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Opinión: Temor que invade

Opinión Caribe

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Por Rubén Darío Ceballos

Está de moda en estos tiempos ‘culpar’ a todos, menos a quienes son los verdaderos responsables de la debacle de las instituciones del Estado. No se ha entendido que en cuestiones de liderazgo ‘negar’, ‘culpar’ y ‘justificar’ no son palabras para utilizar en estas lides. No se ha entendido tampoco, que todos los males que nos aquejan hoy, son el resultado de años de deterioro político que han desgastado la raíz, el basamento, de la sociedad, otrora calendas bien construidos.

Hay quienes piensan que todo aquello que ya no funciona se debe al ‘desgaste’ de un sistema que ya dio de sí y que se debe cambiar por uno más acorde con los nuevos tiempos que nos ha tocado vivir. Pero pocos reparan en que, del tamaño de la irresponsabilidad de quienes han sido los responsables de guiar los destinos de la nación en los últimos cuatro decenios, es el daño que han sufrido las instituciones del país.

En estos tiempos, da cosa ver todos los días y constatar la remoción del lodo, entre quienes están en la cosa pública y política. Especializados están en lavar por fuera la ropa sucia, en orear los trapitos, exponerlos al sol, irse lanza en ristre contra sus adversarios porque sí, sin más argumentos que el pretender “hacer daño”.

No hay preocupación, ni siquiera remotamente, en proponer soluciones a los problemas que enfrentamos. Es una guerra sucia en donde los dizques actores de la vida política son exhibidos en conversaciones privadas Non sanctas, poco y nada edificantes para la sociedad y en negocios subrepticios de los que se han aprovechado para acumular riquezas provenientes del erario.

Pero hay más, porque lo peor de todo es el proverbial descaro con que se comportan, a pesar de sus demostrados inadecuados e inconvenientes desaciertos, mismos que de haber pronta y cumplida justicia, así como un real y verdadero Estado de Derecho, ya los hubieran llevado, en el mejor de los casos, a ser desbancados de sus responsabilidades públicas por malos servidores.

Peor aún, consideran que las gentes, lesionadas gravemente por sus tropelías, no se da cuenta de quiénes han debilitado a las instituciones del país, son ellos, con su comportamiento, acciones y bajezas. De ahí el clima social prevaleciente. Pasan por encima de cualquier señalamiento y pretextan que se trata de una fiera campaña en su contra, contra la institucionalidad, Piensan, igualmente, que la sociedad les cree, a pesar de ser conscientes que ésta comprueba a diario su denigrante desempeño al frente de las instituciones que en el pasado nos engrandecieron y que hoy han sido esquilmadas y saqueadas, por quienes hoy se quejan de ‘intentos deliberados’ para cuestionar y desacreditar.

Más grave todavía, es que esto parece no entenderlo la sociedad; que a quienes más cuestiona y desacredita son a quienes han entronizado en las instituciones, las llevan a la quiebra y se hacen reelegir. No se entiende que el problema no son las instituciones, sino, quienes en su afán por tener poder, las han llevado más allá de los límites de la ineficiencia, la corrupción y la corruptela. La sociedad no debilita a nadie. Es el funcionario corrupto e ineficiente el que ha llevado a la debacle a nuestro territorio, con el riesgo de que el malestar social sea tanto, que haga inviable a futuro el sistema democrático.

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