Geopolítica Parroquial
¿Heredero obligado o líder con agenda propia?
Por: Víctor Rodríguez Fajardo
El chat de WhatsApp entre Pizarro y Zuleta no es una «diferencia interna»: es una pelea venenosa por quién manda en la izquierda cuando Petro deje el poder.
En el centro del tiroteo está Iván Cepeda, atrapado en una paradoja mortal: necesita la base radical de Petro para existir en el tarjetón, pero si abraza la bandera de la Constituyente, espanta al centro y sepulta su viabilidad.
¿Heredero obligado o líder con agenda propia? Ahí está el cuchillo sobre la mesa.
Una cosa es gobernar desde el balcón presidencial con la plaza encendida y otra muy distinta es salir a buscar el voto del ciudadano de a pie.
Para la campaña de Cepeda, la Constituyente es una piedra de molino atada al cuello: asusta a los independientes y mueve el piso del votante medio.
El avance de la derecha dura de Abelardo de la Espriella obligó a Cepeda a ajustar las velas y bajarle al ruido radical.
Pero para el ala dura del petrismo, moderarse es un pecado mortal.
Isabel Cristina Zuleta saltó de inmediato a exigir pureza ideológica, acusando a la campaña de «inoperante» y de esconder las banderas para salir bien en la foto del centro.
La respuesta de Pizarro, tildando el reclamo de «santa inquisición», desnudó el hartazgo de los estrategas que entienden que para ganar se necesita sumar, no repartir certificados de moral revolucionaria.
Cepeda queda en el medio del tiroteo: si complace al ala dura se hunde; si la ignora, lo canibalizan.
Lo de Cepeda es el reflejo exacto del «Síndrome de Paloma Valencia» en primera vuelta.
Siendo la heredera de Uribe, Paloma intentó moderarse, buscar el centro y sumar técnicos.
¿El resultado? El uribismo radical sintió que se «aguaba» el proyecto y la abandonó por la propuesta sin filtros de Abelardo de la Espriella.
El centro jamás le creyó la moderación y se quedó sin el pan y sin el queso.
Cepeda camina derecho hacia el mismo abismo: quedarse colgado en la mitad del camino.
El peligro de la Constituyente no es solo electoral, es una bomba de tiempo para su gobernabilidad.
Imaginemos el cuadro: Cepeda gana la Presidencia, intenta calmar mercados y negociar con el Congreso, mientras Gustavo Petro —que no se irá a criar gallinas— mantiene activa la Constituyente en la calle, hablando por encima de su sucesor.
Cepeda tendría la lapicera de los decretos en el Palacio de Nariño, pero Petro se quedaría con el micrófono, la tarima y el control emocional de las masas.
Cepeda lee las matemáticas: el libreto radical lo saca de la carrera frente a Abelardo.
Necesita ajustar velas ya, pero el costo de desmarcarse de Petro es la canibalización interna.
En este viaje de alto riesgo, el pragmatismo dicta jugar a dos bandas.
Intentará el milagro de seducir al centro sin que el ala dura lo linche, pero con una certeza clara: si la intransigencia petrista quema su candidatura presidencial, le queda el consuelo de su curul en el Senado.
La izquierda colombiana está descubriendo de la manera más dura que unirse para llegar al poder es complejo, pero acordar cómo heredarlo es un juego de tronos descarnado.
El rifirrafe digital es solo la grieta visible de un derrumbe subterráneo.
Lo que se está peleando hoy en el Pacto Histórico es si el progresismo tendrá un candidato con autonomía para decidir o un simple administrador del legado ajeno obligado a obedecer la línea que le tracen desde afuera.
Al final, mientras Cepeda intenta modular el discurso para parecer confiable y digerible, la sombra de Petro le sigue respirando en la nuca.
El país ya empezó a hacerse la pregunta incómoda de cara a las urnas y el centro no se va a dejar meter un empaque bonito: ¿Votar por el candidato de la continuidad es elegir a un presidente con criterio propio, o es simplemente comprar la segunda temporada del libreto de siempre, pero con un protagonista diferente en el afiche?
A solo 12 días de la segunda vuelta, aun no se visualiza en la campaña de Cepeda la victoria en el horizonte. La angustia demostrada por Petro lo confirma.
