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Columnistas

El Colombiano y el culto a la dominación

Opinión Caribe

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Por: Rosa Daza

 

“El ejercicio de la dominación se orienta por lo que, de acuerdo con la costumbre, está permitido al señor (y a su cuadro administrativo) frente a la obediencia tradicional de los súbditos, de modo que no provoque su resistencia”. M. Weber.

En estos días que empiezan a ser muy movidos por cuenta de la contienda política y las elecciones presidenciales que se avecinan, después de escuchar a varios de sus posibles candidatos, analizaba cómo nuestro país ha sido, en términos generales, representado por gobiernos tradicionales, con dirigentes de clases altas y/o empresariales que abogen por preservar el status quo o intenten de manera paulatina transformar las directrices del Estado.
Lo anterior evidencia cuán importante es para el colombiano, inclusive el de “a pie” (ese que nunca almorzará en los sitios que frecuenta su candidato y probablemente no compartirá un solo cumpleaños de sus hijos con él) poder contar con un patrono, con alguien que en la escala social pueda darle un impulsito, una ayuda, un padrinazgo. Son los partidarios del mismo orden político la consecuencia directa de esta necesidad/expectativa social colombiana.

Tenemos un pasado colectivo muy ligado al patronazgo, al clientelismo, a la costumbre arraigada de señores feudales que nos someten, que nos controlan, que nos dominan y que terminan por encausar nuestros futuros.
Este país no es libre, nunca lo fue, y pienso que es también nuestra responsabilidad.
Cada vez que acercamos la cara hasta el suelo por acompañar a personajes reconocidos socialmente como “prestantes ” o “de élite” retrocedemos a un país dominado por pocos, cada vez que seguimos a un político por la posibilidad de ayudarnos a salir adelante con un contrato o prebenda, estamos atándonos a ese pasado que nos condena. Fuimos caldo de cultivo de poderosos terratenientes y jefes de la droga por esta misma razón, tuvimos que adoptar patronos guerrilleros y luego patronos paramilitares, entre otras razones, porque cualquiera que nos pueda alinear el camino se merece no admiradores sino vasallos.

Ese que tenga el poder de acumular vasallos será nuestro líder, un asunto complejo teniendo en cuenta que ese líder siempre tendrá sus propios intereses y sus expectativas individuales… después del capitalismo el retorno al estado feudal es técnicamente imposible, y ahí surgen los problemas, cuando el político después de obtener tu voto desaparece, o el prestante termina aprovechándose de tu colaboración infinita y abandona tu compañía fiel por cualquier otro que le represente un interés de cualquier tipo.

Lo que es peor, también debemos lidiar con la sub-elite de los “funcionarios públicos” a quienes hay que sonreírles aunque no te miren a la cara, a quienes hay que vanagloriar para por lo menos lograr obtener una amena conversación, pese a reconocer en ellos poco y nada de jerarquía, sabiduría o inteligencia.
Esa es la “raza” de “líderes” que más me cuesta entender, teniendo en cuenta que entregan su puesto de trabajo y toman el bus como todos los mortales, pagan con sacrificio sus deudas como cualquiera, pero a la mañana siguiente y durante toda su jornada laboral se convierten en los patronos, en Lord Fiscal o Sir Secretario de Despacho, y aunque todo mi análisis pueda resultar gracioso de contar, esta realidad golpea a todo el que, a punta de amargas experiencias, ha tenido que padecer nuestro culturalismo pobre de verdadera libertad.

El afamado profesor colombiano Nestor Miranda Otaneda, autor de la obra “clientelismo y dominio de clase” (1997), en este sentido advertía: “del mismo modo que la capacidad para instrumentalizar personas depende del potencial que se tenga, así la disposición o disponibilidades para ser instrumentalizado, depende no solamente de la privación real del poder sino fundamentalmente del grado de conciencia de clase, en el sentido de la capacidad para discernir a favor de qué clase se está entrando en el juego”.

Pensamos en maquinarias, en burocracias, las rechazamos públicamente y las representamos como la fuente de la corrupción, esa cúpula de delincuentes de cuello blanco que nos han hecho tanto daño a nivel social, económico, político, entre otras esferas, pero ellos no llegaron solos, ellos no robaron solos, me atrevo a decir inclusive que, laten por nuestra cuenta, somos los directos responsables de las malas decisiones que nos trajeron hasta acá.

Esperanzada seguiré confiando en qué algún día nos llegue el periodo de la libertad, ojalá de todos, ojalá la de verdad.