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EL MUNDIAL QUE NO FUE
A propósito de la nueva serie de Netflix que habla del impulso y del profundo lobby que hizo México para conseguir la sede del Mundial de 1986, «México 86», que terminaría siendo uno de los mundiales más recordados de la historia, ya sea por la Mano de Dios de Maradona, por la mascota del mundial o por la cantidad de historias que dejó, vale la pena recordar que México es, hasta ahora, el país que más Copas del Mundo ha acogido. Lo hizo en 1970, repitió en 1986 y ahora, cuarenta años después, volverá a tener el privilegio de recibir la Copa junto con Canadá y Estados Unidos.
Pero ese privilegio que México tuvo fue, en parte, gracias a la dejadez y a la falta de visión de nuestros dirigentes. Porque durante años Colombia hizo los pininos para convertirse en sede del Mundial de 1986. Y la historia comienza mucho antes de lo que muchos creen.
En 1970, Alfonso Senior Quevedo, barranquillero de pura cepa, pero fundador del club más cachaco de todos, Millonarios, era presidente de la Dimayor y miembro del Comité Ejecutivo de la FIFA. Fue él quien habló con el entonces presidente Carlos Lleras Restrepo y consiguió su respaldo para impulsar la idea de realizar el Mundial de 1986 en suelo colombiano. Una operación que nació de la mente y del ímpetu de Senior Quevedo, pero que desde el principio tendría que enfrentarse a varios baches políticos e institucionales.
En 1973, Colombia presentó oficialmente su candidatura para organizar el Mundial y recibió la visita de la FIFA para realizar la inspección correspondiente. Un año después, en 1974, llegó la noticia: Colombia había sido escogida como sede del Mundial de 1986.
Sin embargo, esa alegría contrastaría rápidamente con los olvidos gubernamentales e institucionales de la clase política colombiana. El presidente Alfonso López Michelsen, por más ganas que tuviera de sacar adelante las obras y adecuaciones requeridas para la realización del certamen, se encontró con una fuerte oposición de sectores políticos que consideraban que los recursos debían destinarse a la seguridad y a atender la crisis social y económica que terminaría desembocando en el Gran Paro Cívico Nacional de 1977.
Luego llegaría Julio César Turbay Ayala, quien impulsó la creación de la Corporación Colombia 86, una entidad privada que tendría la misión de financiar los requerimientos exigidos por la FIFA sin comprometer directamente los recursos del Estado. Sin embargo, los grupos empresariales que la integraban, el Grupo Santo Domingo y el Grupo Grancolombiano, aún no habían logrado reunir los recursos cuando apareció un nuevo problema.
João Havelange, presidente de la FIFA en ese momento, desconoció la estrategia planteada por el gobierno colombiano y exigió que fuera el propio Estado quien asumiera el liderazgo del proyecto. Fue ahí cuando la FIFA puso sobre la mesa una serie de exigencias que incluían grandes carreteras, modernización de la red ferroviaria, ampliación de la infraestructura hotelera y comercial, entre otras obras de enorme magnitud. Requisitos que echaban por la borda la idea inicial del gobierno, que pretendía organizar el Mundial con recursos principalmente privados y con una mínima intervención estatal.
Mientras el gobierno le daba vueltas a los números y analizaba la viabilidad del proyecto, la FIFA comenzaba a desconfiar de Colombia y Colombia comenzaba a desconfiar de la FIFA. Para 1982 las inversiones eran mínimas, las obras prácticamente inexistentes y los avances insuficientes.
Hasta que el 25 de octubre de 1982 llegó la noticia inevitable: Colombia renunciaba a la organización del Mundial de 1986. La decisión provocó la indignación del propio Alfonso Senior Quevedo y de buena parte del fútbol colombiano. El presidente Belisario Betancur justificó la decisión con una frase que quedó para la historia:
«El Mundial debía servir a Colombia, y no Colombia a la multinacional del Mundial».
En ese momento se renunciaba a un sueño que había comenzado doce años atrás y que, por un instante, nos hizo pensar que Colombia estaría en el centro de la atención mundial.
Lo peor vendría después. En 1985, la Selección Colombia tampoco logró clasificar al Mundial que finalmente terminaría disputándose en México, país que había recibido la sede tras la renuncia colombiana.
La historia deja una reflexión que sigue siendo vigente. Colombia siempre ha tenido dirigentes con visión, personas capaces de imaginar proyectos ambiciosos y de poner al país en el radar internacional. Pero también ha tenido una clase dirigente que, una y otra vez, ha terminado frenando esa visión por falta de decisión, coordinación o voluntad política.
Esperemos que más temprano que tarde tengamos la oportunidad de albergar un evento de semejante magnitud y, sobre todo, unos dirigentes preparados para respaldar e impulsar lo que este país tanto se merece.
