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SEMILLAS EN LA ARENA

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Jesus Morales Perez

Escritor Pivijayero

jesusmoralesperez20@gmail.com

En un rincón de tierra calurosa y dorada, donde el sol parecía eterno y el viento arrastraba el olor dulce de los cultivos, vivía Don Manuel, un hombre de pocas letras, pero de mucha sabiduría. De tez curtida por los años y la faena, recorría las veredas a lomos de su fiel burro, llevando consigo semillas de maíz, yuca, frijol y ajonjolí, como quien carga no sólo alimento, sino esperanza.

Don Manuel era conocido por todos en el pueblo: un hombre honesto, justo, humilde y siempre dispuesto a tender la mano a quien lo necesitara. Cuando había disputas entre vecinos, bastaba su palabra serena para que la calma regresara. Su casa, de paredes de barro y techo de palma, era un refugio para propios y extraños.

Más que los campos y las cosechas, a Don Manuel le preocupaba algo que no podía sembrar con sus manos: el legado que dejaría a sus hijos y a quienes vinieran después. Sabía que el tiempo, como las estaciones, no se detiene, y que algún día sus pasos sobre la arena serían sólo un recuerdo.

De una de sus hijas nació Julián, un niño inquieto de mirada brillante. Desde pequeño, Julián encontró en su abuelo no sólo un compañero de juegos, sino un maestro de vida. Se trepaba sobre el burro junto a él, y entre brincos y risas, escuchaba atento las historias que Don Manuel hilaba como quien teje una manta al atardecer.

—Recuerda, hijo —decía el abuelo mientras sembraba las semillas en la tierra caliente—, el que siembra con amor, cosecha en abundancia, aunque tarde en llegar la lluvia.

Julián bebía de esas palabras como quien bebe agua fresca en medio del calor. Aprendió que la honestidad no es un adorno, sino una raíz profunda. Que la justicia se siembra primero en el corazón. Que la humildad abre más puertas que la fuerza. Y que servir a otros es sembrar en ellos una parte de uno mismo.

Los años pasaron, y un día, como cae un árbol antiguo, Don Manuel partió. La noticia se extendió por el pueblo como un susurro triste. Julián, ya casi hecho un joven, sintió un vacío profundo, como si la tierra misma hubiera dejado de latir bajo sus pies.

Pero el dolor, como la lluvia en los campos resecos, también trae vida nueva.

Con el pasar de los días, Julián descubrió que su abuelo no se había ido del todo. Estaba en la forma en que estrechaba la mano de un amigo, en su empeño por ser justo, en su respeto por la tierra y los hombres. Estaba en cada historia que ahora él contaba a otros, perpetuando las semillas que su abuelo, sin saberlo, había sembrado en su alma.

Así entendió que el verdadero legado no son tierras ni bienes, sino la siembra invisible de los valores que florecen, aun cuando quien los sembró ya no camina entre nosotros.

 

Y en medio de aquel pueblo de arenas calientes y vientos sabios, Julián siguió adelante, llevando en su corazón la voz serena de Don Manuel, como una canción que no conoce olvido.