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NOS DICEN VIEJOS

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Por Víctor Rodríguez Fajardo
El Man del Sombrero

Nos dicen viejos como si acabaran de descubrirnos una enfermedad.

Lo sueltan con esa arrogancia juvenil que alguna vez también tuvimos: “Ese viejo no entiende”, “ya pasó su tiempo”, “hágase a un lado”. Como si cumplir años fuera una derrota y no el privilegio que tantos compañeros no alcanzaron.

Sí, somos viejos. ¿Y qué?

Viejo es este sombrero que ha visto más tempestades que muchos paraguas nuevos. Viejas son mis cicatrices, pero ninguna fue comprada en una vitrina. Viejas son las preguntas que sigo haciendo porque los poderosos de las torres del corone todavía ofrecen las mismas respuestas podridas con distinto envoltorio.

No me avergüenza la edad. Me avergonzaría llegar hasta aquí sin haber aprendido nada.

Fuimos jóvenes, cometimos estupideces y creímos tener la razón antes de conocer siquiera el problema. La diferencia es que nuestros disparates no viajaban instantáneamente por el mundo ni encontraban una multitud dispuesta a convertirlos en doctrina.

Los años no vuelven sabio automáticamente a nadie. También existen viejos brutos, viejos arrogantes y viejos que envejecieron sin crecer. Pero llegar a cierta edad con la memoria despierta deja una ventaja: uno reconoce de lejos la mentira, incluso cuando viene maquillada de novedad.

Hemos visto caer imperios parroquiales que parecían eternos. Hemos despedido amigos, enterrado amores, perdido batallas y sobrevivido a victorias que terminaron costándonos demasiado. Sabemos que el aplauso dura menos que el escándalo y que muchos de quienes hoy se proclaman imprescindibles mañana no serán siquiera una nota al pie.

Por eso ya no competimos para demostrar quién corre más rápido. Aprendimos a mirar hacia dónde corren todos y quién puso la trampa al final del camino.

No necesitamos que nos cedan el asiento por lástima. Todavía podemos levantarnos para cedérselo a quien lo necesite. Tampoco pedimos reverencias ni certificados de vigencia. Nuestra presencia no depende del permiso de quienes confunden juventud con superioridad moral.

Nos dicen viejos porque les incomoda que recordemos.

Recordamos quién prometió, quién traicionó, quién robó, quién calló y quién apareció después a posar de salvador. Somos archivos vivos en una sociedad que pretende reiniciarse cada mañana para no responder por lo ocurrido ayer.

Ya casi estrenando 66, no tengo que demostrar que soy joven. Sería ridículo. Tengo algo mejor: libertad para decir lo que pienso, experiencia para desconfiar de lo obvio y suficiente calle para saber que detrás de cada versión oficial suele esconderse otra historia. A esta edad, ya no estoy para traicionarme.

Que nos llamen viejos.

La vejez no es un insulto. Insulto sería haber vivido seis décadas para terminar obedeciendo, callando o pidiendo autorización para pensar.

Mientras algunos jóvenes envejecieron prematuramente defendiendo a sus patrones, este disruptivo sesentón seguirá chiflando iguana.

Los años pesan.

Pero pesa mucho más no haber vivido.