuten finales y se forjan talentos que, con el acompañamiento adecuado, podrían representar con orgullo a Santa Marta en competencias nacionales e internacionales.
El Parque San Miguel, es en ese sentido, un símbolo de resistencia cultural. Un espacio donde se comparte la pasión por este bello deporte, donde me puedo sentar frente a mi padre que me mostro por primera vez un tablero de ajedrez y me enseño los primeros movimientos, hoy compartimos una rivalidad cómplice a través de este deporte. Y mientras las promesas de nuevos complejos deportivos se dilatan y las universidades siguen sin priorizar espacios dignos para disciplinas mentales, la comunidad ajedrecística demuestra que el deporte también es voluntad colectiva. El ajedrez no necesita grandes estadios; necesita comunidad. Y esa comunidad, en Santa Marta, se ha negado a desaparecer.
Resaltar esta realidad no implica romantizar el abandono. La ciudad merece infraestructura adecuada, programas sólidos y escenarios dignos para todas sus disciplinas. Pero también merece reconocimiento por aquello que florece a pesar de las carencias. En cada partida disputada bajo el cielo samario hay una afirmación silenciosa: la cultura y el deporte no dependen únicamente del cemento y el presupuesto, sino del compromiso de su gente.
Así, entre el murmullo del Caribe y la sombra del parque, el ajedrez continúa moviendo piezas y voluntades. En Santa Marta, la reina avanza, el caballo sorprende y el rey resiste. Y con cada jaque, la ciudad recuerda que su verdadera riqueza no solo está en sus paisajes, sino en la pasión con que sus ciudadanos defienden, jugada a jugada, el derecho a soñar.
