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¿Qué futuro imaginan quienes recuerdan? Memoria histórica y horizontes de expectativa en la Colombia contemporánea.

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Por. Fabio Silva Vallejo. Profesor y Director del Grupo Oraloteca. Universidad del Magdalena

«Las imágenes del pasado legitiman el orden social presente.» Paul Connerton

«La memoria no se opone al olvido. El verdadero opuesto del olvido es la justicia.» Tzvetan Todorov

Las elecciones pasadas no solamente fueron la confrontación de un tipo que se hizo llamar “El Tigre” y que su eslogan de campaña fue Firmes por la patria contra otro tipo que su eslogan era «Nos la jugamos por la vida«. De acuerdo con los datos de la Registraduría Nacional podían votar 41.287.084 millones de colombianos, de los cuales 12.708.712 votamos por el candidato Cepeda de izquierda y 12.959.543 votaron por el candidato De la Espriella de la ultraderecha. Es decir, votaron 26.345.364 de colombianos y dejaron de votar 14.941.720 de colombianos. De esos que votaron 426.848 lo hicieron en blanco, 29.499 no marcaron nada y 220.763 votos fueron anulados. Ante cifras tan contundentes, resulta insuficiente refugiarse en explicaciones fáciles: que unos son ignorantes y otros ilustrados; que unos fueron engañados y otros comprendieron la realidad; que todo fue producto del fraude o de la manipulación.

Ante esta sorprendente realidad me surge una pregunta: ¿Qué nos dice este resultado sobre la manera en que los colombianos recordamos nuestro pasado e imaginamos el futuro?

Para dar algunos elementos para su respuesta voy a echar mano de varios teóricos que han estudiado la memoria, por supuesto que mi intención no es hacer una exégesis de la teoría de la memoria, mi intención es poner en discusión algunos de sus elementos teóricos en las realidades que afrontamos en este momento. Para esto voy a recurrir a algunos investigadores de la memoria como lo son: Assmann, J. (2008). Religión y Memoria Cultural. Paul Connerton (1989) Cómo piensan las sociedades. Maurice Halbwachs (1992) La memoria colectiva. Elizabeth Jelin (2021) La lucha por el pasado: Cómo construimos la memoria social y Reinhart Koselleck (1993). Futuro pasado: Para una semántica de los tiempos históricos y Los estratos del tiempo: Estudios sobre la historia.

Durante décadas hemos insistido en que la memoria es un antídoto contra la repetición de las violencias y los conflictos. Sin embargo, la persistencia de guerras, exclusiones, clientelismos y desigualdades parece desafiar permanentemente esa convicción. ¿Significa esto que los colombianos hemos olvidado la historia? ¿Hemos olvidado las guerras civiles del siglo XIX, la Guerra de los Mil Días, ¿La violencia bipartidista, el despojo agrario, el conflicto armado, la corrupción estructural y las múltiples formas de exclusión que han marcado la construcción del país?

Tal vez la respuesta sea más incómoda. Tal vez no hemos olvidado. Tal vez recordamos fragmentariamente. Recordamos desde lugares distintos, experiencias distintas y horizontes de expectativa distintos. El problema podría no ser una ausencia de memoria sino una ausencia de relatos capaces de vincular esas memorias dispersas con una idea compartida de futuro.

Creo que esta pregunta es precisamente uno de los grandes problemas de los estudios contemporáneos de la memoria. Y la respuesta, probablemente, que nos puede dar Assmann, Halbwachs, Jelin o Connerton no sería que esas personas «olvidaron» lo que vivieron. De hecho, probablemente no lo olvidaron. El problema es más complejo: recordar una experiencia no implica necesariamente extraer de ella una misma conclusión política.

Un campesino desplazado puede recordar perfectamente la violencia guerrillera y votar por un candidato de derecha. Otro campesino desplazado puede recordar la violencia paramilitar y votar por un candidato de izquierda. Ambos recuerdan. Lo que cambia es la interpretación del recuerdo. Aquí aparece una idea importante de Halbwachs: “La memoria nunca es una simple recuperación del pasado; siempre es una reconstrucción desde las necesidades del presente” Es decir, la experiencia vivida no llega intacta al momento electoral. Pasa por años de conversaciones familiares, medios de comunicación, iglesias, organizaciones políticas, redes sociales y experiencias cotidianas.

