Editorial & Columnas
La oveja negra soy yo
Por: Gerardo Angulo Cuentas
gerardo@angulo.com.co
Recuerdo una reunión en la que, después de hacer una pregunta incómoda —pero necesaria—, el ambiente cambió por completo. No fue una pregunta agresiva, ni irrespetuosa. Fue una de esas preguntas que obligan a pensar: ¿por qué estamos haciendo esto así si sabemos que no está funcionando?
Nadie respondió.
Al final, alguien dijo: “ese tipo de intervenciones no ayudan”.
Ese día entendí que, en muchos espacios, pensar es un acto incómodo… y cuestionar, casi un acto de rebeldía.
Con el tiempo, uno empieza a notar un patrón. No importa si es en una organización pública, privada, académica o incluso social: hay estructuras que prefieren la estabilidad a la verdad. Y esa estabilidad, muchas veces, se sostiene sobre silencios compartidos, sobre acuerdos implícitos de no incomodar, de no mover demasiado las aguas.
Ahí es donde aparecemos algunos… los que preguntamos.
Y entonces llegan las etiquetas: “difícil”, “conflictivo”, “no alineado”, “persona no grata”… o la más simbólica de todas: la oveja negra.
Pero hay algo más profundo detrás de eso. Muchas de nuestras organizaciones —y, en general, muchos gobiernos y sistemas— fueron moldeados en contextos donde cuestionar el orden establecido era visto como subversión. Donde disentir no era un aporte, sino una amenaza. Donde la estabilidad del sistema era más importante que su mejora.
Ese ADN todavía está presente.
Por eso, cuando alguien no encaja del todo, cuando no repite el discurso dominante, cuando se atreve a preguntar lo evidente… el sistema reacciona. No siempre con argumentos, sino con mecanismos de exclusión sutiles: aislamiento, deslegitimación o, en el mejor de los casos, tolerancia incómoda.
Recuerdo otra situación. En un proyecto, señalé un riesgo que nadie quería ver. No porque no existiera, sino porque reconocerlo implicaba cambiar decisiones ya tomadas. La reacción fue inmediata: silencio, incomodidad y, después, una especie de acuerdo tácito de seguir adelante como si nada.
Meses después, el riesgo se materializó.
Nadie volvió sobre la conversación inicial.
Pero yo ya sabía lo que había pasado: no era un problema técnico, era un problema cultural.
Ser la oveja negra no siempre es una elección consciente. A veces es simplemente el resultado de no poder —o no querer— dejar de ver lo que otros prefieren ignorar.
Y aquí viene la parte incómoda: las organizaciones que más necesitan evolucionar son, muchas veces, las que menos toleran la disidencia. Porque cambiar implica reconocer errores, y reconocer errores implica incomodidad.
Entonces, la pregunta no es si hay ovejas negras.
La pregunta es: ¿qué tan enfermo está el rebaño que necesita expulsar a quien intenta mejorarlo?
Tal vez no se trate de encajar.
Tal vez se trate de entender que el papel de algunos no es sostener el sistema, sino tensionarlo.
Y si eso significa ser la oveja negra…
Entonces sí.
La oveja negra soy yo.
