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Política Parroquial

La guerra por el poder parroquial ya empezó

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En el Magdalena hay una discusión equivocada: quién va ganando hoy.

La política parroquial —la de verdad, la que define el poder— no se mueve al ritmo de las encuestas ni de los discursos. Se mueve en otra dimensión, menos visible pero más determinante: la de las coaliciones, el territorio y el dinero.
Y en ese plano, la elección ya empezó.
Lo que dejaron las recientes elecciones al Congreso no fue simplemente un resultado electoral. Fue un primer mapa de poder.

#SantaMarta volvió a hablar, y cuando Santa Marta habla, el Magdalena se reconfigura. Nombres como Chadán Rosado, cercano al proyecto de la Casa Pinedo, y Felipe Hernández, desde el Pacto Histórico, no solo marcaron votación: marcaron posiciones en el tablero.

Porque en la #GeopolíticaParroquial hay una regla que pocos dicen en voz alta, pero todos operan en silencio: la Gobernación no se gana el día de la elección. Se gana cuando se arma la coalición correcta.

Hoy ese tablero empieza a ordenarse en tres grandes proyectos. Por un lado, la Casa Pinedo, que controla institucionalmente Santa Marta y busca traducir ese poder en una estructura departamental con nombres como David Farelo para la Gobernación y Jocelin Azar para la Alcaldía. No es solo un proyecto electoral; es un intento de consolidación territorial con base en el control administrativo.

Por otro lado, el Pacto Histórico intenta convertir su impulso nacional en presencia regional. Con Fabio Manjarres y María José Navarro, el reto no es menor: pasar de ser fuerza electoral en crecimiento a estructura política con capacidad real de disputar el poder en los municipios.

Y en paralelo, el caicedismo sigue siendo el actor que muchos subestiman… hasta que aparece en los resultados. Perdió hegemonía, pero no perdió un nicho de votos. Y en la lógica del

#Magdalena eso significa una sola cosa: sigue siendo determinante. Carlos Caicedo puede regresar al escenario departamental, mientras Rafael Martínez se mantiene como ficha fuerte para la Alcaldía de Santa Marta.

Pero reducir la elección a estos tres bloques sería un error.

En el Magdalena hay actores que no encabezan listas ni lideran titulares, pero terminan inclinando elecciones. Liderazgos como los de Kelyn González, Elizabeth Molina o Franklin Lozano, así como estructuras tradicionales como la Casa Díaz-Granados, operan como fuerzas bisagra. No siempre ganan, pero casi siempre están del lado que gana.

Y luego está el territorio.

Santa Marta es el punto de partida, pero no el punto de llegada. El Magdalena Profundo —Ciénaga, Fundación, Plato, Pivijay, El Banco— es el que termina definiendo la elección. Allí no se gana con narrativa, sino con estructura.

Y en ese mapa hay un punto crítico que los estrategas conocen bien: Zona Bananera. Bastión político de Holmes Echeverría, con una estructura territorial activa que ha demostrado capacidad de movilización. En la geopolítica parroquial hay una regla no escrita: quien logra sumar ese territorio entra automáticamente en la conversación real por la Gobernación.

Pero incluso ese mapa es incompleto si no se incluye la variable más incómoda de todas: el dinero.

En el Magdalena existe una campaña que no se ve. No tiene vallas ni discursos, pero define quién compite y quién no. Es la campaña del músculo financiero.

Ningún proyecto político competitivo arranca sin una validación previa en ese terreno. Antes de que un candidato crezca en encuestas, ya pasó por una pregunta clave: ¿es financiable? Si la respuesta es negativa, su campaña nace muerta.

Ese músculo económico tiene epicentro en sectores empresariales vinculados al ecosistema portuario, donde se cruzan intereses económicos y capacidad de incidencia política. Allí no se toman decisiones ideológicas, sino estratégicas: se apoya donde hay opción real de ganar o donde se garantice influencia.

Por eso, en la parroquia, el dinero no apuesta a una sola ficha. Se distribuye. Se cubren escenarios. Se asegura presencia. Así, independientemente del resultado electoral, el poder económico nunca queda por fuera del juego.

Esto explica algo que muchos perciben pero pocos entienden: por qué hay campañas que crecen con rapidez y otras que nunca despegan. No es solo carisma, ni discurso, ni redes sociales. Es flujo.

A este tablero hay que sumarle una última variable, capaz de alterar completamente el escenario: la elección presidencial de 2026.

Si el próximo gobierno nacional se alinea con uno de los bloques regionales, la historia demuestra que la balanza deja de ser pareja. Paloma Valencia o Iván Cepeda no solo representan proyectos políticos distintos; representan posibles reconfiguraciones del poder territorial en el Magdalena.

Pero incluso con esa variable en juego, hay algo que no cambia.

La elección no se define el día de la votación. Se define mucho antes: cuando se sellan alianzas, cuando se bajan candidaturas, cuando se alinean intereses políticos y económicos.
Ese es el momento en que el tablero deja de ser incierto.

Y es ahí donde la pregunta correcta deja de ser quién va ganando.

Pasa a ser otra: ¿Quién tiene más caminos para armar la coalición que controle Santa Marta, el Magdalena profundo y el músculo financiero que sostiene una campaña?

Porque cuando esa ecuación se resuelve, las elecciones dejan de ser una competencia.

Y se convierten en una consecuencia.