Editorial & Columnas
Santa Marta: el año en que la política debe parecerse a la ciudad
Por: Ives Danilo Diaz Mena
En Santa Marta la política siempre llega antes que las soluciones. Primero aparecen los discursos, luego las vallas, después los abrazos de ocasión y, al final, si queda tiempo, las obras. Así hemos aprendido a convivir con un calendario invertido donde la campaña precede al gobierno y la planeación termina siendo un accesorio.
El 2026 no es un año cualquiera. Es antesala electoral y, como advertía Giovanni Sartori (2012), cuando la política se reduce a marketing, la democracia se transforma en espectáculo. Y Santa Marta no necesita más shows: necesita decisiones.
La ciudad vive una paradoja incómoda. Somos potencia turística, pero con barrios sin agua constante. Vendemos paisaje, pero escondemos desigualdad. Promocionamos desarrollo, mientras la informalidad laboral se vuelve regla y no excepción. No es falta de talento; es déficit de rumbo.
En el fondo, el problema no es presupuestal, es institucional. Douglas North (1990) explicaba que el desarrollo depende de reglas claras y de incentivos que premien el bien hacer público. Cuando esos incentivos se distorsionan, la política deja de resolver y empieza a administrar crisis.
Por eso este año debería ser de menos tarima y más escritorio. Menos selfie y más planificación. Menos eslogan y más política pública. Santa Marta no aguanta otra temporada de promesas sin ingeniería social detrás.
Aquí entra una discusión que pocos quieren dar: el rol del ciudadano. Seguimos votando emocionalmente y reclamando técnicamente. Pedimos obras, pero elegimos símbolos. Queremos resultados, pero premiamos discursos. Hannah Arendt (1958) ya advertía que la acción política exige responsabilidad colectiva, no solo delegación ciega.
Santa Marta necesita que la política se parezca más a la ciudad real: diversa, compleja, exigente. No a la ciudad maquillada para campaña.
El 2026 puede ser el año donde entendamos que gobernar no es administrar aplausos, sino conflictos. Que liderar no es hablar más duro, sino decidir mejor. Y que amar esta tierra no es repetir su belleza, sino corregir sus fallas.
Aquí no se trata de estar a favor o en contra de alguien. Se trata de estar a favor de Santa Marta.
Y eso, créanme, es mucho más exigente.
