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Editorial & Columnas

Ni bonanza ni amenaza: los hidrocarburos como prueba de madurez territorial

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Las proyecciones describen un desarrollo extractivo de escala media, prolongado en el tiempo, con impactos sobre el uso del suelo, el agua y las economías rurales existentes. Más que entusiasmo o rechazo automático, el desafío está en convertir una renta transitoria en inversión pública bien dirigida, transferencia de conocimiento y fortalecimiento de la ganadería, la agricultura y la pesca, pensando desde ahora en el día después del petróleo.

Por: José D. Pacheco Martínez

San Luis Beltrán, jurisdicción de Tenerife (Magdalena) no necesita que lo despierten con promesas ni que lo disciplinen con amenazas. Necesita claridad. Claridad sobre lo que se sabe, sobre lo que se proyecta y sobre la parte del futuro que ya comenzó a escribirse en informes técnicos y decisiones administrativas que rara vez llegan al lenguaje cotidiano del corregimiento. En territorios rurales, la incertidumbre no es una categoría abstracta: es una forma concreta de vulnerabilidad.

Aquí la vida se sostiene con ganadería extensiva, agricultura de subsistencia y pesca artesanal. No es un paisaje romántico; es una economía de márgenes estrechos. La tierra y el agua no son símbolos: son activos productivos, espacios de trabajo y soporte de la vida diaria. Existen cuerpos de agua que estructuran la subsistencia, entre ellos la Ciénaga de Zura, donde familias enteras dependen de la pesca y del equilibrio ambiental para sobrevivir. Cualquier transformación del entorno incide de manera directa sobre esas actividades.

Desde esa realidad debe entenderse la discusión. Cuando el petróleo entra en escena, no lo hace sobre un territorio disponible, sino sobre un sistema productivo frágil y ya ocupado. Por eso el punto de partida tiene que ser sobrio: el escenario petrolero es real, aunque acotado. El bloque VIM-1, donde la Agencia Nacional de Hidrocarburos confirmó el descubrimiento del campo La Belleza, reportó petróleo liviano cercano a los 43 grados API y gas natural asociado. Se trata de un crudo atractivo por su calidad y por menores costos relativos de procesamiento. En su entorno existen áreas con interés exploratorio que amplían la expectativa energética. No hay aquí una promesa desbordada, pero tampoco un espejismo.

Las cifras suelen llegar al debate como ruido, se repiten sin contexto o se exageran para producir emoción, por eso, conviene traducirlas una sola vez y con suficiencia. Las estimaciones conservadoras ubican el volumen recuperable entre 7 y 17 millones de barriles. En términos operativos, un campo de ese tamaño puede sostener una producción diaria aproximada de entre 3.000 y 5.000 barriles durante 20 o 25 años, dependiendo de su comportamiento y de la inversión adicional que se realice. Este dato define el rasgo central del ciclo: no será una bonanza fugaz, sino una presencia prolongada, con impactos que se acumulan con el tiempo.

Ese horizonte temporal es el verdadero dato político. Dos décadas de actividad implican accesos, servidumbres, gestión predial, controles ambientales y una relación permanente entre la economía local y una industria que no opera en el vacío. En un territorio donde existen ciénagas, caños y humedales, cualquier intervención mal planificada puede alterar la pesca, la disponibilidad de agua y los usos tradicionales del suelo. La pregunta decisiva no es si habrá tensiones —las habrá—, sino cómo se administrarán: con información, vigilancia y reglas claras, o con silencios que luego se convierten en conflicto.

En el plano económico, la inversión asociada a un proyecto de esta naturaleza suele ubicarse entre 200 y 500 millones de dólares a lo largo de su vida útil. Ese flujo no llega como un bloque neutro. Circula a través de contratos, servicios, proveedores y empleo técnico. La industria no compra por cercanía geográfica; compra donde hay capacidad de respuesta. Un territorio que no formaliza proveedores ni prepara mano de obra termina asumiendo impactos locales sin capturar beneficios proporcionales.

El empleo exige la misma precisión. Un proyecto de escala media puede sostener entre 50 y 150 empleos directos en operación y mantenimiento, y varios cientos indirectos en logística, transporte, alimentación, seguridad y servicios complementarios. Es una oportunidad concreta, aunque limitada. Sin formación técnica, certificaciones y disciplina operativa, esos puestos se cubren con personal externo. La actividad se siente; la inclusión local, no siempre.

Las regalías constituyen el punto donde se define si este ciclo será oportunidad o repetición. Bajo supuestos prudentes de producción y precios, los recursos públicos que podrían fluir al municipio y al departamento se ubican entre 50 y 100 millones de dólares a lo largo del proyecto. No es una cifra mágica, pero sí suficiente para cambiar estructuras si se invierte con inteligencia. En un territorio donde el agua sostiene la pesca y el campo, la prioridad es evidente: acueductos rurales funcionales, protección y monitoreo de cuerpos de agua, sistemas pequeños de riego, vías terciarias transitables y energía confiable.

Existe además una ventaja que no aparece en los balances: el conocimiento. La industria petrolera opera con estándares altos en planeación, seguridad, mantenimiento, logística y control ambiental. Ese aprendizaje puede quedarse si el territorio logra capturarlo. El verdadero salto no es que algunos jóvenes trabajen en el sector, sino que parte de esa cultura técnica fortalezca las actividades que permanecerán cuando el petróleo se vaya: producción agropecuaria más eficiente, pesca con mejores prácticas ambientales y gestión responsable del recurso hídrico.

Por eso, este no es un debate de trincheras. No se trata de elegir entre petróleo y campo, ni entre industria y pesca. Se trata de asumir que el petróleo es finito, mientras la tierra y el agua sostienen la vida a largo plazo. La renta extractiva solo tiene sentido si fortalece lo que queda. Esa es, en esencia, la prueba de madurez territorial.

La juventud ocupa aquí un lugar decisivo. Formar jóvenes capaces de moverse entre el rigor técnico del sector energético y la protección de las actividades rurales es una apuesta estratégica. Sin esa preparación, el ciclo avanzará, los impactos se sentirán y el territorio volverá a preguntarse, tarde, por qué no supo anticiparse.

Ni bonanza ni amenaza. Prueba. El petróleo no define el destino de San Luis Beltrán; define el examen que enfrenta un territorio donde la vida depende de la tierra y del agua. Cuando el ciclo termine —porque terminará—, el campo, la pesca y la comunidad seguirán allí. La pregunta es si estarán más fuertes o simplemente más expuestos.