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El fracaso que Petro quiere convertir en revolución
Edgar Jafet Hernandez
Gustavo Petro llegó al poder con banda presidencial, discurso de redención y cara de quien no venía a administrar Colombia, sino a corregir la historia universal. No era un presidente: era una temporada completa de Netflix titulada El pueblo contra la oligarquía, con final abierto y monólogo diario en redes sociales.
Prometió Paz Total, salud digna, economía productiva, transición energética, justicia social, educación para todos y un país reconciliado. Casi cuatro años después, no tenemos exactamente eso. Pero tenemos algo muy colombiano: una explicación para todo.
Si la Paz Total no funcionó, no fue porque el Estado perdió autoridad en varios territorios. Fue porque la paz no entendió la profundidad del proceso histórico. Si los grupos armados siguieron extorsionando, desplazando y mandando, seguramente fue por falta de pedagogía revolucionaria. Tal vez nadie les explicó bien el programa de gobierno.
La política antidrogas también tuvo su momento filosófico. Petro dijo, con razón, que la guerra contra las drogas fracasó. El pequeño problema es que su alternativa parece seguir en construcción, como obra pública con contratista desaparecido. Mientras tanto, la coca siguió creciendo, el narcotráfico siguió facturando y las economías ilegales demostraron algo cruel: los criminales no leen discursos presidenciales antes de tomar decisiones estratégicas.
En salud, el libreto era perfecto: acabar con los malos, salvar a los pacientes y derrotar a los mercaderes de la vida. Pero la realidad, siempre tan antipática, apareció con citas demoradas, medicamentos embolatados, EPS intervenidas y usuarios preguntando cosas poco revolucionarias como: “¿Entonces me atienden o no?”.
Porque claro, una cosa es liberar al pueblo en una plaza pública y otra muy distinta es conseguir una cita con especialista antes del próximo eclipse.
La reforma laboral sí fue una victoria del gobierno. Pero hasta esa victoria tuvo que pasar por el filtro dramático del petrismo: si alguien pedía revisar costos, era explotador; si el Congreso dudaba, era enemigo del pueblo; si una corte ponía límites, era la institucionalidad temblando ante la democracia. En el universo Petro, ningún trámite legislativo es normal. Todo es Waterloo, todo es Bastilla, todo es revolución, incluso si están discutiendo un artículo sobre recargos nocturnos.
La transición energética merece aplauso… y calculadora. El presidente ha explicado maravillosamente lo que Colombia debe dejar: petróleo, carbón, gas y, si se puede, también la mala vibra del capitalismo fósil. Lo que no ha explicado con igual entusiasmo es con qué vamos a reemplazar esos ingresos.
Es como renunciar al trabajo tóxico para dedicarse a la poesía, pero con tres recibos vencidos, dos hijos en el colegio y el banco llamando desde las 8 de la mañana. Moralmente precioso. Financieramente emocionante, en el sentido de ataque de pánico.
La economía, por su parte, no colapsó como algunos opositores deseaban casi con ilusión navideña. Pero tampoco se convirtió en la fábrica verde, popular, productiva y soberana que prometía el discurso. El país siguió caminando, medio lento, medio confundido, mientras el gobierno explicaba que el verdadero crecimiento no siempre se ve, porque a veces está en el alma del pueblo.
El gran talento del presidente no ha sido transformar la realidad, sino narrarla de tal manera que nunca parezca culpa suya. Si una reforma se cae, fue el Congreso. Si una corte lo frena, fue el establecimiento. Si los datos no ayudan, están mal leídos. Si la ejecución falla, fue sabotaje. Si la economía no despega, fueron los ricos. Si la seguridad empeora, fue la herencia. Si llueve, probablemente también hay un gremio detrás.
Todo tiene explicación. Todo tiene enemigo. Todo tiene épica.
Todo, menos autocrítica.
Petro gobierna como si todavía estuviera en oposición, solo que ahora la oposición la hace desde Palacio, con gabinete, escoltas, presupuesto y transmisión oficial. Es una especie de revolucionario institucional: denuncia al poder mientras lo ejerce, acusa al sistema desde la cima del sistema y se presenta como víctima mientras firma decretos.
Hay que reconocerle algo: la narrativa es brillante. Si no cumplió, no fracasó; lo bloquearon. Si no pudo, no fue incapacidad; fue conspiración. Si no ejecutó, no fue desorden; fue resistencia del viejo régimen. Así, cada promesa incumplida no debilita el proyecto, sino que sirve para pedir más poder.
Ese es el truco final: convertir el fracaso en gasolina electoral. Que la base no llegue a 2026 preguntando “¿qué pasó?”, sino gritando “¡no lo dejaron!”. Que no se hable de gestión, sino de revolución pendiente. Que no se revise el balance, sino el enemigo.
Colombia, por supuesto, necesita cambios profundos. Pero el cambio no se demuestra peleando con todo el mundo todos los días. Se demuestra gobernando. Ejecutando. Dando seguridad. Mejorando servicios. Cuidando la plata pública. Diciendo la verdad completa, incluso cuando daña el discurso.
Petro prometió cambiar la historia. Al final, puede que su mayor obra haya sido intentar cambiar el relato de su propio gobierno.
Ese es el fracaso que Petro quiere convertir en revolución: no haber transformado suficientemente el país, pero vender la idea de que precisamente por eso necesita más poder para intentarlo otra vez.
La revolución no llegó. Pero el tráiler estuvo buenísimo.
