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Política Parroquial

Sabanalarga: Donde el Realismo dejó de ser Mágico para ser Trágico

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Columna de opinión

Por: Víctor Rodríguez Fajardo

#ColumnaOC En el Caribe nos acostumbramos a vivir bajo el manto de Macondo, esa tierra donde lo inverosímil se pasea por las calles con total naturalidad. Pero lo ocurrido recientemente en Sabanalarga, Atlántico, no es una anécdota de realismo mágico; es la cara más oscura de un realismo trágico que nos debería abofetear la cara como sociedad. Una familia, asfixiada por una deuda con un «gota a gota», entregó como garantía de pago a su hija menor de edad para que el acreedor “se sirviera de ella” durante meses. Hoy, la joven está embarazada y el silencio es el único habitante de esa casa.

Este caso contiene todas las variables de la degradación que define nuestra geopolítica parroquial. Primero, la pobreza como condena: ante la ausencia de un Estado que garantice inclusión financiera, el agiotista aparece no como un prestamista, sino como un depredador social que termina siendo dueño no solo de los muebles, sino de la carne y la dignidad de los deudores.

Segundo, la anestesia moral de la familia. Es aquí donde el tejido social se desgarra irremediablemente. Que unos padres vean en su hija un «elemento de pago» nos habla de una ignorancia que no es falta de letras, sino un vacío absoluto de valores humanos mínimos. La familia, que debería ser el primer anillo de seguridad, se convirtió en el victimario administrativo de este crimen de trata de personas.

Tercero, la indolencia de la parroquia. En nuestros pueblos todos nos conocemos, pero nadie tiene quien le escriba a la conciencia. El hecho de que esta atrocidad se conociera por «rumores de barrio» y no por una denuncia formal de vecinos o parientes, confirma que somos una sociedad que prefiere la complicidad del rumor a la incomodidad de la justicia. Hemos reemplazado la empatía por la «indolencia digital»: nos indignamos en redes sociales con un emoji de tristeza, mientras en la casa de al lado permitimos que la barbarie se consume ante nuestros ojos.

Finalmente, la ausencia del Estado. Que el Alcalde haya tenido que ser el denunciante oficial basándose en el «radio-pasillo» demuestra que los mecanismos de protección a la infancia son invisibles para la gente. El Estado en el territorio es un espectador que llega tarde, cuando la tragedia ya es una noticia confirmada por un examen de obstetricia.

Al final, la tragedia de Sabanalarga nos revela que la Abuela Desalmada de Gabo no se quedó atrapada en las páginas de un libro; vive y camina por muchas partes de nuestra parroquia. Es esa mentalidad que, ante la deuda, no duda en incinerar la inocencia de una «Eréndira» propia para salvar el pellejo. Mientras sigamos siendo una sociedad de víctimas sacrificadas y conocidos que miran para otro lado, seguiremos condenados a un realismo donde lo único mágico es nuestra capacidad de soportar la infamia sin que se nos mueva la conciencia.

Crónica de una tragedia anunciada… y consentida.