La Firma
Cuando los domingos olían a la casa de los abuelos
Por: Ives Danilo Díaz Mena
Había una época en la que los domingos comenzaban mucho antes de que saliera completamente el sol.
En la casa se escuchaban los primeros movimientos, las puertas que se abrían, el agua corriendo, las voces de los adultos y ese particular afán de los niños por saber cuándo nos íbamos.
Porque los domingos tenían una misión casi sagrada: primero, ir a la casa de Dios a dar gracias por las bendiciones recibidas; después, visitar a los abuelos.
Y ahí comenzaba lo bueno.
La casa de los abuelos parecía enorme. Tenía un patio o una terraza que para nosotros no era simplemente un espacio de la casa: era un universo entero.
Allí terminábamos llegando todos.
Los tíos, las tías, los primos y hasta aquel tío que aparecía alegre, con unas cuantas cervezas encima y una sonrisa que anunciaba que el domingo apenas comenzaba.
Los niños llegábamos bien cambiados, peinados y, muchas veces, hasta llorosos porque no queríamos salir de casa.
Pero unas horas después ya nada de eso importaba.
Primero desaparecían los zapatos.
Y cómo no.
Correr descalzos por la sala, atravesar el patio, subir y bajar, perseguirnos unos a otros… aquello era la gloria.
Después venía la incursión más peligrosa: meternos a la cocina a probar, sin autorización, lo que estaban preparando las abuelas y las tías.
Porque ese día el menú era especial.
Había algo diferente en la comida de los domingos. Quizás era el sazón de la abuela, quizás el olor que se quedaba en toda la casa o quizás simplemente que sabíamos que después del almuerzo venía el premio mayor: el postre.
Pero antes había que jugar.
La pelota.
La lleva.
El fusiliao.
La yuca.
El yervi.
Los carritos.
O a el escondio, como le decimos por estas tierras.
Y cualquier otro juego que se nos atravesara por la cabeza.
No necesitábamos mucho.
Un espacio, unos primos y suficiente imaginación para convertir cualquier rincón en una aventura.
Terminábamos sudados, despeinados, con las rodillas sucias y la cara convertida en mapa de nuestras travesuras.
Entonces aparecía el calor.
Y con él, el antojo de un raspao, un boli, una paleta o un helado que llegara como salvación para aquellas pequeñas criaturas que parecíamos haber pasado el día entero corriendo bajo el sol.
Después volvíamos al patio.
Siempre había algún árbol dispuesto a regalarnos algo.
Mangos, torombolos, nísperos, limones, peritas de la roja, icacos… dependiendo de la casa y de la temporada, la naturaleza también hacía parte de la fiesta.
Recuerdo especialmente aquellos patios inmensos de algunas de mis bisabuelas, donde parecía que los árboles habían sido sembrados para nosotros.
Y entonces llegaba el momento que ningún niño quería que llegara:
¡A lavarse las manos, que vamos a almorzar!
Ahí cambiaba todo.
Había que ponerse nuevamente presentables.
Codos fuera de la mesa.
Comer en silencio.
Terminar el plato.
Y solo después, si habíamos cumplido con todas las reglas, aparecía el bendito postre.
Luego descansábamos un rato, pero no demasiado.
Porque en aquellos domingos no había celulares, tabletas ni internet.
No había videojuegos en línea ni redes sociales.
Nos tocaba algo mucho más poderoso:
inventar.
Y vaya que inventábamos.
Creábamos mundos con una pelota, una bicicleta, una caja, una rama o cualquier cosa que encontráramos.
Hoy, cuando miro hacia atrás, entiendo que quizás no teníamos tantas cosas como tienen los niños de ahora.
Pero teníamos tiempo.
Teníamos patios.
Teníamos primos.
Teníamos abuelos.
Teníamos vecinos.
Teníamos tardes interminables.
Y, sobre todo, teníamos la posibilidad de aburrirnos lo suficiente para que la imaginación hiciera su trabajo.
Después comenzaron a irse los abuelos.
Y con ellos, poco a poco, también se fueron apagando aquellos domingos.
Las casas dejaron de llenarse como antes.
Los primos crecieron.
Los niños dejaron de correr descalzos por la sala.
Las familias se hicieron más pequeñas.
Y aparecieron nuevas formas de entretenernos que, aunque tienen su encanto, no se parecen a aquellas.
Tal vez por eso algunos recuerdos tienen ese extraño poder de hacernos volver.
Basta un olor.
Una canción.
El sabor de un mango.
El sonido de una pelota golpeando el piso.
El calor de una tarde de domingo.
Y de repente estamos otra vez allí.
Descalzos.
Sudados.
Con los primos.
Esperando el postre.
Sin saber que estábamos viviendo una de esas épocas que, con los años, terminaríamos llamando felicidad.
Quizás eso era lo maravilloso de aquellos domingos: no sabíamos que eran inolvidables mientras los estábamos viviendo.
Hubo una última reunión, un último juego, una última visita y no nos dimos cuenta cual fue.
¿Quiénes vivieron aquellos domingos?
¿Qué juego, sabor, travesura o recuerdo creen que me faltó mencionar?
Los leo.
Porque seguramente, en algún lugar de nuestra memoria, todavía existe aquella casa de los abuelos.
