Editorial & Columnas
Slow University: la universidad no nació para correr
Por: Gerardo Angulo Cuentas
Esta semana vi una escena que ya se volvió normal: un estudiante caminaba por el campus, el teléfono en la mano izquierda y una empanada en la mano derecha, con audífonos puestos, masticaba rabiosamente la empanada mientras revisaba una tarea y respondía con mensajes de voz. Todo al mismo tiempo. Todo urgente. No estaba estudiando: estaba sobreviviendo. Y algo parecido nos pasa a las universidades. Corremos detrás de convocatorias, de indicadores, de rankings, de publicar más rápido que el vecino. Vivimos llenando formularios, subiendo evidencias y persiguiendo métricas como si el conocimiento fuera una línea de ensamblaje. En esa carrera olvidamos lo más obvio: la universidad no nació para correr, nació para pensar.
Hace años el movimiento Slow Food propuso algo casi subversivo: comer despacio, recuperar el sabor y la conversación, entender la comida como cultura y no como trámite. Comer sin afán como acto de dignidad. Cada vez estoy más convencido de que necesitamos la misma filosofía en la educación: una Slow University. Porque el conocimiento no es comida rápida. No se cocina en microondas.
El psicólogo Daniel Kahneman, en Pensar rápido, pensar despacio, explica que operamos con dos modos mentales: uno rápido, automático y reactivo, y otro lento, reflexivo y analítico. El primero sirve para contestar correos y apagar incendios; el segundo, para comprender el mundo. Basta mirar nuestras agendas universitarias para saber cuál estamos cultivando. Plazos cortos, informes semanales, comités exprés, la consigna tácita de “publica o perece”. Nos volvimos expertos en diligenciar plataformas, pero cada vez menos hábiles para hacernos preguntas profundas.
Así terminamos produciendo más PDFs que ideas, más actas que conversaciones, más evidencias que sabiduría. Y, sin darnos cuenta, confundimos velocidad con excelencia. Pero nadie ha tenido una gran idea con afán. La ciencia no nace corriendo. La filosofía no nace corriendo. La innovación real tampoco. Nacen cuando alguien se detiene a observar, a conversar, a equivocarse sin reloj.
Los antiguos lo sabían mejor. En la Escuela Pitagórica, el aprendizaje incluía silencio, contemplación y diálogo pausado. Primero se formaba el carácter, luego la técnica. Hoy lo hacemos al revés: primero el formato y, si sobra tiempo, la reflexión. No se trata de renunciar a la tecnología —sería absurdo en plena era de la ciencia de datos e inteligencia artificial—, sino de usarla con conciencia y no como una cinta transportadora que nos obliga a producir sin pensar.
La prisa vuelve superficial todo lo que toca. El estudiante entrega más trabajos, pero entiende menos; el profesor publica más artículos, pero piensa menos; la institución reporta más métricas, pero transforma menos vidas. ¿De verdad eso es progreso? A veces confirmo esta sospecha en escenas pequeñas: una conversación larga después de clase, un café sin reloj, una caminata por el campus donde una pregunta inesperada desencadena una idea mejor que cualquier comité. Esos momentos no aparecen en los indicadores, pero ahí ocurre la educación de verdad.
En el Caribe lo intuimos desde siempre. El café se conversa. El sancocho se cocina a fuego lento. Las historias se cuentan sin mirar la hora. El mar no corre y, sin embargo, termina moldeando la piedra. Tal vez la universidad debería parecerse más a ese ritmo que a una autopista. Leer menos resúmenes y más libros completos, hacer menos tareas y mejores preguntas, reducir trámites y ampliar diálogos. Desacelerar para profundizar.
Ahora bien, que nadie malinterprete la idea. Esto no significa que las universidades deban vivir de espaldas al mercado, a las empresas o al empleo. Sería ingenuo y hasta irresponsable. La sociedad también necesita ingenieros que resuelvan problemas urgentes, investigadores que transfieran tecnología y programas que respondan con agilidad a las demandas productivas. Esa parte —y solo esa parte— debe pensar rápido, prototipar, iterar, conectar con empresas y atender lo inmediato. La universidad también tiene que ser útil.
Pero útil no es lo mismo que apresurada. Si toda la institución vive corriendo, nadie queda pensando. Y sin pensamiento profundo no hay estrategia, solo reacción. Sin reflexión no hay innovación, solo repetición. Tal vez el equilibrio sea ese: una universidad con dos ritmos. Un corazón lento que piensa y un músculo ágil que ejecuta.
Porque pensar despacio no es perder el tiempo. Es la única forma de producir ideas que valgan la pena. Y si algún día tenemos que elegir entre correr más rápido o pensar mejor, ojalá tengamos el coraje de hacer lo impopular: sentarnos, respirar y quedarnos un rato largo pensando.
¿Tú qué crees?
P.D. Si algún empresario quiere conversar sobre esto, feliz de tomarnos un café y hablar de slow business: cómo innovar mejor bajando la velocidad, cómo decidir con más criterio y menos ansiedad, cómo crecer sin quemar a la gente en el camino. A veces la verdadera ventaja competitiva no está en correr más… sino en pensar mejor.
