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Editorial & Columnas

La vez que asusté a Luzbel…

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Por: Gerardo Angulo Cuentas

Una mañana cualquiera, escuché un grito breve, de esos que dividen el silencio y el alma. Era la señora que hace el aseo. La escoba le temblaba entre las manos, su rostro mostraba un susto sincero y los ojos estaban fijos en la pequeña figura de bronce que reposa junto al monitor del computador: una estatua de Baphomet.

—¡Ay, señor Gerardo, eso es del diablo! —exclamó, dando un paso atrás—. No sé si volveré a hacerle el aseo.

No era la primera vez que alguien confundía ese símbolo con algo oscuro, pero su reacción fue tan espontánea que no pude evitar sonreír. No con burla, sino con ternura. Le ofrecí una silla y un café.

—Tranquila, no es del mal —le dije—. Es solo un símbolo de equilibrio.

Aún con desconfianza, se sentó en el borde del asiento. Entonces le conté la historia: que Baphomet no es un demonio, sino una figura creada para representar la unión de los opuestos —la luz y la oscuridad, lo masculino y lo femenino, la razón y la emoción, el espíritu y la materia—. Le expliqué que la antorcha encendida sobre su cabeza simboliza la luz del conocimiento y que sus manos, una apuntando al cielo y otra a la tierra, recuerdan la vieja enseñanza hermética: “como es arriba, es abajo”.

Ella me escuchaba, entre curiosa y precavida, como quien observa el fuego desde cierta distancia.

—¿Y usted cree en eso, señor Gerardo? —me preguntó.

—Creo en el conocimiento —le respondí—, y en que no hay que temerle a lo que se puede comprender.

Sus manos se relajaron. Soltó una pequeña risa y dijo: “Bueno, yo le creo… pero igual lo limpio de lejitos.” Desde entonces, cada vez que viene, me pregunta si “el chivito” ha aprendido algo nuevo. Y yo le contesto que sí, que está aprendiendo paciencia.

No puedo revelar su verdadero nombre, pero digamos que la llamaré Luzbel. Curiosamente, su nombre real tiene el mismo origen etimológico: significa portadora de luz. Me pareció una ironía hermosa que la mujer que temía a la sombra llevara, sin saberlo, el nombre de la luz.

Aquel episodio doméstico, tan simple en apariencia, me dejó pensando en cómo los prejuicios sobreviven en los rincones más cotidianos. No era solo el susto de una trabajadora ante una figura extraña; era el reflejo de algo más profundo: el miedo a lo que no comprendemos.

Durante siglos, hemos heredado esa costumbre de temer los símbolos, de confundir el misterio con el mal.

Sin embargo, los símbolos son espejos: devuelven lo que proyectamos en ellos. Si los miramos con miedo, reflejan oscuridad; si los miramos con curiosidad, reflejan conocimiento. Luzbel vio amenaza; yo vi equilibrio. En el fondo, ambos teníamos razón: ella actuó desde su educación emocional, y yo desde mi formación racional. Y entre ambas miradas se dibujó un puente.

Esa conversación me recordó que enseñar no requiere aula, ni tablero, ni estudiantes. A veces basta una charla entre dos personas que se respetan, aunque no piensen igual.

No quise convencerla de nada. Solo compartir la historia de un símbolo que, más que invocar oscuridad, invita a pensar. Y ese gesto de escuchar y explicar sin imponer fue, creo, una lección para los dos: que el diálogo vence al miedo y que la educación no siempre ocurre donde se espera.

El Baphomet, ahí en mi escritorio, se volvió un recordatorio silencioso de esa escena. Me recuerda que la luz y la sombra no se combaten: se integran. Que la sabiduría no está en negar la oscuridad, sino en reconocer que la antorcha del conocimiento solo brilla porque existe la noche.

Desde entonces, Luzbel y yo mantenemos un pacto tácito. Ella entra, mira la figura, sonríe y dice: “Señor Gerardo, su chivito hoy está tranquilo.”

Yo le respondo: “Sí, está pensando en lo difícil que es ser símbolo en tiempos de prejuicio.”
Ambos reímos, y el día sigue su curso.

En ocasiones, cuando el sol entra por la ventana, la luz se refleja justo sobre la antorcha de la figura. Entonces recuerdo que las cosas más temidas suelen ser las menos comprendidas, y que el conocimiento —como la luz— no se impone: se comparte.

Quizá por eso el símbolo me resulta tan valioso. No por lo que representa en los libros de ocultismo o historia, sino por lo que enseña en la vida diaria: que nadie está completamente en la luz ni completamente en la sombra, y que el equilibrio se construye cada día, en silencio, con respeto y con curiosidad.

Luzbel sigue viniendo cada semana. A veces hablamos de cosas triviales —el clima, los precios del mercado, los problemas del transporte— y otras veces del “chivito”, como ella le dice. Yo ya no la corrijo. De algún modo, ese diminutivo hace más tierno al símbolo y lo vuelve más cercano.

Y cada vez que la veo sonreír mientras limpia el escritorio, pienso que quizá ese pequeño Baphomet haya cumplido su función: no la de representar nada oscuro, sino la de recordarnos que la luz y la comprensión siempre pueden encontrarse en el mismo lugar, incluso en medio de una escoba, un café y una conversación sencilla.

¿Tú qué crees?