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500 AÑOS

Las casas coloniales: guardianas del tiempo

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En el centro histórico de Santa Marta, las casas coloniales no son solo muestras arquitectónicas, son guardianas silenciosas de una ciudad que ha resistido invasiones y olvidos, son relatos en piedra y madera de un pueblo marcado por la resistencia, el poder y la vida cotidiana. Reconocerlas es un deber con la historia, pero también con el futuro urbano que tenemos por construir.

Por: María M. Montenegro Rumbo

En el corazón de Santa Marta, donde el sol se posa sobre balcones de madera, el Centro Histórico se revela como un museo vivo. Fundada en 1525 por Rodrigo de Bastidas, esta ciudad no es solo la más antigua de Colombia, sino también una de las más resilientes: ha sido saqueada, reconstruida y celebrada, como si cada piedra supiera que su destino era resistir.

Catedral Basílica de Santa Marta: pilar urbano de cinco siglos

La Catedral no solo representa el corazón espiritual de Santa Marta; es también una pieza clave del rompecabezas urbano con el que se trazó la ciudad hace quinientos años. Su historia arranca en 1766, cuando se colocó la primera piedra de la actual edificación, luego de que templos anteriores fueran destruidos por piratas y terremotos. Treinta años después, en 1796, fue finalmente consagrada, convirtiéndose en la iglesia matriz de una ciudad que comenzaba a estructurarse conforme a las leyes hispánicas de fundación.

Ubicada en el eje central del antiguo damero colonial, la Catedral ordenó el espacio urbano en torno a sí, vinculando plaza, cabildo y fortificaciones. Su arquitectura de planta basilical, con tres naves, crucero y una cúpula visible desde diferentes puntos de la ciudad, definió un hito en la morfología samaria: servía de referencia visual y también funcional para la vida religiosa y civil. La construcción usó técnicas y materiales adaptados al trópico —como piedra coralina, ladrillo cocido y cal— que permitían soportar la humedad costera y las altas temperaturas.

Albergó durante doce años los restos mortales de Simón Bolívar, antes de su traslado definitivo a Caracas. Más adelante, en 1930, fue elevada a la categoría de Basílica por el Papa Pío XI, en reconocimiento a su valor litúrgico, histórico y fundacional. Su altar mayor, elaborado en mármol blanco, guarda la imagen de Santa Marta, patrona de la ciudad, enviada desde Europa por orden del rey Carlos V, otro gesto que evidencia el vínculo entre la ciudad y la monarquía hispánica.

Desde 1953, el templo resguarda también los restos de Rodrigo de Bastidas, fundador de la ciudad, repatriados desde Santo Domingo. Así, la Catedral funge como mausoleo simbólico de los orígenes de Santa Marta. No es solo un lugar de fe, sino también un archivo material del pasado samario, donde confluyen poder civil, espiritualidad y memoria.

En 2021, en el marco de los preparativos para el quinto centenario de la ciudad, fue declarada Bien de Interés Cultural del Ámbito Nacional. Hoy, su presencia no se limita al turismo o a la religiosidad: es un marcador urbano que sigue articulando el Centro Histórico. Su plaza acoge manifestaciones sociales, actos cívicos y encuentros cotidianos, lo que demuestra que, pese al paso de los siglos, la Catedral sigue cumpliendo su misión: congregar.

La Casa de la Aduana: corazón histórico de la ciudad de los 500 años

La Casa de la Aduana, construida en 1730 por los hermanos Domingo y Nicolás Jimeno, ocupa un lugar privilegiado en el paisaje urbano de Santa Marta. Erigida en el corazón del Centro Histórico, su volumetría de dos plantas y la antigua torre de observación marcaron una diferencia en la escala edilicia de la época, permitiendo a los comerciantes vigilar desde lo alto la entrada de embarcaciones al puerto. Desde entonces, la arquitectura del inmueble no solo ofrecía abrigo, sino también estrategia y poder.

Fue epicentro de tertulias políticas, fiestas privadas y negociaciones entre familias influyentes. En 1819, en pleno contexto de ruptura con la Corona, el edificio adquirió un nuevo carácter institucional al ser convertido en sede de la oficina de Aduanas del puerto, función que terminaría por darle su nombre definitivo. Desde allí se gestionaban las dinámicas comerciales que entrelazaban a Santa Marta con el Caribe y con Europa.