El problema no es la desaparición de la memoria sino la ruptura entre memoria y proyecto. Creo que aquí Assmann puede ayudar mucho. Las sociedades no viven únicamente de recuerdos; viven de la relación entre: pasado, presente y futuro. La memoria cultural funciona cuando permite responder: ¿Quiénes somos? ¿Qué nos pasó? ¿Hacia dónde vamos? Cuando falla la tercera pregunta, aparece una crisis. Una persona puede recordar perfectamente décadas de corrupción, violencia y exclusión, pero si no encuentra una propuesta creíble para transformar esa situación, puede terminar adhiriendo a relatos simplificados o incluso contradictorios. No porque ignore su experiencia. Sino porque necesita una expectativa de futuro. El historiador alemán Reinhart Koselleck distingue entre: espacio de experiencia y horizonte de expectativa. El espacio de experiencia es todo lo que hemos vivido. El horizonte de expectativa es lo que imaginamos que puede ocurrir. Una sociedad entra en crisis cuando ambos dejan de conectarse. Por ejemplo: Experiencia: corrupción histórica. Experiencia: clientelismo. Experiencia: conflicto armado. Experiencia: desigualdad. Pero si ninguna fuerza política logra transformar esas experiencias en una expectativa convincente de futuro, surge un vacío. Y este tipo de vacíos rara vez permanecen vacíos. Son ocupados por relatos. El relato importa más que la coherencia Para nuestro caso los colombianos no votan únicamente por programas racionales. Votan por narrativas que organizan el caos y una narrativa puede ser: simplificadora, exagerada, contradictoria, incluso imposible. Pero si logra ofrecer sentido, adquiere fuerza política. Por eso encontramos situaciones aparentemente paradójicas: sectores afectados por la desigualdad apoyan proyectos que no necesariamente reducen la desigualdad; víctimas de la violencia apoyan líderes con discursos confrontativos; poblaciones históricamente excluidas respaldan proyectos impulsados por élites. No porque hayan perdido la memoria. Sino porque esos proyectos consiguen articular una narrativa de orden, reconocimiento, seguridad o esperanza.

Elizabeth Jelin insiste en que las memorias no actúan solas. Necesitan: actores, instituciones, espacios públicos, marcos interpretativos. Si esos marcos se debilitan, la memoria permanece como experiencia individual, pero pierde capacidad de producir acción colectiva. Y aquí aparece una cuestión que se conecta con nuestro trabajo sobre el Caribe y que creo pasa en todo el país. Muchas comunidades recuerdan. Los campesinos recuerdan. Los indígenas recuerdan. Los afrodescendientes recuerdan. Las víctimas recuerdan. Pero esas memorias aparecen fragmentadas. No logran convertirse en una narrativa nacional compartida.

Paul Connerton el antropólogo ingles llevaría la reflexión aún más lejos. Connerton probablemente preguntaría: ¿Dónde se recuerda hoy? Porque recordar no es solo pensar. Es practicar. Es reunirse. Es conversar. Es cantar. Es caminar un territorio. Es participar en rituales colectivos. Cuando desaparecen sindicatos, organizaciones campesinas, espacios comunitarios, plazas públicas o redes de solidaridad, la memoria pierde sus soportes corporales. No desaparece. Pero se vuelve más vulnerable a nuevos relatos.

Entonces, ¿el vacío del relato vinculante produce relatos sustitutos? Yo diría que sí.

Cuando una sociedad carece de un relato colectivo capaz de vincular las experiencias históricas de violencia, desigualdad y exclusión con un horizonte creíble de transformación, las memorias no desaparecen. Por el contrario, permanecen activas pero fragmentadas. En ese contexto emergen narrativas simplificadoras que ofrecen orden, identidad o esperanza. Estas narrativas pueden ser transitorias, parciales o incluso inviables, pero cumplen una función fundamental: llenar el vacío de sentido dejado por la ausencia de un proyecto común. Desde esta perspectiva, el ascenso del proyecto político de la ultraderecha, no sería una prueba de amnesia colectiva. Sería, más bien, un síntoma de una crisis más profunda: la dificultad de convertir memorias dispersas en un horizonte compartido de futuro.

La pregunta quizás ya no es por qué olvidamos, sino por qué esas memorias no logran articularse en un proyecto político-cultural capaz de disputar el sentido del futuro. Koselleck (1923-2006) fue un historiador alemán marcado por la experiencia de la Segunda Guerra Mundial. Vivió el colapso del nazismo, fue soldado y prisionero de guerra. Esa experiencia lo llevó a preguntarse: ¿Cómo experimentan el tiempo las sociedades? No le interesaba solamente qué ocurrió, sino cómo los seres humanos organizan su experiencia histórica y construyen expectativas sobre el futuro. Koselleck plantea que toda sociedad vive entre dos polos: Espacio de experiencia: Es todo aquello que una comunidad ha vivido. Incluye: recuerdos; tradiciones; derrotas; triunfos; guerras; aprendizajes acumulados, por ejemplo, en la Sierra Nevada, el espacio de experiencia incluiría: la colonización cafetera; la bonanza marimbera; la presencia guerrillera; el paramilitarismo; los desplazamientos; las crisis del café; las luchas campesinas. Es el pasado sedimentado. Y un Horizonte de expectativa. Es lo que una sociedad imagina acerca del futuro. No es el futuro real. Es el futuro esperado. Por ejemplo: progreso; revolución; paz; seguridad; desarrollo; modernización; justicia social, etc.  Toda acción política ocurre dentro de ese horizonte. Las sociedades funcionan relativamente bien cuando existe una relación razonable entre experiencia y expectativa. Es decir: lo vivido ayuda a interpretar lo que puede venir; el futuro parece tener alguna conexión con el pasado. Pero en la modernidad ocurre algo nuevo. El futuro comienza a separarse del pasado. Las personas dejan de pensar: «El mañana será parecido al ayer» y comienzan a pensar: «El mañana será completamente diferente.» Allí aparece la política moderna.

