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La vergüenza que enferma dos veces…

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La vergüenza que enferma dos veces…

Por: Gerardo Angulo Cuentas

gerardo@angulo.com.co

 

Hay enfermedades que se anuncian con naturalidad. Alguien dice que tiene hipertensión, diabetes o una lesión en la rodilla, y encuentra de inmediato preguntas, recomendaciones, incluso solidaridad. Pero cuando la enfermedad ocurre en la mente —cuando aparece la depresión, la ansiedad incapacitante, el trastorno bipolar, una adicción o una crisis de pánico— muchas personas bajan la voz. Algunas ni siquiera encuentran las palabras. Otras prefieren llamar al sufrimiento “estrés”, “cansancio” o “una mala racha”, como si nombrarlo con precisión fuera ya una derrota.

Esa vergüenza no nace de la enfermedad: se aprende. Durante mucho tiempo se nos enseñó que el carácter debía poder con todo; que pedir ayuda era debilidad; que quien no se levanta temprano, no sonríe o no “pone de su parte” está fallando moralmente. Así, al padecimiento se le agrega un juicio. La persona no solo debe sobrellevar sus síntomas; también debe demostrar que no es perezosa, inestable, peligrosa, incapaz o menos digna de confianza.

Es una crueldad silenciosa. A quien tiene una infección nadie le pide que deje de tener fiebre mediante fuerza de voluntad. Pero a quien atraviesa una depresión se le exige gratitud, optimismo y disciplina como si fueran sustitutos automáticos de la atención profesional, del acompañamiento familiar o de condiciones de vida más humanas. Y cuando la persona no logra responder a esas exigencias, se siente culpable por sufrir.

La vergüenza tiene consecuencias prácticas. Hace que se tarde la consulta; que se interrumpan tratamientos; que se oculten diagnósticos en el trabajo y en la universidad; que los amigos se alejen por no saber qué decir. También empuja a muchas personas a vivir en una actuación agotadora: parecer bien para no preocupar, no ser señaladas o no perder oportunidades. Hay quienes se acostumbran tanto a esconderse que solo piden ayuda cuando ya están al límite.

No se trata de romantizar el sufrimiento ni de reducir toda dificultad cotidiana a una etiqueta clínica. La tristeza, el miedo y la frustración son parte de la vida. Pero tampoco debemos minimizar aquello que desborda a una persona, deteriora su capacidad de vivir con serenidad o pone en riesgo su integridad. La salud mental exige discernimiento, cuidado y, cuando corresponde, apoyo especializado; no burlas ni sentencias rápidas.

En el Caribe solemos celebrar la cercanía, la conversación y la capacidad de acompañarnos en los momentos difíciles. Esa fortaleza cultural puede servirnos para desmontar el prejuicio. Escuchar sin convertirnos de inmediato en jueces; preguntar cómo ayudar en vez de aconsejar sin conocer; permitir que alguien diga “no estoy bien” sin responderle que debe animarse. A veces el gesto más valioso no es encontrar una frase brillante, sino quedarse disponible.

También las instituciones tienen una responsabilidad. Las empresas, las universidades, los colegios y las entidades públicas deben dejar de hablar de bienestar solo como un eslogan. Proteger la salud mental supone entornos menos humillantes, rutas claras de atención, confidencialidad y líderes capaces de comprender que una persona no pierde su valor porque atraviese una crisis. La productividad no puede ser el único criterio con el que medimos a los seres humanos.

Quizá el primer cambio sea lingüístico: dejar de hablar de “locura” para desacreditar, de “debilidad” para explicar el dolor o de “drama” para evadirlo. Las palabras no curan por sí solas, pero pueden abrir o cerrar la puerta del cuidado.

Padecer una enfermedad mental no es vergonzoso. Vergonzoso es que una sociedad haga sentir sola a una persona precisamente cuando más necesita ser tratada con dignidad. Reconocer que necesitamos ayuda no nos disminuye: nos devuelve a nuestra condición más elemental y más humana, la de seres vulnerables que también merecen ser acompañados.