Connect with us

Editorial & Columnas

Más allá de la izquierda y la derecha: ¿en el Caribe pensamos en tonos?

Published

on

Por: Gerardo Angulo Cuentas

gerardo@angulo.com.co

Durante décadas nos enseñaron a mirar el mundo como si fuera una carretera recta con dos carriles: izquierda o derecha. Si pensabas esto, eras de un lado; si cuestionabas aquello, automáticamente te mandaban al otro. Como si la complejidad humana cupiera en dos casillas, como si la vida política fuera un interruptor de encendido y apagado.

Pero la modernidad —esa que no solo trajo celulares e IAs, sino también crisis, contradicciones y aprendizajes— nos dejó claro algo incómodo: ese mapa ya no sirve.

La realidad no es binaria. Y las personas, mucho menos.

Hoy convivimos con personas que defienden causas sociales profundas, pero desconfían del Estado. Con otras que creen en la empresa privada, pero exigen responsabilidad ambiental y justicia laboral. Hay quienes votan distinto según el tema, quienes cambian de opinión cuando aprenden algo nuevo, y quienes —aunque no siempre lo admitan— dudan.

¿Dónde los ponemos? ¿A la izquierda o a la derecha? ¿O los expulsamos del debate por no encajar?

Tal vez el error no está en la gente, sino en el esquema.

Por eso propongo que dejemos de preguntarnos si alguien es de izquierda o de derecha, y empecemos a mirar en qué tono de conciencia se mueve. No como etiquetas ideológicas, sino como formas de relacionarse con el mundo, con la información y con el poder.

Porque —y aquí vale decirlo sin rodeos— en el Caribe sí sabemos de colores y tonos. Sabemos que no todo es blanco o negro, que entre el sol del mediodía y el rojo del atardecer hay mil matices. Sabemos leer el cielo antes de la lluvia y el mar antes de la tormenta. La vida nos entrenó para entender los gradientes.

Imaginemos entonces una paleta, no un eje. En un extremo están las personas conformes. No necesariamente malas, ni ignorantes. Simplemente conformes. Son quienes aceptan lo que hay porque “siempre ha sido así”, quienes no cuestionan demasiado mientras su vida personal funcione, quienes prefieren la estabilidad al conflicto, incluso cuando esa estabilidad es injusta para otros. No marchan, no discuten, no incomodan. Flotan.

Más adelante aparecen quienes repiten. No piensan mal, pero piensan poco. Repiten consignas, memes, frases hechas. Hoy repiten a un líder, mañana a otro. Cambian de bando sin cambiar de lógica. No analizan: amplifican.

Luego están los críticos selectivos. Cuestionan lo que no les gusta, pero justifican lo que les conviene. Son exigentes con el poder ajeno, indulgentes con el propio. Piden ética cuando gobierna el otro, paciencia cuando gobiernan los suyos.

Más adelante encontramos a quienes son críticos consistentes. Estas personas incomodan a todos los bandos. Preguntan, contrastan, leen, dudan. Cambian de opinión sin vergüenza cuando la evidencia lo exige. No defienden ideologías como si fueran equipos de fútbol, sino principios que intentan sostener incluso cuando eso tiene costo social.

Y, en el otro extremo de la paleta, están los inconformes conscientes. No se conforman con entender: quieren transformar. Pero no desde el dogma, sino desde la reflexión. Son capaces de dialogar con quien piensa distinto sin deshumanizarlo. Saben que el cambio real no nace del grito vacío, sino de la coherencia entre lo que se piensa, se dice y se hace.

Esta paleta no es una escala moral. No hay colores “buenos” y “malos” de forma absoluta. Todos, en distintos momentos de la vida, nos hemos movido de un tono a otro. El problema empieza cuando creemos que ya llegamos al color final y dejamos de mezclarnos, de aprender, de escuchar.

Tal vez el gran desafío de nuestro tiempo no es escoger entre izquierda o derecha, sino decidir si queremos vivir dormidos o despiertos, repitiendo o pensando, acomodados o incómodos.

Porque la verdadera división hoy no es ideológica. Es más profunda… y más silenciosa: entre quienes se atreven a cuestionar lo que ven y quienes prefieren no mirar demasiado.

Y en esa paleta, cada uno… —con honestidad— debería preguntarse:

¿de qué tono soy… y hacia dónde quiero moverme?

Y tal vez por eso, desde el Caribe, esta discusión se entiende distinto. Aquí aprendimos que el sol no alumbra igual todo el día, que el mar no tiene un solo azul y que la brisa cambia sin pedir permiso. Aquí sabemos que la sombra también es necesaria y que el color no es confusión, sino riqueza. Por eso, más que escoger un bando, nos toca aprender a leer los tonos, a movernos con conciencia y a no perder la humanidad en el debate. Porque en una tierra de luz intensa, pensar en blanco y negro no solo es pobre: es antinatural.

¿Tú qué crees?

P.D. Ando buscando la luz: ¿será que por ahí andan personas libres y de buenas costumbres que quieran ayudarme a encenderla?