¿Qué pasa cuando la expectativa se separa de la experiencia? Aquí creo que está la clave para la pregunta que nos hicimos al principio. Koselleck sostiene que cuando las expectativas se vuelven demasiado grandes y las experiencias ya no sirven para orientarlas, aparece una crisis temporal. Las personas saben lo que han vivido. Pero ya no encuentran en esa experiencia una guía para el futuro. Entonces se vuelven especialmente receptivas a narrativas que prometen: orden; cambio radical; restauración; grandeza nacional; seguridad; salvación moral. Aunque esas promesas contradigan parcialmente la experiencia acumulada.

Pensemos en un campesino que habita la Sierra Nevada, su experiencia histórica incluye: abandono estatal; corrupción; violencia; clientelismo, etc. Sin embargo, cuando vota no lo hace mirando únicamente hacia atrás. También mira hacia adelante. Si alguien le ofrece una narrativa de: autoridad, seguridad, estabilidad, recuperación económica, puede optar por ella, aunque su propia experiencia sugiera que tales promesas son difíciles de cumplir. No porque haya olvidado. Sino porque está actuando desde el horizonte de expectativa.

La memoria no explica sola la acción política. Y aquí es donde Koselleck complementa muy bien a Assmann. Assmann se pregunta: ¿Qué recuerda una sociedad? Koselleck pregunta: ¿Qué espera una sociedad? Muchas veces los estudios de memoria se concentran en el pasado. Koselleck nos obliga a mirar el futuro. Porque los seres humanos no vivimos únicamente de recuerdos. También vivimos de expectativas.

Pero la pregunta política no es solamente qué recordamos. La pregunta es: ¿Qué futuro imaginamos posible? Porque una memoria muy rica puede coexistir con una enorme desesperanza. Y cuando eso ocurre, el horizonte de expectativa puede terminar siendo ocupado por relatos simples pero movilizadores.

Por eso, quizá el problema nuestro no sea únicamente una crisis de memoria. Podría ser también una crisis de temporalidad. Las comunidades recuerdan muchas cosas, pero encuentran enormes dificultades para transformar esas memorias en expectativas compartidas de futuro. Y cuando ese puente entre experiencia y expectativa se rompe, los relatos políticos —de izquierda, derecha o centro— adquieren una enorme capacidad de seducción porque ofrecen precisamente lo que falta: una imagen del mañana.

El pensamiento de Koselleck se convierte en una pieza fundamental, porque permite pasar de la pregunta «¿qué recuerdan las comunidades?» a una pregunta mucho más compleja: «¿qué futuro imaginan posible a partir de aquello que recuerdan?». Ahí, en mi opinión, se encuentra uno de los debates más interesantes de la teoría contemporánea de la memoria. Koselleck analiza cómo durante siglos se creyó que la historia enseñaba lecciones para el futuro. Pero en la modernidad esa relación se rompe. El futuro deja de parecerse al pasado. Y entonces la experiencia pierde capacidad de orientación.

Cuando me preguntó: ¿Cómo es posible que personas afectadas por la violencia voten por proyectos que parecen contradecir esa experiencia? La respuesta de Koselleck comenzaría aquí: Porque la experiencia no determina automáticamente la expectativa.

En conclusión, nuestro problema no sería únicamente una crisis de memoria, sino una creciente desconexión entre el espacio de experiencia acumulado por las comunidades y los horizontes de expectativa ofrecidos por el sistema político. Dicho de otra manera: Las comunidades recuerdan. Los campesinos recuerdan. Los indígenas recuerdan. Las víctimas recuerdan. Pero las memorias del conflicto, de la corrupción, del desplazamiento o de la exclusión no encuentran necesariamente una traducción en proyectos de futuro convincentes. Y cuando ese puente se rompe, las expectativas pueden ser ocupadas por relatos simplificados, emocionalmente potentes o incluso contradictorios con la experiencia histórica.