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Columnistas

No hubo fiesta, pero hubo emoción

Opinión Caribe

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Por Cecilia López Montaño

Por fortuna el 26 de septiembre en Cartagena de Indias no hubo fiesta en la firma del Acuerdo de La Habana por parte del presidente Santos y de ‘Timochenko’, comandante de las Farc.

Fue una ceremonia sobria, llena de contenido de inclusión social y de presencia regional. Quien interpretó el himno nacional en la ceremonia fue la orquesta de niños de Baranoa, municipio del departamento del Atlántico; un grupo de mujeres alabadoras de Bojayá, expresaron su dolor de manera conmovedora; el coro de niños que interpretó el Himno a la Alegría, vino de Agua Blanca en Cali, un barrio marginado de esta ciudad; la presentadora del acto fue Mabel Lara, digna representante de Puerto Tejada, Cauca. Difícil mostrar de mejor manera nuestra diversidad cultural y la riqueza de las distintas regiones de este país.

No hubo fiesta, y en eso tiene razón Paloma Valencia en su sarcástica columna en el Nuevo Siglo. Entre otras, porque no se trataba precisamente de eso. Los asistentes a este Acto que esperábamos dividiría en dos la historia nacional, fue incluyente, con una representación masiva de sectores del país que, por razones ideológicas, económicas o de raza se habían mantenido, muchas veces a la fuerza, fuera del foco nacional. Los excluidos fueron otros. Poco Jet Set, cero desfile de modas porque hubo más variedad en las vestimentas de los hombres que en las mujeres. Todas de blanco de pies a cabeza se veían iguales, algo absolutamente inusual en este país estratificado y clasista.

En vez de fiesta hubo lágrimas hasta del presidente Santos. Lágrimas de las víctimas cuando en su honor sonó una trompeta como un penoso recuerdo de dolor. Y lo que sí abundó fue emoción, una población en pie dándole la bienvenida al Acuerdo; reconociendo la labor de Humberto de la Calle, el perdón de ‘Timochenko’, la pasión inusual del Presidente. Los aplausos sonoros de los representantes del mundo que acompañaron al país en este momento histórico.

También lo que abundó y se debe reconocer, fue la generosidad que desbordaba la forma como se relacionaban los asistentes, sin distingo de clases, de posición, de color de piel, de región. Eso nada más mostraba que muchos colombianos, desafortunadamente no todos, estábamos listos para ser distintos, sin odios, sin mentiras, sin exclusiones ofensivas e innecesarias. Ese fue el espíritu que predominó, el aire que compartimos todos los que asistimos a ese acto trascendental.

Sí Paloma, no hubo fiesta en Cartagena, por fortuna. Pero vale la pena recordar que fiesta sí hubo en Bojayá, donde ocurrió una de las peores masacres de este conflicto que llegó a su fin. El lunes 26 de septiembre, las Farc les pidió perdón, y en esa zona tan golpeada, a lo largo del río Atrato, se han venido congregando cientos de personas a celebrar el Acuerdo, el fin de su triste historia, la esperanza de un futuro en paz para ellos y sus hijos y nietos. Y seguramente hoy sí habrá lágrimas, pero esperamos sinceramente que con paso lento pero seguro, aquellos que sí sufrieron la guerra y no quienes la vieron solo por televisión, empiecen a identificar muestras claras de que por fin se abren puertas para una vida en paz, y sobre todo para poder disfrutar realmente de momentos de felicidad.

Colombia, donde todo se vuelve fácilmente rumba, está aprendiendo a ser serio, sobrio e incluyente, y el 26 de septiembre pasado se dieron los primeros pasos en esa dirección. Y hoy cuando la conclusión es que Colombia son dos países, ojalá la grandeza un poco escasa entre algunos líderes, no entierre la esperanza de la mitad del país, de alcanzar por fin la paz.

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