Editorial & Columnas
Discutir: El arte de cuidar del otro
Por: Gerardo Angulo Cuentas
La reciente disputa pública entre Elon Musk y Donald Trump es apenas una muestra de cómo el debate ha sido reemplazado por el espectáculo, donde el desacuerdo se convierte en ataque personal y cada opinión se lanza como un misil mediático. No se trata de callar lo que pensamos ni de evitar el conflicto, sino de cultivar una forma de diálogo donde convencer no signifique imponer ni controvertir sea sinónimo de ofender.
Aprendí esto, no en una clase ni leyendo un libro, sino en una organización filantrópica donde nadie recibe salario, donde nadie está obligado a quedarse, y donde, sin embargo, todos trabajan con una pasión sorprendente. En esos espacios, las personas no responden al miedo al despido ni a incentivos económicos: responden a las ideas, a la claridad de propósito y, sobre todo, al respeto.
En una ocasión, surgió un desacuerdo fuerte sobre cómo organizar una actividad. La tensión era evidente. Pero uno de los presentes —con unas cuantas canas de más— no alzó la voz ni impuso su experiencia. Hizo preguntas, pidió opiniones, escuchó. Y poco a poco, los ánimos se transformaron. Aquel que iba a retirarse molesto, terminó participando con entusiasmo. Lo que vi en ese momento me recordó al Sócrates que interrogaba sin buscar vencer, sino despertar al otro. Aquel hermano mayor, sin decirlo, practicaba una mayéutica silenciosa: confiaba más en el proceso del diálogo que en el peso de su autoridad.
Fue entonces cuando comprendí que no basta con tener razón. En contextos donde no se puede sancionar ni recompensar, el liderazgo transaccional —basado en premios y castigos— pierde eficacia. Es en esos escenarios donde emergen con fuerza otros estilos: el liderazgo inspirador —que moviliza desde el ejemplo— y el liderazgo transformacional —que convoca desde una visión colectiva y desde valores compartidos—. Ambos tienen un común denominador: el respeto profundo por la libertad del otro.
Socráticamente hablando, discutir no debería ser una guerra de argumentos, sino una búsqueda conjunta de la verdad. Sócrates no pretendía imponer su visión, sino ayudar al otro a parir sus propias ideas, provocando una reflexión que nacía del diálogo y no del sometimiento. ¿No deberíamos aspirar a ese tipo de conversaciones, sobre todo cuando estamos en desacuerdo?
En muchas tribunas universitarias, sin embargo, vemos lo contrario: estudiantes que debaten solo para ganar, docentes que sienten que ceder en una discusión es perder autoridad. Y ni hablar de las redes sociales, donde muchas veces la discusión es solo un campo de batalla para ver quién grita más fuerte o lanza el meme más hiriente. Discutimos para imponernos, no para aprender.
Pero el verdadero aprendizaje en la discusión aparece cuando aceptamos algo esencial: que podemos estar equivocados. Que el otro, incluso si no estamos de acuerdo, puede tener una parte de la verdad. Que nuestras ideas también merecen ser cuestionadas. Y que ese cuestionamiento, lejos de debilitarnos, nos fortalece.
Pensando en cómo nos comportamos al discutir, podríamos identificar al menos cuatro estilos: Está el que impone, que no escucha ni concede. El que evade, que teme al conflicto y prefiere callar. El que adula, que solo busca aprobación. Pero también está el que escucha activamente, que reconoce en el otro un interlocutor valioso, incluso si disiente profundamente. Ese es el estilo que deberíamos cultivar si queremos aprender en las discusiones y no simplemente salir de ellas con el ego intacto.
Convencer sin imponer es un acto de humildad. Es reconocer que la fuerza de un argumento no radica en cuánto se repite, sino en cuánto resuena con la experiencia y la razón del otro. Controvertir sin ofender es un acto de empatía: entender que cuestionar una idea no equivale a atacar a la persona que la sostiene.
Tal vez lo más difícil en todo esto sea abandonar la necesidad de “ganar” cada discusión. Porque cuando alguien cambia de opinión no lo hace porque perdió, sino porque encontró algo que le hizo sentido. Y cuando somos nosotros quienes cambiamos, deberíamos celebrarlo como una forma superior de victoria: la victoria del aprendizaje.
Discutir bien es, en el fondo, una forma de cuidar al otro. Una forma de decir: “te respeto lo suficiente como para escucharte con atención, y confío lo suficiente en mis ideas como para exponerlas sin violencia”. En un mundo que necesita más puentes y menos muros, tal vez la discusión respetuosa sea uno de los artes más urgentes que debamos aprender y enseñar.
¿Y si nuestras mejores ideas no nacen del consenso ni del conflicto, sino del respeto profundo al otro mientras pensamos juntos? ¿Tu que dices? ¿Estás de acuerdo?
