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EL DIVIDENDO DEL TIEMPO

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EL DIVIDENDO DEL TIEMPO

Si la inteligencia artificial permite producir en cuatro días lo que antes exigía cinco, la sociedad puede recuperar un día o perder una quinta parte de la nómina. Ambas posibilidades nacen de la misma tecnología, pero pertenecen a civilizaciones distintas.

Por Víctor Rodríguez Fajardo

Un día recuperado o una nómina reducida

La inteligencia artificial puede producir más conocimiento y servicios con menos trabajo obligatorio. Su mayor beneficio histórico no tendría que consistir en llenar el mundo de objetos más baratos. Podría devolver tiempo para cuidar, aprender, crear, participar, investigar o descansar.

La economía, sin embargo, no es un pastel fijo. Cada ola tecnológica eliminó tareas y creó otras. Al abaratar el trabajo cognitivo, la IA puede multiplicar diagnósticos, análisis, contenidos y servicios. El empleo intelectual podría crecer. Pero la aparición de nuevas tareas no determina quién captura su valor.

Una economía puede conservar altos niveles de empleo mientras los salarios pierden terreno frente a la productividad. El trabajo puede aumentar en volumen y disminuir en autonomía: más encargos, pero más vigilancia; más producción, pero dependencia de plataformas que fijan condiciones.

La productividad no reparte sus beneficios

La revolución industrial elevó la producción, pero convertirla en jornada limitada, educación, seguridad social y mejores salarios exigió conflicto y política. La inteligencia artificial plantea una negociación semejante.

Si permite producir en cuatro días lo que antes exigía cinco, el resultado puede ser un día recuperado por la sociedad o la eliminación de una quinta parte de la nómina. Técnicamente, ambas opciones son posibles. Políticamente, representan civilizaciones distintas.

El dividendo del tiempo puede expresarse mediante participación en utilidades, propiedad de los trabajadores, reducción negociada de jornada, fondos colectivos y servicios universales. La paradoja es que quienes deben negociarlo podrían perder fuerza cuando disminuya la necesidad empresarial de contratar trabajo humano.

Por eso la protección social tendrá que financiarse con una base más amplia que las cotizaciones asociadas a un empleo estable. La abundancia necesita instituciones capaces de distribuirla cuando el antiguo poder de detener la fábrica resulte insuficiente.

Quién es dueño de las horas recuperadas

El lenguaje empresarial suele llamar ahorro al tiempo que una máquina elimina de una tarea. Pero ese ahorro tiene propietario. Puede convertirse en mayor beneficio, menor precio, más producción, despidos o descanso. La tecnología crea la posibilidad; la relación de poder decide su destino.

La jornada reducida no consiste simplemente en trabajar menos por el mismo resultado. Obliga a reorganizar procesos, medir productividad y evitar que cinco días de presión sean comprimidos en cuatro. Recuperar tiempo exige que la intensidad del trabajo no destruya el beneficio obtenido. De lo contrario, el día libre se pagará con agotamiento acumulado.

El cuidado muestra por qué esta discusión rebasa la empresa. Millones de horas indispensables se realizan sin salario dentro de los hogares. Si la IA libera tiempo remunerado pero ese tiempo recae automáticamente en más trabajo doméstico para las mismas personas, la abundancia reproducirá desigualdades antiguas. El dividendo debe medirse también en quién descansa, quién cuida y quién conserva tiempo propio.

La medida del éxito tampoco puede ser únicamente cuántas horas elimina una máquina. Importa qué ocurre con esas horas en la vida real. Si se convierten en búsqueda angustiosa de otro ingreso, no fueron liberadas. El tiempo se vuelve dividendo cuando llega acompañado de seguridad suficiente para elegir cómo utilizarlo.

Ese es el verdadero reparto pendiente y urgente.

La dignidad no puede depender de la rentabilidad

El empleo distribuye más que dinero: entrega identidad, rutina, prestigio, relaciones y pertenencia. Una transferencia económica no basta si el valor de la persona continúa midiéndose por su utilidad empresarial.

El nuevo contrato deberá separar ingreso, dignidad y empleo. El ingreso garantizará autonomía material; la dignidad pertenece a la persona; el empleo será una entre varias formas de contribuir, junto con el cuidado, el estudio, la creación y la participación cívica.

La educación tampoco puede convertirse en una carrera contra la herramienta de moda. Tendrá que formar para aprender continuamente, verificar información, combinar saberes y conservar criterio propio frente a sistemas capaces de responder en segundos.

Una sociedad verdaderamente avanzada no será aquella en la que nadie trabaje, sino aquella en la que nadie deba entregar toda su vida para merecer existir.

Esta publicación pertenece a la serie LA SOCIEDAD DEL PERMISO, un ensayo por entregas de Víctor Rodríguez Fajardo sobre trabajo, propiedad y libertad en la era de la inteligencia artificial.

Próxima entrega: CUANDO EL ALGORITMO DECIDE QUIÉN MERECE LA OPORTUNIDAD