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Sin miedo y para adelante toca

Opinión Caribe

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Por: Saúl Alfonso Herrera Henríquez

Se dice del miedo que es una pasión valiosa en el ser humano que lleva a huir de un peligro posible que no está presente. Popularmente lo refieren como algo que no deja luchar y sin lucha nada es dable; lo que lleva a preguntar si es más peligroso el hoy que el ayer: o, si vivimos con un miedo que agiganta los posibles daños en nuestro entorno.

Todo nos indica que estamos inmersos en una cultura miedosa y pesimista sobre nuestra capacidad para afrontar la adversidad y por ende la resiliencia, siendo claro que cada vez la información sobre riesgos es mayor. La percepción de mayores miedos y la sensación de contar con menos recursos para enfrentarlos genera una sociedad ansiosa y angustiada; de ahí que lo que cause la mayoría de los miedos no sea tanto la experiencia real de la gente, sino la agobiante información. Irónicamente, existen estrategias para dar al público una impresión de seguridad, aunque no se mejore la seguridad realmente; lo que implica que el discurso público haya puesto el acento cada vez más en el miedo, lo que ha generado consecuencias imprevistas y nada edificantes, ya que con tal de alejarnos de los miedos estamos dispuestos a limitar las mismas libertades que antes no contemplaríamos.

Un ejemplo de tales asertos es que optimismo y progreso, presentes anteriormente, parecen trocados en una preocupación continua sobre el futuro y en un pesimismo ante la incertidumbre, lo que arroja que el cambio de percepción sobre el presente y sobre el futuro se debe, en gran medida, a esa cultura del miedo que nos está corroyendo.

Hoy, con razón o sin ella, le tenemos miedo a todo; y lo que es paradójico, la gente con mayor seguridad económica es la que más se preocupa y más teme a lo incierto. El miedo es útil, sostiene algunos, en los casos donde podemos evitar situaciones dañinas, incómodas o amenazantes; sin embargo, ello se ha potenciado y colonizado personas y comunidades hasta afectar en alto grado los sufrimientos que pretende evitar.

Los males poco probables, por el hecho de ser posibles, resultan alarmantes, pues la mayor parte de nuestras preocupaciones se relacionan con cosas que nunca suceden y, sin embargo, las experimentamos física y sicológicamente como si se hubiesen dado. La cultura del miedo huye de las inseguridades y genera nuevas, muchas irrealidades. Antes existía un consenso moral sobre bueno/malo, conveniente/inconveniente. Hoy ese consenso es débil, y ha surgido una nueva moralización, referida a conductas de riesgo, que restringe nuestra libertad y es intolerante cuando es cuestionada.

Peligro mayor de la cultura del miedo es que otorga un poder abrumador a los poseedores de los mayores medios en la sociedad (políticos, comunicadores, millonarios) que cuentan a su favor con todo un aparato de manipulación eficaz capaz de orientar voto, conducta y hasta el pensar. Mucho miedo, engrandecimiento de los peligros, antipatía a lo inseguro y poca resistencia al dolor son combinaciones peligrosas para el ciudadano común y eficaz para quien manipula, que lleva a caer en una dictadura del miedo, a pesar de vivir en democracias.

El miedo hay que revalorarlo, darles exacto lugar y dimensión, regresarle su poder cuando sucede en el contexto y proporción adecuados. Socialmente requerimos sensatez para valorar el costo beneficio de las restricciones ante sucesos que se darían con baja probabilidad. En espacios educativos, hay que evitar a jóvenes y niños peligros innecesarios, ayudarlos a enfrentar dolor y dificultad, darles confianza en que pueden superar los obstáculos y aceptar lo dramáticos que no podrán cambiar. La formación de la resistencia y la aceptación, sin excesos innecesarios, darán grandes dividendos. Resistir y aceptar son alternativas a la dictadura del miedo que se nos quiere imponer.

 

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