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No me da la gana – Sencillo homenaje a Ramón Illán Bacca

Opinión Caribe

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Por Ricardo Villa Sánchez

Por muchos años seguí el mito de que hubo una gran conspiración de los germanos, después de la primera guerra mundial, para apoderarse, de la Costa Caribe colombiana, incluyendo a Panamá. En algún artículo de un periódico de ayer, hasta había leído que luego de la declaratoria de guerra de Colombia a Alemania en 1943, después de que hundieran tres buques de bandera nacional en el caribe, el Destroyer ARC Caldas en 1944 (si, el mismo de Relato de un Náufrago) habría hundido un submarino Nazi, muy cerca de Colón, Panamá.

Después de los que se ubicaron en los santandares, como colonos, tal cual como lo describe en La otra raya del tigre Pedro Gómez Valderarrama, habría llegado a Santa Marta y a la novísima Barranquilla, la segunda migración teutona, con varios inversores que, a partir de la primera guerra mundial, algunos desde el exilio, habrían fundado empresas cerveceras, farmacéuticas, navieras, fàbricas, colegios y hasta implementado la primera aerolínea comercial del mundo: Escadta, curiosamente por familias judeo-alemanas. También, conocí en la clase de Economía Política, sobre las historias de los campos de concentración entre 1943 y 1945,en Sabaneta en Fusagasugá y Cachipay (después de expropiarle a Japoneses y Alemanes sus inversiones en nuestro país) y, hasta en el marco de la teoría de la conspiración, para el escritor Abel Basti, Hitler, luego de fingir su muerte, habría de pasar por Colombia, durante un corto tiempo, en plena dictadura de Rojas Pinilla en su viaje final hacia el Brasil, donde dicen habría de morir en los años 60. Todo esto lo tenía en la cabeza, casi creyéndome el Daniel Estulin criollo, cuando llegó a mis manos Deborah Kruel, de Ramón Illàn Bacca y me la devoré en un fin de semana, así tuviera el siguiente lunes un quiz de Ideas Políticas; cuando, sorprendido, leía a un autor colombiano que relataba toda una historia de espionaje Nazi, que empezaba en mi natal Santa Marta, pero que parece, más bien, un retrato, de nuestra aristocracia criolla.

Desde los cubículos de la Luis Ángel Arango, alcancé a leer también Marihuana para Göering, la primera novela de Ramón Illán Bacca, que también la adaptaron al teatro, una especie de Cuatro años a bordo de mismo, de Eduardo Zalamea Borda, pero sin el dejo del Ulises de Joyce. Después hojeé algunas de sus columnas de prensa y lo que hacía en el suplemento cultural del Diario del Caribe, en la hemeroteca, a través de ese extraño aparato, que parecía un robot, lector de textos microfilmados, que allí se usaba.

Tiempo después pedí su obra Maracas en la Opera, con la afiliación que sólo incluía préstamo de libros, de la Biblioteca Luis Ángel Arango, donde me escondía después de clases de comunidad de Derecho Constitucional, en las lomas frías de nuestro Egipto, con plaza La Concordia, en la capital; que había comprado con una parte de “la regla”, como le llamábamos en la universidad, los estudiantes costeños, al giro que nos enviaban nuestros padres, mamando gallo porque venía una vez al mes y duraba cuatro días, hasta él mismo, padeció este cuento, aunque le sirvió para empezar a escribir, por ejemplo, cuando el difunto Jorge Consuegra en una entrevista le pregunta: “¿Primero nació el periodista o el escritor?, y el Ramón Illán, que conocimos, le contesta, con sorna: – Yo les escribía a mis parientes pidiendo plata. Las cartas pasaban de mano en mano porque las encontraba divertidas y entretenidas. El propósito, o sea, la mesada no se lograba, pero las pequeñas crónicas de mis avatares universitarios fueron publicadas en algún periódico de la localidad. Se ve que periodismo y escritura estuvieron de la mano.”

