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Editorial & Columnas

La Universidad del Magdalena: entre el relevo y la visión

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Por: JOSE JORGE MADERA LASTRE

PABLO DAVID MADERA GRANADOS

 

En estos días se ha abierto una discusión necesaria —y oportuna— sobre el futuro de la

Universidad del Magdalena. No es una conversación menor. Es, quizás, una de esas

discusiones que llegan justo cuando deben llegar: cuando el tiempo empieza a apretar y las

decisiones ya no se pueden seguir postergando.

Estamos a las puertas del 2030, con una agenda global que exige ciudades más inteligentes,

más sostenibles y más conectadas con su entorno. Y en ese escenario, la universidad no

puede seguir pensándose como una institución aislada, encerrada entre paredes,

administrada desde lógicas internas que poco dialogan con el territorio.

La Universidad del Magdalena es, en términos históricos, una universidad joven. Nació en

1958 con una vocación profundamente local, y ha crecido —hay que decirlo con claridad—

gracias al esfuerzo acumulado de muchos actores y a momentos clave de inversión pública

que le permitieron consolidarse. Pero ese crecimiento, aunque significativo, no ha estado

siempre acompañado de una reflexión igual de profunda sobre su lugar en el territorio.

Y ahí está uno de los puntos críticos.

Hace poco, acompañando a mi hija a la sede de Manizales de la Universidad Nacional, hubo

una escena que se me quedó grabada —y que dice más que cualquier diagnóstico técnico.

Desde la biblioteca, un edificio abierto, de varios pisos, se observa el río que atraviesa el

territorio, bajando con fuerza desde la montaña, marcando el ritmo mismo de la ciudad. No

es un detalle menor: es una forma de entender la universidad. Una universidad que se deja

atravesar por su entorno, que lo incorpora, que lo reconoce como parte de su experiencia

formativa.

Esa imagen contrasta de manera casi brutal con lo que ocurre en Santa Marta.

Aquí, el río Manzanares no hace parte de la vida universitaria. No dialoga con el campus.

No está integrado ni simbólica ni físicamente. Es un elemento ausente, invisible, como si no

existiera. Y lo mismo ocurre con hitos fundamentales del entorno inmediato, como la

Quinta de San Pedro Alejandrino. Somos vecinos, pero estamos desconectados. No hay

relación, no hay proyecto compartido, no hay una idea de universidad que se piense desde

la ciudad.

Y una universidad que no conversa con su territorio es una universidad que se empobrece.

Ahora bien, el debate que se ha planteado sobre el llamado “relevo generacional” no puede

reducirse a un asunto de edades. Ese es un error de enfoque. Aquí no se trata de jóvenes

contra mayores. Se trata de visiones.

La universidad necesita, sí, nuevas generaciones que asuman responsabilidades, pero no

desde la improvisación ni desde el entusiasmo vacío. Necesita liderazgos formados, con

recorrido académico, con experiencia en la docencia, con capacidad de contrastar ideas y

de sostener debates complejos. La academia no es un espacio de ocurrencias: es un espacio

que exige madurez intelectual.

Pero al mismo tiempo, también necesita romper con una práctica que ha sido dañina: la

personalización excesiva del liderazgo.

En los últimos años hemos visto cómo la figura del rector tiende a convertirse en una

especie de voz omnipresente, opinando de todo, ocupando todos los espacios,

concentrando la representación institucional. Ese modelo no solo es problemático, sino que

empobrece la vida universitaria. Una universidad no puede depender de una sola voz, por

más visible que esta sea.

El liderazgo universitario debe ser colectivo, distribuido, construido desde múltiples saberes

y perspectivas. No desde el protagonismo individual.

Y aquí hay otro riesgo que no se puede ignorar: la tentación de trasladar a la universidad las

lógicas gremiales de la ciudad.

La universidad no es —ni puede ser— una extensión de la cámara de comercio, ni de la

sociedad portuaria, ni de ningún otro interés sectorial. Su función no es replicar esas

dinámicas, sino precisamente tensionarlas, cuestionarlas, enriquecerlas desde el

conocimiento. Convertir la dirección universitaria en un espacio de representación gremial

sería un error grave, y sus consecuencias serían profundas.

Lo que está en juego, entonces, no es solo quién dirige la universidad en los próximos años.

Es qué tipo de universidad queremos.

Una universidad encerrada, autorreferencial, administrada desde lógicas de poder

tradicionales.

O una universidad abierta, conectada con su territorio, con liderazgo colectivo, con

capacidad de leer su tiempo y de transformarlo.

Ese es el verdadero relevo que necesitamos. No uno de nombres. Uno de visión.

Y ese relevo ya no admite más aplazamientos.