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El llamado de los ángeles…
Por: Gerardo Angulo Cuentas
gerardo@angulo.com.co
Imagínense que una mañana, sin aviso previo y con esa delicadeza administrativa que suele aparecer cuando ya no hay alternativa, unos ángeles nos invitaran a los samarios a un retiro espiritual obligatorio. Tres días completos encerrados en nuestras casas. Nada de bajar a la tienda, ni de ir a la playa a comprobar que el mar sigue allí, ni de atravesar la ciudad con la fe puesta en que el agua salga antes que la paciencia. Tres días para pensar.
Los ángeles, que evidentemente conocen la logística local, nos ofrecerían todas las garantías. Garantía de permanecer quietos. Garantía de mirar por la ventana. Garantía de no llegar tarde a ninguna parte, porque sencillamente no habría parte a dónde llegar. Y, por supuesto, garantía de que aquí no existe extorsión: los ángeles cuidan al comerciante, al conductor, al tendero y a quien tenga la imprudencia de abrir una cortina. Si el ángel dice “hoy meditamos”, se medita; no hay necesidad de preguntarse por qué ni de llenar formularios de denuncia. Eso es fe ciudadana.
Y ya que estamos sentados en la sala, con el ventilador haciendo su diplomado acelerado en supervivencia tropical, podríamos aprovechar para preguntarnos una cosa seria: ¿qué clase de Santa Marta queremos cuando volvamos a salir?
Porque Santa Marta tiene la costumbre de venderse como paraíso y vivirse como examen sorpresa. Tenemos Sierra, mar, bahía, historia, pescado, atardeceres que deberían cobrar matrícula y una ubicación que haría llorar de emoción a cualquier consultor de competitividad. Pero también tenemos esa capacidad caribe, casi artística, de acostumbrarnos a lo inaceptable mientras hacemos un chiste para no perder la tarde. Si el agua no llega, se comenta. Si la calle se vuelve una carrera de obstáculos, se comenta. Si la tranquilidad se encierra, se comenta bajito. Después alguien sube una foto bonita de El Rodadero y seguimos.
Tal vez el retiro serviría para aceptar que el progreso no es una valla publicitaria ni una infografía con flechas hacia arriba. Aunque, pensándolo bien, ¿para qué abrir colegios si los muchachos pueden quedarse en casa haciendo esa reflexión profunda que tanto ennoblece el encierro? Tres días sin clase también son una pedagogía: se aprende pronto que la aritmética, la química y la historia pueden esperar, mientras uno perfecciona el arte de no salir. Y ¿para qué alcalde, si los ángeles ya administran la agenda, cuidan las calles y nos organizan la vida desde las alturas? Esa gerencia celestial tiene ventajas: no da ruedas de prensa, no promete soluciones y, por tanto, jamás incumple.
Pero fuera de esa devoción por lo sobrenatural, progreso es poder abrir la llave y que salga agua sin tener que consultar el horóscopo. Es que un niño pueda ir al colegio sin que la familia tenga que calcular el riesgo como quien planea una expedición al Darién. Es que el comerciante abra con la certeza de que la jornada dependerá de sus ventas, no de fuerzas que no aparecen en el recibo de Cámara de Comercio. Es que el turista encuentre una ciudad hermosa, sí, pero también predecible en lo elemental: agua, movilidad, seguridad, limpieza y respeto.
En el retiro podríamos hacer una lista de pecados colectivos. El primero: creer que todo lo debe resolver el alcalde de turno, como si cada cuatro años cambiáramos de mesías y no de administrador. El segundo: pensar que la ciudadanía solo existe para protestar, votar, pedir favores o grabar videos indignados. El tercero: asumir que porque vivimos frente al mar estamos autorizados a echarle al agua, al espacio público y a la convivencia todo lo que no queremos ver en la sala de nuestra casa. Santa Marta no va a mejorar por decreto si los samarios seguimos tratándola como casa ajena.
También habría que confesar nuestra devoción por la obra inaugurada y nuestra alergia al mantenimiento. Nos emocionan la cinta, la tarima, la maqueta y el render con palmeras. Nos aburre el contrato serio para revisar tuberías, limpiar canales, cuidar parques, medir pérdidas, castigar al que roba y publicar datos que se puedan entender. Pero una ciudad no se gobierna con tijeras para cortar cintas; se gobierna con la humilde obsesión de que funcione lo que nadie fotografía.
Y el agua merece capítulo aparte, casi sacramento. Resulta una ironía hidráulica vivir entre la Sierra Nevada, los ríos, el mar y las lluvias que de vez en cuando caen como si el cielo hubiera roto una alberca, y aun así convertir cada día seco en un debate sobre tanques, carrotanques, mangueras, bombas y promesas. Santa Marta necesita dejar de hablar del agua como emergencia perpetua y empezar a tratarla como derecho, sistema y prioridad de Estado local. Eso significa proteger cuencas, reducir fugas, ampliar redes, cuidar las fuentes, transparentar las inversiones y exigir resultados medibles. Menos milagro y más ingeniería; menos discurso de verano y más planificación de invierno.
Al tercer día, cuando los ángeles nos permitan asomarnos otra vez, quizá salgamos distintos. No iluminados, porque en esta ciudad ya suficiente tenemos con los bajones y apagones ; pero sí un poco menos resignados. Quizá entendamos que la paz no es solo ausencia de ruido ni la obediencia silenciosa a una señal del cielo. Es poder habitar sin miedo, trabajar sin extorsiones, circular sin amenazas y disentir sin que la vida se vuelva una apuesta. Y que una ciudad progresista no es la que presume de futuro, sino la que garantiza presente.
Entonces, cuando el retiro termine, podríamos hacer algo revolucionario: volver a Santa Marta con ganas de cuidarla, vigilarla y exigirla. No como quien reclama un favor, sino como quien defiende su casa. Porque este paraíso no necesita más eslóganes. Necesita agua, paz, instituciones que funcionen y ciudadanos que dejen de esperar que los ángeles hagan el trabajo que nos corresponde a todos.
