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Editorial & Columnas

Feminismo selectivo y silencios cómplices

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Por: Edgar Jafet Hernández

Hay silencios que gritan. Y el de Fuerza Ciudadana frente a las denuncias de presunto acoso y abuso sexual que hoy rodean a su máximo líder es uno de ellos. Un silencio que no es prudencia, ni respeto por el debido proceso, sino una decisión política consciente: proteger el poder, aunque eso implique traicionar el discurso que durante años han usado como bandera moral.

Durante más de una década, Carlos Caicedo y su círculo cercano ncluido Rafael Martínez han construido una narrativa de superioridad ética. Se presentaron como los adalides de los derechos humanos, del feminismo, de la “nueva política” que venía a reemplazar las viejas prácticas machistas y clientelistas. Pero cuando las denuncias apuntan hacia adentro, ese relato se derrumba con estrépito.

Porque el feminismo que se activa solo cuando el acusado es el adversario, pero se apaga cuando el señalado es el jefe, no es feminismo: es oportunismo. Y el oportunismo, cuando se disfraza de causa social, se convierte en cinismo.

Las denuncias conocidas públicamente no son un chisme de pasillo ni una anécdota aislada. Son relatos reiterados, coincidentes, provenientes de mujeres que estuvieron en posiciones de subordinación laboral y política frente a un poder concentrado y vertical. Que hoy estén siendo investigadas por la Fiscalía y otras autoridades debería haber bastado para que Fuerza Ciudadana hiciera lo mínimo exigible a cualquier organización que se dice progresista: apartarse del líder señalado, exigir esclarecimiento y ponerse del lado de las víctimas. No lo hizo.

En lugar de eso, optaron por la estrategia más vieja y más ruin: desacreditar a las mujeres, hablar de conspiraciones, reducir denuncias graves a “montajes” políticos y cerrar filas como si se tratara de una guerra electoral y no de derechos fundamentales. El mensaje es brutalmente claro: las mujeres importan, pero solo cuando no incomodan al proyecto político.

La responsabilidad de Rafael Martínez y de la dirigencia que hoy pretende heredar el poder no es menor. Resulta inverosímil sostener que durante años no supieron nada, no vieron nada, no escucharon nada. Y si lo sabían y callaron, el silencio los convierte en cómplices. Si no lo sabían, entonces el liderazgo que dicen ejercer no pasa de ser una fachada.

Ambos escenarios son igualmente graves. En uno, hay encubrimiento. En el otro, hay una estructura de poder tan autoritaria y personalista que ni siquiera quienes dicen dirigirla tienen control real sobre ella. En cualquiera de los dos casos, el discurso ético de Fuerza Ciudadana queda moralmente liquidado.

No se puede marchar con pañuelos morados mientras se protege al presunto agresor. No se puede hablar de sororidad mientras se pone en duda la palabra de las mujeres. No se puede invocar el feminismo como herramienta de ataque político y negarlo como principio cuando toca asumir responsabilidades propias.

La historia política de Colombia ya está llena de líderes que usaron causas nobles para blindarse del escrutinio. Fuerza Ciudadana prometió ser distinta. Hoy, frente a esta crisis, está demostrando que no lo es.

Y quizá lo más grave no sea lo que hoy se investiga en los estrados judiciales, sino lo que ya quedó demostrado en el terreno ético: cuando el poder está en juego, el feminismo termina siendo un discurso desechable.