De todos modos, para esas fechas, no tenía ni idea de quién era el autor, que poco antes de cumplir los 83 años, murió este 17 de enero en Barranquilla. Tampoco que era samario, que su madre habría muerto pocos días después de su parto y que su padre también se había ido, dejándolo al cuidado de las propias tías que parecía se habían puesto de acuerdo, con sus amigas, para no casarse, ni dejar descendencia a la humanidad, sino sobrinos malcriados, regados por el mundo, algunos con la genialidad a flor de piel u otros que revolviendo papeles, como diría Sábato, en Abaddón El Exterminador, encuentran una arrugada fotografía en la que van sonrientes de la mano de una madre que ya es tierra y planta, mientras este personaje abre los ojos y se da cuenta que nunca fue el gran médico o héroe, que la madre imaginó, sino cualquier oscuro empleado por ahí. Bueno Kafka escribió su vasta obra en esa oscuridad y Ramón Illán Bacca, huyó de esa opacidad, para crecer, y sobrevivir, en la floreciente Barranquilla, entre las aulas, las rotativas, la bohemia, los libros y las letras, a pocos pasos de su ciudad natal. Qué más se puede pedir.

Algunos años después, en las tertulias literarias que organizaba la maga para la Agenda Cultural de la Universidad del Magdalena, lo escuché conversando sobre historia de Santa Marta, con otro que también nos dejó, el ilustre historiador colombiano José Rafael Dávila, por allá en los albores de 2005. Conversamos un poco, le conté que había leído tres de sus obras, y que quería ser escritor. Él me escrutó, como si estuviera picando el ojo o mirando por un catalejo pirata, después se rio, me puso su mano pecosa en el hombro, para decirme sólo: sigue así, se rió de oreja a oreja, me dio la espalda y se fue con otro joven inquieto que lo abordó.

Cada vez que me lo encontraba en algún lanzamiento de un libro, en los corredores de la Uninorte, donde estudié la maestría que uno de sus fundadores fue el profesor cienaguero Alfredo Correa de Andreis, en conferencias o en eventos culturales, en fin, conversábamos con tranquilidad, sin afanes, aunque, más bien, lo escuchaba.

Quizás en uno de estos encuentros, cuando aún yo no había abandonado el sueño literario, en el primer Carnaval de las Artes, en Barranquilla, conversamos largo rato. Pedimos un tinto en la confitería, nos sentamos, en unas poltronas en el vestíbulo, afuera de las puertas dobles de madera de las graderías de la sala, le conté que andaba con la idea de compilar una serie de entrevistas a escritores de la costa norte colombiana, aún inédita, que después se amplió a otro combo, y hasta lo había titulado de manera pomposa: Plumas del Caribe. Él, ni corto ni perezoso, sólo me dio su correo electrónico, hizo algún aislado comentario, me refirió un par de escritores, que ya tampoco están: José Stevenson y Roberto Burgos Cantor, y que, por avatares de la vida, tampoco alcancé a entrevistar⸺, luego dijo entre dientes, mándame las preguntas, sonrió y me cambió el tema.

Empezó a hablarme de la relación de amistad que desde hace generaciones existía entre su familia y mi familia materna y que había sido amigo cercano de mi padre. Frase que durante un tiempo escuché mucho, pero esta vez tenía visos de ser verdad. Después me dijo qué hacía en Barranquilla, que ya pensaba pensionarse pero no sabía si la mesada le iba a alcanzar para sobrevivir. Se quedó pensando, callado, un rato, como mirando al techo, para luego volver atrás, poco a poco fue contándome apartes de su vida, mientras se enfriaba el tinto y a mí me picaban los dedos de la mano derecha, por querer acompañar el café, con el humo azul del tabaco rubio, otra ilusión de maridaje, que también más temprano que tarde, abandoné. Ramón Illán hablaba con una cadencia del que no le preocupa reírse de sí mismo, que a pesar de las dificultades, podía confesar que había vivido, que había podido ser, con una dicción suave, caribe, y una sonrisa acogedora, que lo hacía pensar a uno que estaba conversando con un viejo sabio.

Siempre recuerdo esa tarde en la exposición en los corredores del segundo piso del teatro Amira de la Rosa, cuando le pregunté: Masters y ¿por qué te fuiste de Santa Marta?, para qué fue eso. Con sorpresa, empezó a hablarme fue de su regreso a la ciudad, después de salir a estudiar, para graduarse de abogado.

