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Crónica

El papá de Villa Betel

Opinión Caribe

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Cientos de niños a quienes les cambió la vida

En los alrededores de la línea férrea en el barrio Villa Betel, la pobreza es desoladora, familias numerosas con un sinfín de necesidades para las cuales Orlando Zabaraín hace diez años se ha convertido en la figura paterna de cientos de niños. La Fundación San Vicente de Paul es su medio para brindarles un estilo de vida diferente, no les falta su almuerzo diario o una semana en la que no reciban catequesis, actividades lúdicas, sumadas a esta formación, el amor, amor de padre.

Por Fanny Medina Ariza

Un lugar, quizás olvidado por el resto del mundo, en el que las oportunidades a simple vista son inexistentes, fue la inspiración que tuvo Orlando Zabaraín para materializar el llamado que sintió en su corazón que Dios le estaba haciendo, trabajar por los pobres. Desde entonces, se convirtió en el papá de los niños del sector de Villa Betel, en las afueras de Gaira.

Con gran satisfacción en su corazón, cuenta que jamás había planeado a lo que hoy se ha dedicado, a la Fundación San Vicente de Paul, que le brinda almuerzos a los niños que viven en ese barrio. “Yo esto no lo tenía planeado jamás, fue obra de Papá Dios. Mi proyecto de jubilación era dormir hasta tarde, porque me encanta hacerlo, bañarme en el mar, porque vivo al pie de él, desayunar con mojarra frita y bollo limpio, y nada de eso he podido hacer. Él me dijo, ve a trabajar con mis pobres, sentí en el corazón el llamado del Señor y a la semana ya estaba jubilado”.

Orlando Zabaraín pasó de ser gerente del Banco de la República por 25 años a dirigir la biblioteca del mismo, en el que los números y la plata dejaron de ser la preocupación para preservar el estado de los libros o evitar su hurto, “estaba muy cómodo, muy tranquilo, decía que podía durar 15 años más ahí y retirarme con pensión completa”. Con lo que no contaba Zabaraín era encontrarse un día recorriendo la línea férrea y el panorama que le cambiaría sus planes de jubilarse, ahí encontró el camino para materializar lo que estaba sintiendo en su corazón.

Ante sus ojos había cuatro niños en calzoncillos, con los pies descalzos- mohosos de la tierra-, con el cabello casi blanco por la despigmentación; se impresionó de ver tantas casas ‘apiñadas’.

A varios metros de su camino decidió saludar en una de ellas, le contó a la señora que salió a recibirlo lo que estaba pensando hacer y fue ahí cuando se ratificó aún más en su intención. Empezó con una pequeña cocina, fue creciendo y hoy la Fundación tiene un amplio comedor y varios salones para las actividades recreativas de las cuales se benefician 100 niños.

En la actualidad, hay solo esa cantidad, pero la Fundación San Vicente de Paul ha llegado a albergar 500 infantes. Con la asignación de las casas de interés social en ‘Ciudad Equidad’ cientos de ellos migraron con sus familias a sus nuevos hogares. En la medida que llegaron los actuales habitantes a las casas que nunca tumbaron alrededor de la línea férrea, se armó un nuevo grupo a la espera de la ayuda que les brinda Orlando Zabaraín.

“El año pasado no íbamos a seguir por sustracción de materia y a finales de enero Edith, que es la dueña del terreno, me llamó a decirme ‘profe’ aquí hay una cantidad de niños que pregunta cuándo les va a dar el almuerzo, le dije, cuántos eran, me contestó, son como 100 y yo ¡ah bueno!, para mí eran poquitos, pero acepté. Estaba acostumbrado de 200 a 550 ‘pelaos’ que había en Navidad, había todos los que te puedas imaginar”, relata este hombre de corazón noble, que en cada palabra deja ver el profundo cariño que le tiene a esta comunidad infantil.

Edith es la cocinera, la mujer que ha hecho posible que a la hora que cada niño llegue encuentre su plato de comida, que haya una infraestructura especial y dedicada a ellos. Hace nueve años acompaña la labor de Zabaraín. “Los niños, mis hijos, y mis nietos son mi inspiración. Perdí a mi esposo hace casi ocho años, después de eso duré tres meses encerrada en mi cuarto, decía “yo no me levanto de estas, me voy detrás de él”, pero aquí estoy para la gloria de Dios, agarrada de su brazo poderoso estoy echando para adelante con estos niños”, relata Edith, pieza clave en esta cadena de felicidad.

