Metrópolis
EL OBJETIVO DE LA SEGURIDAD
Por: Rubén Darío Ceballos Mendoza
Preocupante sin ningún género de duda el deterioro gradual y permanente que la seguridad que hemos venido acusando. No es la nuestra una sociedad segura, a pesar de estar claramente establecido que la seguridad pública es una función del Estado, cuyo fin es salvaguardar vida, honra, bienes, libertades e integridad de las personas. Debe invitarnos esta falta de seguridad a serias como profundas reflexiones en torno a dicha problemática, en vía a exigir a nuestras autoridades el punto de retorno, a ver si por fin posible pueda quitarnos de encima la espada de Damocles de la percepción de inseguridad que a todos agobia.
Los casos de inseguridad que padecemos a todo lo largo y ancho del territorio patrio, y en ello debemos claridad, no son ni se tratan de hechos aislados o fortuitos, sino alarmas permanentes, e insisto, la ciudadanía se percibe insegura. Los indicadores son muchos, aterradores. No se advierte que las autoridades lo tomen con seriedad. Por el contrario. Las respuestas ante los miles de hechos dejan mucho que desear generando honda preocupación, puesto que pareciera que la popularidad y la apariencia son los verdaderos instrumentos y herramienta de este desgobierno. El clima de inseguridad que vivimos es evidente, al que nadie es ajeno, sino un agravante que ofende y asombra.
La inseguridad que nos acosa no puede ser más un discurso político carente de contenido, sino responder con mayor determinación a una estrategia y nunca a promesas, puesto que la seguridad no se sostiene con guerras, sino con justicia, desarrollo y respeto por la vida de los asociados. Sabemos que la solución no es fácil ni sencilla, pero no es óbice lo cual para pretender dar parte de victoria diciendo que es que ya es normal la situación; razón de peso para que como sociedad exijamos de nuestro gobierno acciones efectivas que reviertan este lamentable ambiente de inseguridad y que el Estado cumpla con su principal y más elemental función, proveer de seguridad a sus gobernados.
Frágil es nuestra seguridad, enfrentamos una crisis de seguridad sin precedentes, la violencia se expande, la delincuencia crece y se desborda en los municipios, No hay apoyo real, cada crimen en lugar de provocar una reacción inmediata, es respondido por el gobierno con alarmante indiferencia. No se mejora la capacitación y la prevención del delito. Pocos son los recursos y pocos los fondos locales y el respaldo nacional. Los municipios enfrentan al crimen organizado prácticamente solos, la Fuerza Pública está mal equipada; las comunidades viven a merced de los delincuentes, mientras el gobierno presume cifras maquilladas y planes vacíos. Tenemos una seguridad desnuda desde la base.
Revelamos en seguridad una debilidad estructural con protocolos sin capacidad real para prevenir o reaccionar. Es una crisis que nos alcanza y desborda a todos. La violencia que vivimos lo invade todo. La seguridad ya no es privilegio, sino deuda del Estado con su gente. La confianza está rota, crece la impunidad crece y la fe en la justicia se desvanece. No hay política de seguridad sin reconstruir al Estado desde abajo. Mientras sigamos desamparados, cualquier estrategia será discurso. Clara es la erosión de la autoridad y el agotamiento institucional. Violencia e indiferencia gana terreno, así como nos estamos acostumbramos al horror.
El poder debe protegerse. La seguridad no se mide en escoltas, sino en la capacidad del Estado para garantizar la vida. Las muertes duelen e indignan. El gobierno tiene responsabilidad frente al crimen organizado. Nada cambiará a este tenor sin presión social ni voto responsable. Si seguimos tolerando gobiernos ineficaces, nos seguiremos hundiendo más en violencia e impunidad. Sin participación ciudadana no habrá corrección posible. La realidad es que los delitos aumentan , la violencia se oculta y la inseguridad campea a sus anchas.
