La Firma
Azael Maya y el camino hacia Caño de Mayo
Por Jesús Morales Pérez
Escritor Pivijayero
Jesusmoralesperez20@gmail.com
En el mes de julio del año 1985, cuando en el País del Sagrado Corazón todavía se escribía con pluma y gobernaba un presidente que andaba más ocupado inaugurando bustos que resolviendo los enredos de los pueblos olvidados. Allá, en el municipio de San Carlos, un joven profesor llamado Azael Maya se levantó más temprano de lo común, con un corazón que le sonaba como redoblante de Papayera en vísperas de fiesta patronal.
Azael tenía el alma nueva y la camisa planchada. Ese día no era cualquier día: iba rumbo a su primer nombramiento rural, ¡nada más y nada menos que en la vereda Caño de Mayo! No sabía exactamente dónde quedaba, pero según los comentarios del viejo peluquero Alcibíades —que juraba haber ido en burro allá en el 63—, estaba “lejos pero sabroso”.
A las 3:30 de la madrugada, con el cielo aún durmiendo y los gallos apenas estirándose las alas, Azael tomó el tractor lechero que pasaba frente a la casa de su tía Tulia, con destino a la finca Uruguay. Se acomodó entre calambucos de leche, racimos de guineo verde y una gallina nerviosa que no dejaba de cacarear. La brisa helada le pegaba en la cara como para despertarlo del todo. Él, sin quejarse, miraba el horizonte como quien se lanza a conquistar el mundo con una tiza en la mano.
—Hasta aquí llega el tractor, profe —le dijo un vaquero soñoliento cuando llegaron a la finca Uruguay—. Caño de Mayo queda todavía allá lejos… donde el monte se cierra solo.
Sin perder el ánimo, Azael se bajó, se echó el maletín al hombro y empezó a caminar. A los 45 minutos de trocha y canto, cuando ya el sol comenzaba a calentarle las ideas, paró un Nissan rojo que parecía sacado de una telenovela venezolana. Al volante iba un tipo de sombrero grande, y al lado, nada más y nada menos que Don Yanco, el dueño de la finca El Porvenir, leyenda viva de la región y aficionado al dominó de los domingos.
—¡Suba, maestro! —gritó Don Yanco—. Lo dejamos cerquita. Eso sí, agárrese bien, que este carro no conoce miedo.
Azael se subió y disfrutó el aire en la cara mientras escuchaba cuentos de contrabando, de toros imposibles y de una tal Clarita que encantaba hombres con solo mirar. Lo dejaron en una curva y desde allí continuó a pie, con el corazón ligero, el paso firme y un silbido que espantaba los mosquitos y alegraba a los loros.
Atravesó pozos como lagunas, barro hasta las rodillas y un caño que le llegó hasta los hombros. El agua estaba tan fría que hasta la risa se le agachó un rato. Pero ni eso le quitó el entusiasmo. Azael iba con propósito: enseñar donde el agua llega con sed y el aire cansado, como le había dicho una vez su abuelo Aniceto.
Cuando por fin divisó las primeras casas de bahareque, con techos de palma y olor a leña, el reloj ya anunciaba la tarde. Llevaba casi doce horas de viaje y parecía más contento que pelao estrenando juguete.
—¡Buenas! ¡Vengo a enseñar! —gritó desde la entrada del pueblo con una sonrisa que desarmaba cualquier cansancio.
Salieron niños descalzos, mujeres con bateas y un señor en bicicleta que parecía más bicicleta que señor. Todos lo miraban como si del cielo hubiera bajado. Porque sí, para Caño de Mayo, ese día de julio de 1985, llegó un maestro con nombre de profeta y corazón de sembrador.
Y aunque la escuela estaba sin techo completo, con pupitres que parecían cojos de guerra y un tablero tan viejo como la independencia, Azael Maya supo, con sólo respirar el aire del monte, que ahí era. Que ahí tenía que quedarse. Que el polvo, la risa y la esperanza eran parte del mismo cuaderno.
Porque así comienza todo en la vereda: con barro en los zapatos, pero con luz en los ojos. Y un maestro dispuesto a quedarse hasta que la campana suene y la historia se escriba con buena letra.