En las cuatro paredes de la cocina donde hace maravillas y aporta su grano de arena para transformar la vida de los niños de Villa Betel asegura, que cuando es un día festivo y no hay almuerzo, siente tristeza cuando llegan los niños diciéndole “¡abuela, seño! ¿no hay almuerzo?” y ella les responde,“¡mijito, hoy es feriado!”, me da tristeza, quisiera que no hubiera feriados para seguir trabajando, porque eso es lo que me motiva a seguir ayudando a esos niños”.

Desde que inició la conversación no hubo un niño que al llegar no se le acercara, lo abrazara con cariño y él con un beso y abrazo lo bendijera. Uno de esos niños es al que él llama ‘Monaco’, lo saluda “¡Hola Mónaco!, ¿cómo estás?, saluda a la ‘seño y al profe”. Agrega, que “Luís, el ‘Monaco, el hombre firme’, era muy rabioso, cuando le daba rabia se quitaba la camisa, tenía como 4 años y si alguien le tocaba el pie y lo mordía, era atroz”, nos refiere entre risas.

Los cambios que ha generado en esta comunidad son admirables, entre ellos, la educación, la devoción, la mejora del carácter y el vocabulario, todos han pasado por la Fundación de Zabaraín. Les ha enseñado a los niños a que saluden a los hombres como ‘profe’ y a las mujeres como ‘seño’, a que den gracias a Dios antes de comer y a no decir palabras soeces. “Eran salvajes, lo único que recibían en sus hogares era maltrato intrafamiliar”, explica el padre putativo que se han ganado los habitantes de este sector.

Tiene una comunidad de monjas entre sus colaboradores, las ‘Hijas del Fiat’ quienes le ayudan con la formación de los niños en catequesis, a quienes él les ha inculcado que hagan un equilibrio entre amor y disciplina para que las respeten, tal cual como hace un padre que educa a sus hijos, con amor y carácter en busca de lo mejor para ellos.

Hace unos años las niñas mayores promovían el irrespeto hacia las monjas y se estaba tergiversando el fin de su presencia en la Fundación. Para ‘el papá de Villa Betel’ es un acto de heroísmo que a mediodía estas mujeres con el sol que cae a plomo, caminen por la línea férrea, preparadas para la travesía y con el objetivo de producir cambios positivos entre los niños.

Zabaraín recuerda orgulloso y afirma con voz suave, que con los que habitaban el sector ya tenía un grupo consolidado, educado, que los describe como ‘ángeles’. Llama la atención que en ese momento llega un niño al comedor, quien observa una imagen de San Vicente de Paul que está a un lado de la pared, de pie, hace su oración de agradecimiento por los alimentos y a la espera de que ‘la seño Edith’ le sirva.

Este samario lleno de amor por sus hijos manifiesta, que todo se lo hace Dios, a quien le pide que toque corazones. Como un regalo divino le han llegado personas para acompañar su labor, asegura que no las conoce, pero, que, desde hace años, de manera puntual, entregan su aporte de alimentos para que el comedor funcione todos los días como un reloj.

Es tanto lo que llega a manos de Zabaraín, que años atrás, aun cuando tenía a su cargo más niños que hoy, la comida sobraba y salía a regalarla a diferentes lugares donde él sabía que podía ser útil. Con las ayudas que le llegan para la Fundación San Vicente de Paul logra cubrir el comedor en un 100 porciento. Ha sido tan completa la alimentación que todos los niños han logrado salir de la etapa de desnutrición en la que él los encontró. “No se ha encontrado un niño enfermo, se han hecho cuatro brigadas de salud y solo han hallado un menor que por un oído no escuchaba”, comenta gozoso por los resultados que da la Fundación.

Caminando por las casas detrás de la Fundación nos encontramos a dos jovencitas, que crecieron desde los 8 años de la mano de Zabaraín y el comedor. Se levantaron de la silla, lo saludaron “¡profe!” y luego de un abrazo, le confesaron que ya no van a la hora del almuerzo porque les da pena. Hoy tienen 18 años, aunque no llegan a buscar la comida por las tardes van a las oraciones con las monjas.

Estas dos jovencitas son algunas de las que este papá logró concienciarlas de que debían evitar un embarazo a temprana edad. Las madres, que en su mayoría son madres solteras, al verlo le sonríen con gran cariño, como agradeciéndoles lo que hace cada día por sus hijos. Con ellas, en su momento, hacía trabajo psicológico, porque las encontró llena de amargura y rencor que era lo que les transmitían a los niños.

Un padre, eso ha sido Orlando Zabaraín ‘el profe’ para los niños que viven y han vivido en Villa Betel, un hombre del que brota amor y dedicación por ellos; son pocos los hombres que con valentía y paciencia dedican su vejez a una población vulnerable.

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