Su momento más solemne llegó en diciembre de 1830, cuando Simón Bolívar, gravemente enfermo, fue alojado en esta casa antes de ser trasladado a la Quinta de San Pedro Alejandrino. Tras su muerte, su cuerpo fue velado allí, dando al inmueble una dimensión funeraria y simbólica que aún perdura. Ese episodio convirtió a la Casa de la Aduana en un hito dentro del relato republicano de la ciudad.

A lo largo del tiempo, ha adoptado múltiples identidades: Palacio Verde, Castillo de San Lázaro, Casa del Consulado, Comisariato de la United Fruit Company, Hotel Colonial y, desde 1979, sede del Museo del Oro Tairona. Cada nombre encierra un capítulo de la transformación urbana y social de Santa Marta: desde la economía de enclave bananero hasta la memoria arqueológica y la valorización patrimonial. Hoy, su fachada de balcones en madera, su estructura de muros anchos y su ubicación estratégica frente a la plaza de Bolívar, la convierten en un nodo urbano activo, donde historia, arquitectura y ciudadanía se encuentran a diario.

Claustro San Juan Nepomuceno: piedra angular del saber y la cultura

En el entramado colonial de Santa Marta, el Claustro San Juan Nepomuceno permanece como uno de los complejos arquitectónicos más antiguos y significativos. Su construcción se extendió por un siglo, entre 1673 y 1773, proyectado originalmente como sede del Real Seminario Conciliar. Con muros robustos, corredores amplios y patios interiores diseñados para el clima tropical, este edificio fue pensado desde su origen como un lugar de contemplación, estudio y formación clerical.

Inaugurado formalmente a comienzos del siglo XIX, el claustro no solo albergó generaciones de seminaristas, sino que pronto se convirtió en escenario de la vida civil e intelectual de la ciudad. En distintas etapas fue sede del Colegio Superior, del Palacio Episcopal, de la Gobernación del Magdalena y de la Casa de la Cultura. Así, su arquitectura no ha sido estática: ha evolucionado según las necesidades institucionales del entorno, sin perder su sobriedad estructural ni su vocación educativa.

En 1996, su valor patrimonial fue reconocido con la declaratoria como Bien de Interés Cultural de la Nación, sumándose al conjunto de edificaciones fundacionales que articulan el centro histórico samario. En 2003, fue entregado en comodato a la Universidad del Magdalena, que lo revitalizó como sede del Centro Cultural San Juan Nepomuceno. Desde entonces, ha sido resignificado como espacio de acceso público, articulando historia, arte y academia.

Hoy, sus galerías y salones exponen más de 180 obras entre fotografías, dibujos y pinturas, muchas de ellas realizadas por artistas samarios y magdalenenses. Más que un museo, el Claustro funciona como nodo cultural vivo, donde la arquitectura colonial convive con expresiones contemporáneas, manteniendo su rol protagónico en la memoria urbana y la proyección cultural de Santa Marta.

Antiguo Palacio Municipal de Santa Marta: el edificio que aún espera su lugar en la historia

Ubicado en uno de los vértices de la Plaza de Bolívar, el Antiguo Palacio Municipal de Santa Marta representa el tránsito de la ciudad hacia la modernidad republicana. Fue construido en 1914 por el arquitecto Francisco Gámez, bajo una lectura sobria del estilo neoclásico, con líneas simétricas, columnas decorativas y balcones de hierro forjado. Su fachada de tres niveles dialoga con la escala urbana del Centro Histórico, a la vez que introduce una estética institucional más racional y monumental, propia del siglo XX.

Inicialmente funcionó como sede de la Gobernación del Magdalena, en una época marcada por el deseo de proyectar una imagen renovada y centralizada del poder departamental. Décadas después, en 1975, el edificio fue cedido a la Alcaldía Distrital, convirtiéndose en el núcleo de la administración local. En sus pasillos deliberaron concejales, se firmaron acuerdos clave y se tomaron decisiones que configuraron el desarrollo urbano de Santa Marta durante buena parte del siglo pasado.

Su localización estratégica, frente a la plaza mayor, le otorgó una función simbólica adicional: ser punto de encuentro para la ciudadanía. Allí se celebraron proclamaciones oficiales, protestas sociales, actos conmemorativos y recepciones protocolares. Su arquitectura, pensada para destacar sin imponerse, hizo del edificio una referencia permanente en el imaginario cívico de la ciudad.

