La Firma
¿En qué momento dejamos de exigir?
Por: Ives Danilo Diaz Mena
Hay cambios que no ocurren de un día para otro.
No hacen ruido. No aparecen en los titulares. No se anuncian con discursos.
Simplemente suceden, poco a poco, hasta que un día descubrimos que aquello que antes nos indignaba ahora nos parece normal.
Nos acostumbramos.
Nos acostumbramos a los huecos en las calles, a las filas interminables para acceder a un servicio, a esperar meses por una cita médica, a que el agua falte donde nunca debería faltar, a convivir con la inseguridad, a caminar por espacios que no fueron pensados para las personas y a escuchar promesas que se repiten con cada elección.
Lo más preocupante no es que esos problemas existan.
Lo verdaderamente preocupante es que dejaron de sorprendernos.
En algún momento dejamos de preguntarnos por qué ocurrían y empezamos a preguntarnos cómo aprender a vivir con ellos.
Y ahí comenzó uno de los mayores riesgos para cualquier sociedad.
No fue la falta de recursos.
No fue la ausencia de leyes.
Fue la costumbre.
Porque cuando una comunidad deja de exigir, otros empiezan a decidir cuál es el límite de lo aceptable.
Y casi nunca ese límite favorece al ciudadano.
Exigir no significa vivir inconforme.
No significa convertir la crítica en un deporte ni pensar que todo está mal.
Exigir significa recordar que los derechos existen para cumplirse y que los servicios públicos, la infraestructura, la educación, la salud y la seguridad no son favores. Son responsabilidades que deben responder a las necesidades de la gente.
Santa Marta y el Magdalena tienen un enorme potencial. Lo vemos en su riqueza natural, en su gente, en su cultura y en la capacidad que tiene este territorio para salir adelante incluso en los momentos más difíciles.
Pero ese potencial no puede depender únicamente del esfuerzo individual.
También necesita ciudadanos que participen, que propongan, que pregunten y que no acepten como normal aquello que nunca debió serlo.
Una sociedad crece cuando deja de resignarse.
Cuando entiende que el desarrollo no depende solamente de grandes obras, sino también de pequeñas decisiones que mejoran la vida cotidiana.
Cuando comprende que el verdadero progreso comienza el día en que la indiferencia deja de ser una opción.
Quizá no podamos resolver todos los problemas de un departamento de un día para otro.
Pero sí podemos recuperar algo que nunca debimos perder: la capacidad de exigir con respeto, con argumentos y con sentido de pertenencia.
Porque quien ama su tierra no la aplaude todo el tiempo.
Tampoco la critica por costumbre.
La observa.
La cuestiona.
La cuida.
Y trabaja para verla mejor.
Tal vez el futuro del Magdalena no dependa únicamente de quienes toman las decisiones.
Tal vez también dependa de quienes nunca dejan de hacer las preguntas correctas.
Porque los pueblos que renuncian a exigir terminan acostumbrándose a recibir menos de lo que merecen.
Y ninguna tierra con el talento, la historia y la grandeza del Magdalena debería conformarse con eso.
“El día que una sociedad deja de exigir, otros empiezan a decidir hasta dónde llegan sus derechos. El verdadero cambio comienza cuando recuperamos la valentía de preguntar, de participar y de no conformarnos.”
Ives Danilo
