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Geopolítica Parroquial

LA CREDENCIAL DE MARGARITA NO TIENE ESCRITURA A NOMBRE DE CAICEDO

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Fuerza Ciudadana ayudó a llevarla a la Gobernación. Pero la votación de la lista de Jorge Agudelo, la salida de figuras del caicedismo y las nuevas alianzas de Margarita Guerra muestran que la pelea no es solo por quién manda hoy: también es por quién tendrá una carta propia en 2027.

Por Víctor Rodríguez Fajardo

Carlos Caicedo ayudó a elegir a Margarita Guerra. Rafael Martínez también. Nadie tiene por qué borrar esa historia. Lo que no pueden hacer es cobrarla como si la credencial viniera con una cláusula que les permitiera gobernar desde afuera.

Margarita llegó con el respaldo de Fuerza Ciudadana, Comunes y el Partido Ecologista Colombiano. Obtuvo 188.722 votos. También contó con apoyos por fuera de esa coalición: Kelyn González, Holmes Echeverría, sectores cercanos a Elizabeth Molina y Franklin Lozano forman parte del mapa político de su elección. Desconocerlos permite contar una victoria colectiva como si tuviera un solo dueño.

Saquemos la calculadora. Meses después de la elección atípica, la lista a la Cámara encabezada por Jorge Agudelo, con Fuerza Ciudadana y Comunes, obtuvo 50.427 votos en el Magdalena. Margarita había recibido 188.722. La diferencia es de 138.295 sufragios. Comunes estaba en esa misma lista: sumarle otra votación sería contarla dos veces.

¿A quién pertenecen los votos de la diferencia? No lo sabemos elector por elector, y sería tramposo repartirlos entre dirigentes. Pero la cuenta sí obliga a preguntarles algo a quienes se presentan como dueños de toda la victoria: si los 188.722 votos eran suyos, ¿por qué su lista obtuvo 50.427 pocos meses después?

La candidata que ayudaron a elegir hoy es gobernadora. Tiene que escoger funcionarios y responder por su trabajo ante el Magdalena. Quien entra al gabinete puede tener partido, amigos e historia; cuando ocupa un despacho público, su línea de mando no puede terminar en la oficina de Caicedo.

Miremos los nombres. En abril se reportaron las salidas de Adriana Trujillo, de Educación; Claudia Oñate, de la Secretaría General; Fabián Bolaños, de Equidad y Poder Popular; Diana Celedón, de Salud; y Emma Peñate, de Talento Humano. Después salió Virna Johnson de Hacienda. También dejaron sus cargos Efraín Vargas en Infraestructura y Yannis Moscote en la Secretaría de Despacho.

Los movimientos más recientes alcanzaron a Lira Álvarez en la Secretaría de la Mujer y Daniela Suárez en Indeportes. Francisco García salió de la dirección de Aguas del Magdalena y fue reemplazado por Hernando Sánchez. La salida de García, figura de la línea dura del caicedismo, muestra hasta dónde llegó la ruptura.

Nora Elvira Anillo permanece al frente del Hospital Universitario Julio Méndez Barreneche. La «tarjeta amarilla» de esta columna es una metáfora política, no una sanción ni un anuncio sobre su continuidad: como cualquier gerente, tendrá que responder por resultados y cuentas claras. Lo mismo vale para quienes acaban de llegar. Pedro Pueblo no gana nada si un grupo reemplaza a otro y los problemas siguen intactos.

En la Asamblea también cambió el clima. El enfrentamiento durante el gobierno de Martínez dejó iniciativas represadas, incluida la discusión del superávit. Margarita abrió un camino de entendimiento con los diputados. Ahora le corresponde demostrar que esos acuerdos producen inversión para los municipios y no se agotan en cuotas.

Con la Nación eligió tender puentes. Lo hizo durante el gobierno de Gustavo Petro y lo hace ahora con el de Abelardo de la Espriella. Caicedo hizo de su oposición a Iván Duque una bandera. Margarita entiende que puede discrepar de un presidente y, aun así, sentarse a gestionar los recursos que necesita el Magdalena. Las obras no se pagan con el aplauso de una bodega.

Hay que reconocérselo: Margarita ha elevado la figura de quien gobierna desde el Palacio Tayrona. Ejerce el mando, construye interlocución y ocupa el lugar institucional que le corresponde. Esa estatura, por supuesto, eleva también la exigencia de resultados.

Pero esta pelea no termina en el gabinete. En el mapa que he venido describiendo para 2027 hay cinco centros de poder: el pinedismo, el abelardismo, el Pacto Histórico, Fuerza Ciudadana y el proyecto propio de Margarita. Ella ocupa el Palacio Tayrona, tiene interlocución territorial y tendrá peso cuando se dispute su sucesión. Eso no autoriza a usar recursos públicos en campaña; explica por qué su autonomía incomoda a quienes quisieran decidir esa elección por ella.

En mi lectura, Magda Alarcón aparece como eventual carta del entorno de Margarita para la Gobernación y Jorge Agudelo como opción de Fuerza Ciudadana para Santa Marta. Son posibilidades, no candidaturas definidas. Kelyn, Elizabeth, Franklin y Holmes también tienen sus propias cuentas. Haber acompañado a Margarita no compromete de antemano el voto de nadie en 2027.

La gobernadora ha denunciado una presunta campaña de desprestigio. Que se investigue. Tampoco llamaré saboteador a cada funcionario que salió: si hubo decisiones frenadas u órdenes desatendidas, que hablen los documentos. La crítica política es legítima; atacar coordinadamente la honra de una persona es otra cosa.

Margarita, reconozca a quienes la ayudaron a llegar. Luego gobierne. Escuche a los alcaldes, acuerde con la Asamblea, gestione ante la Nación y muestre obras. Esa es la manera de demostrar que su independencia sirve para algo más que ganar una disputa de poder.

Caicedo puede decir que la llevó al Palacio Tayrona. Lo que no puede es reclamar la escritura del edificio político que ella construya desde allí. En 2027 sabremos si Margarita consiguió que su propia carta pesara más que el permiso de quienes todavía se creen dueños de su credencial.