Madame Agustín: la casona que resiste al olvido

Enclavada en el tradicional callejón de Pedro Sales, la Casa Madame Agustín forma parte del entramado patrimonial más íntimo del Centro Histórico samario. Construida en el siglo XVIII, esta casona de dos plantas, balcones de madera y cubiertas inclinadas fue originalmente una residencia familiar. Su arquitectura, sobria y adaptada al clima caribeño, expresa los rasgos esenciales de la vivienda colonial: techos altos para permitir ventilación, muros anchos en tapia pisada y amplios corredores interiores que conectaban los espacios comunes.

Su nombre proviene de Madame Agustín, una mujer francesa que habitó la casa y cuya vida quedó envuelta en relatos locales de la época. La tradición oral sostiene que sostuvo una relación con el médico Alejandro Próspero Reverend, quien asistió a Simón Bolívar en sus últimos días en la Quinta de San Pedro Alejandrino. Aunque los registros son escasos, el mito ha convertido a esta vivienda en uno de los rincones más enigmáticos y románticos de la ciudad.

Durante el siglo XX, la casona pasó de la esfera privada a la institucional. Fue sede de varias dependencias del gobierno distrital, entre ellas la Secretaría de Planeación y la desaparecida empresa de turismo Etursa. Su uso público le permitió mantenerse activa durante varias décadas, articulando funciones administrativas con el tejido urbano circundante.

Sin embargo, hoy la Casa Madame Agustín enfrenta un proceso de deterioro avanzado. Permanecen selladas sus puertas y destruidos los balcones que una vez miraron al callejón. Las ventanas rotas y la ocupación informal son señales de una pérdida silenciosa que compromete tanto el valor arquitectónico como el carácter simbólico de este bien patrimonial. Recuperarla sería devolverle a Santa Marta no solo un espacio construido, sino también una parte de su memoria afectiva, urbana y ciudadana.

La Casa de los Virreyes: 500 años de una historia sin voz

En el corazón del Centro Histórico, la Casa de los Virreyes permanece como uno de los testigos más discretos pero significativos del pasado virreinal de Santa Marta. Aunque poco visible en los recorridos turísticos tradicionales, esta edificación del siglo XVIII desempeñó un papel esencial en la dinámica de poder y representación de la ciudad durante la colonia.

Su propietario original, Francisco Xavier de Ainzuriza, fue tesorero de las arcas reales durante el reinado de Carlos III de España. Gracias a su cercanía con el puerto y a su estructura espaciosa, la casa se convirtió en el lugar de hospedaje oficial para los virreyes y altos funcionarios que arribaban a la ciudad por mar, en su paso hacia otros destinos del virreinato. De ahí su nombre y su valor simbólico como umbral ceremonial de la autoridad imperial.

Con una arquitectura sobria, marcada por terrazas con barandas de madera, amplios corredores y muros en tapia, la casa respondía al modelo típico de residencia señorial caribeña. Más que un refugio, era un espacio de representación y diplomacia, escenario de encuentros estratégicos, deliberaciones políticas y transiciones de mando. Sus muros acogieron el tránsito de figuras clave en la administración colonial y en la consolidación de Santa Marta como plaza portuaria de relevancia regional.

En el siglo XX, la casona también fue habitada por José “Pepe” Alzamora, impulsor de la Fiesta del Mar, quien aportó desde allí a la construcción de una nueva identidad cultural para la ciudad. Aunque actualmente no está abierta al público, su fachada sigue llamando la atención de quienes recorren las calles empedradas que conectan los hitos patrimoniales de la ciudad.

Declarada patrimonio arquitectónico de Santa Marta, la Casa de los Virreyes conserva el potencial de convertirse en punto clave de las rutas históricas y educativas del centro. Su bajo perfil actual refleja una deuda simbólica con la memoria urbana. Recuperar su valor narrativo sería reconocer su rol como espacio de tránsito entre dos tiempos: el de la autoridad imperial y el de las transformaciones culturales del siglo XX.

Hoy, a medio milenio de su fundación, Santa Marta está llamada no solo a celebrar, sino a cuidar aquello que le da sentido: sus espacios de memoria. Las casas coloniales no son ruinas ni adornos del pasado; son cuerpos vivos de la ciudad, testigos de decisiones, resistencias, amores y silencios. Restaurarlas, habitarlas y contarlas es un acto de gratitud con quienes las levantaron y de responsabilidad con quienes las heredarán. Porque solo una ciudad que respeta su historia puede construir un futuro con dignidad.