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Editorial & Columnas

La Ética del Silencio: Cuando el Dolor Tiene Filtro Ideológico

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Por Victor Rodriguez Fajardo

La defensa de los Derechos Humanos en Colombia se ha convertido, para algunos, en un ejercicio de edición. Se recortan los victimarios que incomodan al relato y se amplifican aquellos que validan la lucha propia. El caso de Iván Cepeda es, quizás, el ejemplo más paradigmático de esta dicotomía: un hombre cuyo ADN está trenzado con el dolor de las víctimas del paramilitarismo, pero cuya voz se apaga sospechosamente cuando el fuego proviene de la guerrilla.

El ADN de una lucha parcial

Nadie puede llamarse a engaño: la historia personal de Cepeda, marcada por el magnicidio de su padre a manos de la alianza entre Estado y paramilitares, le otorga una legitimidad incuestionable para denunciar esos horrores. Sin embargo, esa misma historia parece haberle nublado la visión periférica. Su solidaridad parece ser un recurso limitado que se administra según la orilla política del muerto.
Ayer, Colombia despertó con la noticia de un periodista asesinado por las balas de una guerrilla que sigue desangrando el territorio. ¿Y qué escuchamos desde su curul o sus redes? Silencio. Ese silencio no es un vacío; es el mensaje de quien asume que hay víctimas que no encajan en su narrativa y, por ende, no merecen su deferencia.

El mensaje de la omisión para el periodista

Este comportamiento es especialmente alarmante en quien aspira a dirigir los destinos del país. Para quienes ejercemos el periodismo desde la región, las amenazas no son retórica ni teoría política; son llamadas, panfletos y sombras que buscan que lo que debe ser público permanezca oculto.
Cuando un líder con proyección presidencial calla ante el asesinato de un colega a manos de la guerrilla, deja al periodista regional en una orfandad absoluta. Ese silencio es interpretado por los violentos como una licencia: si a los defensores de la «paz total» no les importa la vida de un comunicador caído bajo fuego insurgente, el camino para seguir amedrentando queda libre.

Un Estado que mira para otro lado

La «solidaridad selectiva» de los políticos se traduce en la inoperancia institucional. Mientras el liderazgo nacional selecciona qué muertes lamentar, el periodista amenazado se estrella contra el muro de la **Unidad Nacional de Protección (UNP)**. En las regiones, batallamos contra trámites burocráticos y evaluaciones de riesgo que parecen ignorar la realidad del terreno. La respuesta positiva del Estado nunca llega, o llega cuando ya es demasiado tarde.

Una paz sin exclusiones

Un país con más de medio siglo de barbarie no puede permitirse el lujo de tener defensores de víctimas «exclusivas». La sangre derramada en Colombia no tiene ideología. Si la empatía de figuras como Cepeda sigue filtrada por el sesgo, su actitud —por más altruista que parezca— terminará siendo opacada por la sombra de su propia parcialidad.

Colombia no necesita un presidente que solo vea el dolor de un lado de la orilla. Necesita un líder que entienda que cuando se calla la voz de un periodista por miedo o por plomo, se apaga la democracia entera. El silencio de hoy es el presagio del abandono de mañana.