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Inteligencia artificial, estupidez natural

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Por: Gerardo Angulo Cuentas

En una ocasión, frente a un auditorio, hice la afirmación —con absoluta convicción— de que la inteligencia artificial no va a acabar con la humanidad. La reacción fue, cuando menos, incómoda. Se generaron murmullos, gestos de sorpresa e incluso algunos rostros tensos. No era la respuesta que esperaba, pero sí una señal clara: hay un miedo creciente, casi visceral, hacia algo que muchos aún no comprenden del todo. Fue ese momento de tensión el que me motivó a escribir esta columna.

No es la primera vez en la historia que le tememos a nuestras propias creaciones. En las leyendas judías del siglo XVI, el Golem era una criatura de barro animada mediante fórmulas sagradas. Su función original era proteger a la comunidad, pero su existencia dependía enteramente de la voluntad de su creador. Según la versión más popular de la leyenda, el rabino escribía en su frente la palabra hebrea “Emet” (אמת), que significa “verdad”. Para desactivarlo, bastaba con borrar la primera letra, la alef (א), transformando la palabra en “Met” (מת), que significa “muerte”. Así, el Golem se detenía. El mensaje es claro: el poder de la creación no es absoluto, y su control reside en la conciencia de quien la activa o la detiene.

Lo mismo ocurre con Frankenstein, donde el problema no es el “monstruo” en sí, sino el abandono, la irresponsabilidad y el desprecio de su creador. En ambos relatos, el peligro nunca es la criatura, sino el ser humano que no asume las consecuencias de lo que pone en marcha.

Hoy, la inteligencia artificial ocupa ese mismo lugar simbólico. Se le atribuyen intenciones, emociones o amenazas como si fuera un ente con vida propia. Y lo hacemos especialmente porque, en el imaginario colectivo actual, IA se ha vuelto sinónimo de ChatGPT y otros modelos generativos. La fascinación que despiertan estos sistemas, por su capacidad de simular lenguaje natural y sostener conversaciones coherentes, ha llevado a muchas personas a pensar que “están hablando con una mente”. Pero eso es una proyección cultural y emocional. Aunque el lenguaje sea fluido y convincente, no hay nadie detrás de las palabras. No hay conciencia, no hay intención, no hay comprensión. Solo hay cálculo estadístico, probabilidad lingüística y mucha ingeniería.

Reducir toda la inteligencia artificial a ChatGPT o sus parientes es un error técnico y conceptual. La IA es un campo muy amplio: incluye modelos de predicción, clasificación, visión computacional, robótica, diagnóstico médico, optimización logística, automatización industrial, y un larguísimo etcétera. Pensar que todo eso se reduce a una conversación fluida en pantalla es como pensar que toda la medicina es un estetoscopio o toda la ingeniería un destornillador.

Además, por mucho que algunos sistemas operen de forma aparentemente independiente, lo cierto es que siempre hay una persona dando la orden. La IA no se programa a sí misma, no define sus propios objetivos, ni se lanza sola al mundo. Hay desarrolladores que escriben el código, entrenadores que la alimentan con datos, usuarios que la aplican y autoridades que (con mayor o menor acierto) la regulan. Por tanto, cuando un sistema de IA produce efectos indeseados, el problema no está en la «autonomía» de la máquina, sino en las decisiones humanas —explícitas o negligentes— que están detrás.

Y no olvidemos que la IA no es una persona. No tiene conciencia, ni moral, ni sentido de responsabilidad. No puede ser castigada ni redimida. Todo lo que hace, lo hace en función de lo que le fue enseñado, ordenado o permitido. Atribuirle intenciones a una IA es como culpar a un martillo por romper una ventana. Si la IA discrimina, excluye, manipula o destruye, no lo hace por maldad, sino porque alguien la diseñó, la usó o la dejó actuar sin control suficiente.

Podemos discutir sus riesgos, sí. Podemos exigir marcos éticos, regulaciones claras y procesos de auditoría más robustos. Todo eso es deseable y necesario. Pero lo que no podemos hacer es lavarnos las manos y convertir a la IA en chivo expiatorio de nuestras propias decisiones.

Porque, al final, la inteligencia artificial no va a acabar con la humanidad. Lo que sí podría destruirnos —y ya lo ha hecho antes— es nuestra infinita capacidad para actuar con ignorancia, soberbia o irresponsabilidad. En otras palabras: no es la inteligencia artificial lo que nos amenaza, sino nuestra propia estupidez natural.