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LA ASAMBLEA SE JUEGA LA MAYORÍA; EL MAGDALENA, SU ÚLTIMO AÑO

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LA ASAMBLEA SE JUEGA LA MAYORÍA; EL MAGDALENA, SU ÚLTIMO AÑO

La elección de la mesa directiva puede desnudar el nuevo mapa político y dejar a Margarita Guerra gobernando con una Asamblea en contra.

Víctor Rodríguez Fajardo
El Man del Sombrero

La Asamblea Departamental tiene tres decisiones de peso en su agenda: elegir la mesa directiva para 2027, escoger al secretario general y estudiar el presupuesto del próximo año. Pero, en esta parroquia, nadie debería confundir el trámite con el fondo. Aquí se juega quién conduce la corporación, quién conserva sus aliados y quién empieza a acomodarse para las elecciones parroquiales.

En 2024 y 2025, desde la presidencia de la Asamblea se hundieron las iniciativas que presentaba el Gobierno departamental. El exabrupto llegó al clímax cuando, durante dos vigencias consecutivas, no se aprobó la incorporación al presupuesto del superávit anterior. No fue una vez. Fueron dos.

La incorporación de esos recursos es un trámite presupuestal elemental: pasar a la siguiente vigencia los dineros que quedaron disponibles al cierre de la anterior. No tiene misterio. Estoy seguro de que jamás había ocurrido algo semejante en la historia republicana de Colombia: una Asamblea que, durante dos años seguidos, se atravesó hasta en ese trámite.

Y si hundieron el superávit, ¿qué podía esperarse de los proyectos que sí exigían debate y postura política? También se hundieron, aunque estaban ajustados al Plan de Desarrollo aprobado. No fue un simple rifirrafe de diputados: desde la presidencia se impuso una práctica de bloqueo que le pasó la cuenta al departamento. El resultado fue una escena insólita de la política parroquial: dos superávits acumulados mientras las necesidades del Magdalena seguían esperando respuesta.

El 2026 ha sido distinto. Desde la llegada de Margarita Guerra, la Asamblea ha mantenido una paz política inusual y una mayoría ha respaldado la agenda de la Gobernación. Pero la política no se congela porque haya calma. En 2027 habrá elecciones parroquiales y cada actor empezará a cuidar su supervivencia, buscar la mejor ubicación y trabajar por renovar su credencial.

Conozco esta dinámica. Los diputados hacen parte del sistema político que mueve las elecciones de alcaldes y gobernador. Muchos han acompañado a Margarita y han recibido el beneficio político de la cercanía con el Palacio Tayrona. Eso no los convierte en una mayoría cautiva. Cuando llegue la hora de la campaña, pesarán el grupo al que pertenecen, sus afectos y el candidato a la Gobernación que decidan respaldar. La agenda de cada cual no la dicta necesariamente el Palacio: muchas veces la ordena su propia casa política.

En el tablero están el abelardismo, el pinedismo, el petrismo y el caicedismo. Cada diputado tiene inclinaciones. La elección de la mesa puede desnudar una nueva mayoría y una nueva minoría; incluso puede dejar a Margarita con una Asamblea en contra. No digo que ese escenario ya esté decidido. Digo que está sobre la mesa, y sería ingenuo no verlo. El que conozca la política parroquial sabe que los respaldos de hoy no son pagarés para mañana.

También suena Magda Alarcón como posible carta para la Gobernación. ¿Qué piensan los diputados de esa candidatura? ¿Quiénes se acercarían y quiénes tomarían distancia? Y si a fin de mes se concreta la renuncia de la secretaria de Salud, ¿cómo leerán ese mensaje? ¿Ayudará a mantener la mayoría de Margarita o será la señal para empezar a salir? Son preguntas políticas, no conclusiones anticipadas. Pero en esta coyuntura, cada movimiento se lee y se cobra. Esto todavía está biche.

Para la presidencia de la Asamblea suenan César Pacheco Aarón, Pedro Mendoza y María Charris. Dejo constancia de que los tres son personas de calidad y tienen capacidad para dirigir la corporación. Mi posición, sin embargo, es clara: esta elección exige una presidencia capaz de tratar con respeto a sus colegas, construir consensos y evitar que el antagonismo de 2024 y 2025 vuelva a hundir la agenda del Ejecutivo.

Margarita ha marcado distancia de sus antiguos compañeros de Fuerza Ciudadana. El movimiento carga con el lastre de tener a su presidente fundador en fuga y a su exgobernador remojando las barbas. La relación entre Pedro y la gobernadora es buena; eso es real. Pero conozco cómo opera esta política: cuando llegue la votación, no imagino que una relación personal pese más que la línea que marquen Carlos y Rafa. Por eso no veo viable el respaldo del Palacio Tayrona a Pedro.

A María Charris la conozco y la respeto. Es una gran mujer y tiene hoja de vida. Pero, a mi juicio, la diplomacia no es una de sus principales virtudes políticas. Y este momento exige precisamente trato diplomático, respeto y capacidad para juntar a sus colegas. La Asamblea no necesita echarle gasolina al fuego; necesita una presidencia que pueda conducirla.

Al César lo que es del César. César Pacheco llegó tarde a la corporación, después de un proceso legal y con fallo en mano. Se posesionó y, desde entonces, ha mostrado buen trato y coherencia. Representa una generación de liderazgos preparados. No hace parte de la mayoría de once, pero ha respaldado con su voto la agenda que el Magdalena reclamaba y que venía represada por la anterior mesa directiva.

También sabe moverse en Bogotá y llegar a los ministerios. Ayudó a coordinar la visita de funcionarios nacionales para poner sobre la mesa asuntos como la ampliación de la pista del aeropuerto Simón Bolívar. Eso también es hacer política: gestionar para que al territorio lo escuchen y los compromisos no se queden en el papel.

La presidencia requiere siete votos de trece. Si yo pudiera votar, votaría por César. No porque los otros dos carezcan de méritos, sino porque esta coyuntura reclama el perfil que él ha mostrado: buen trato, preparación, gestión y capacidad de concertación. En la Asamblea todos saben contar los votos. Yo también sé leer esta parroquia. Y mi voto sería por César.