Connect with us

Editorial & Columnas

Santa Marta: 500 años

Published

on

Por: Enrique Parejo González

Santa Marta merece una suerte mejor. Merece gobernantes que la honren, que la protejan y la proyecten hacia el futuro con visión y compromiso. Merece políticas públicas que respeten su historia y su riqueza cultural, que fortalezcan el turismo sin depredar sus recursos naturales, que integren a los pueblos indígenas en la toma de decisiones y que garanticen oportunidades para todos sus habitantes.

Santa Marta celebra quinientos años de historia con la paciencia serena de quien ha visto nacer y morir imperios. Medio milenio de historia, encuentros y desencuentros, de resistencia y asimilación, de mezclas que dieron forma a una región rica en cultura y tradiciones. Mucho antes de que Rodrigo de Bastidas pusiera pie en estas tierras en 1525, la Sierra Nevada de Santa Marta y sus alrededores eran el hogar de sociedades vibrantes, con conocimientos profundos sobre la naturaleza y el cosmos.

Antes de la llegada de los colonizadores, el Caribe colombiano estaba habitado por diversas tribus que mantenían relaciones complejas entre sí. En la región del Magdalena, los taironas fueron los más influyentes, construyendo ciudades de piedra en las faldas de la Sierra Nevada y desarrollando avanzadas técnicas de agricultura, alfarería y orfebrería. Su conocimiento del entorno les permitió convivir en armonía con la naturaleza, desarrollando una medicina ancestral basada en plantas medicinales, rituales y el equilibrio espiritual.

Los koguis, arhuacos, wiwas y kankuamos, descendientes directos de los taironas, han conservado hasta hoy muchas de esas prácticas. Para ellos, la Sierra Nevada es el “Corazón del mundo”, un lugar sagrado cuyo bienestar refleja el de toda la humanidad. Sus conocimientos sobre la biodiversidad y el manejo sostenible de la tierra han sido objeto de estudio y admiración a nivel mundial. La medicina ancestral de estas comunidades no solo sanaba el cuerpo, sino que también restauraba el equilibrio entre el individuo y su entorno, un concepto que la contemporaneidad ha comenzado a redescubrir.

La Conquista fue un duelo de resistencia y resignación. Con la llegada de los españoles, la región entró en un periodo de profundas transformaciones; la colonización trajo consigo la violencia del sometimiento, pero también el intercambio de saberes y costumbres que, con el tiempo, daría lugar a una identidad mestiza. No todas las tribus reaccionaron de la misma manera. Mientras que los taironas resistieron ferozmente y fueron perseguidos hasta el borde de la desaparición, otras comunidades buscaron alianzas con los europeos o con los realistas durante la independencia, esperando proteger sus tierras y formas de vida.

La llegada de africanos esclavizados a Santa Marta agregó una nueva capa a la identidad regional. Su música, religiones, formas de cultivo y cocina enriquecieron el mosaico cultural. Aunque sometidos a una cruel esclavitud, los africanos también resistieron, escapando a los palenques y formando comunidades cimarronas que desafiaron el orden colonial.

Las interacciones entre estos grupos no siempre fueron armónicas, pero con el tiempo se tejieron lazos que definieron la identidad de Santa Marta. En el sincretismo religioso, en la gastronomía, en la forma de hablar, en los ritmos musicales y en las celebraciones populares, se percibe la riqueza de esas mezclas.

Santa Marta ha sido testigo de la historia de Colombia desde su nacimiento. Fue refugio de Simón Bolívar en sus últimos días, fue escenario de conflictos políticos y, más recientemente, ha sufrido las heridas del abandono estatal, la corrupción y la violencia. A finales de la década de los 60, trabajé como Director Regional del SENA en el Magdalena. Gran parte de mi familia había emigrado a Barranquilla, así que era natural para mí hacer con frecuencia ese viaje por carretera entre Santa Marta y esa ciudad. Uno de los recuerdos más vívidos entre mis hijos y mi señora es aquel en el que, durante el trayecto, recitaba de memoria El sueño de las escalinatas, de Jorge Zalamea, mientras por las ventanas se desplegaba ante nosotros la descomposición social y el abandono, sin fronteras visibles entre las dos regiones. Hoy, medio siglo después, he olvidado gran parte —si no todo— del poema, pero no el sentimiento ni las ideas que lo animaban, cuya inspiración resonó profundamente con mi carrera política. Hoy, Santa Marta sigue en pie con su belleza natural casi intacta a pesar de nuestro desgaste, con un pueblo resiliente y una cultura viva que se resiste a desaparecer.

Santa Marta ha sido testigo de la historia de Colombia desde su nacimiento. Fue refugio de Simón Bolívar en sus últimos días, fue escenario de conflictos políticos y, más recientemente, ha sufrido las heridas del abandono estatal, la corrupción y la violencia.

Santa Marta merece una suerte mejor. Merece gobernantes que la honren, que la protejan y la proyecten hacia el futuro con visión y compromiso. Merece políticas públicas que respeten su historia y su riqueza cultural, que fortalezcan el turismo sin depredar sus recursos naturales, que integren a los pueblos indígenas en la toma de decisiones y que garanticen oportunidades para todos sus habitantes.

El reto es grande, pero también lo es la posibilidad de transmutación. Así como los taironas supieron adaptarse a la Sierra sin destruirla, así como los descendientes de africanos supieron resistir y transformar su realidad con su arte y su presencia, así como los samarios han sabido mantener viva su ciudad por quinientos años, también hoy es posible construir un nuevo destino.

Este aniversario es una oportunidad para reconciliar antagonismos, para superar divisiones y trabajar por el bien común. Que Santa Marta no sea un botín de disputas políticas, sino un espacio de encuentro y de construcción colectiva. Que sus líderes recuerden que la historia los juzgará no por sus discursos, sino por sus acciones. Que su pueblo mantenga viva la esperanza, porque en su diversidad y riqueza cultural está la clave de su futuro.

Santa Marta, a sus 500 años, sigue siendo una joya del Caribe, un crisol de culturas, un testimonio viviente de la historia. Hoy, más que nunca, merece una nueva oportunidad, una nueva historia que honre su pasado y la proyecte hacia un futuro digno, justo y próspero.