En ese momento, vivía una situación parecida, de la que salí avante quizás por la magia, el amor, o la huida. Mientras Ramón hablaba sobre su vida en aquellos tiempos en Santa Marta, yo pensaba en que parecía estuviera mirándome por un espejo. Algo así como que uno siempre añora ver El Morro al atardecer, cuando está en otras aguas, al otro lado del charco o en heladas montañas, pero en la hora boba de la una de la tarde, cuando reside en estas tierras, siempre siente nostalgia de otros lares. Un cuento del gallo capón.

Pero, el cuento no es sobre ese peregrino sentimiento, sino sobre aquella conversación, con quizás el mejor escritor de los últimos tiempos, nacido en Santa Marta, en gran disputa por el podio, con el poeta José Luis Díaz-granados. Bueno, esto no es una competencia, ni hay punto de partida o de comparación. Además, no sabría si esta afirmación la hago por el dolor de su partida, o por afecto y valoración o porque así, a estos dos grandes de la literatura, los he conocido.

Pero volvamos a su regreso a casa, después de terminar su carrera de derecho, en la Universidad Libre, vino a Santa Marta a intentar ejercer su profesión. Ahí quedamos. Cuando tocó puertas, fue adonde los abogados litigantes veteranos, se acercó a los periódicos, y nada. Un amigo de un pariente de otro que era copartidario y amigo «personal» del gamonal local, algo así como la historia de los fundadores de Macondo que cuenta Gabriel García Márquez en Cien años de Soledad, en la época en que “todo el mundo se conocía” en Santa Marta, como le escuché algunas veces decir a mi circulo de ancestros familiares.

Esta amigo que era como su hermano, seguro así pensaría, le habría de comentar que podría conseguirle una cita con este político que quizá, era de aquellos que no sabía qué era un debate en el Congreso, los que nunca hablan, que dicen “para que hablo si nadie escucha” o que razonan que “el parlamento embrutece”, como bien lo describen en el perfil del congresista colombiano en Penumbra en el capitolio, sin embargo, se creen, o para muchos lo son, dueños de su plaza, de cualquier puesto en su comarca; y cualquier negocio, decisión política, inversión local, tiene que pasar por su silla y como si tuvieran el martillo del Juez, escogen y deciden, a dedo, que va a pasar o quien va a estar, o hasta interiorizan el cuento de terror de que son dueños de la vida y destino de sus adeptos, a quienes “ayudan” a cambio de un favor mientras todo lo que hacen o dicen, está bien y nadie los puede controlar, para ellos contrariar porque en esa ética premoderna o es amigo o es enemigo.

Este personaje, novelesco, que, desde cualquier orilla que se mire, se comporta similar, como que le habría de conseguir su primer trabajo en una entidad nacional, luego como Secretario Privado en el despacho del gobernador nombrado también a dedo, por el presidente de turno, de golpe, después Ramón en su periplo burocrático, por otras razones, llegó a estar en la rama judicial, en Fonseca, en La Guajira mía, fue Juez en Remolino, y en el pueblo de mis abuelos, El Piñón, en el departamento del Magdalena.

Un día, después del viaje de vuelta, cruzando el río en un planchón, para después andar en un jeep Willis que iba a 20 kms por hora, siguiendo la trilla de escalerilla, por varias horas, en el sopor del veranillo en Santa Marta, quizá pensó que vivía una vida prestada, que se aburría como un abanico de techo, además de que le empezarían a “cobrar la ayuda”, limitándole la opinión, de manera soterrada, o escondiéndola, para evitar pisar callos, como una autocensura para no caer en desgracia con su familia y amigos, por lealtad o temor a perder el puesto, me contó que aquella vez volvía, como muchas veces los hizo los fines de semana, en un día hábil, a una cita con el político de marras, que se creía su mentor, quien le diría que estaba nuevamente aspirando a una curul, que tenía que apoyarlo y conseguirle votos o dejaría de ser su amigo.

Como si esto fuera la gota que rebosó la copa, Ramón salió de allí, casi pateando la puerta, caminando raudo, sin mirar atrás, fue a su casa familiar, a pocas cuadras del antiguo Edificio de la Gobernación, donde hoy queda la Alcaldía Distrital, en la Calle del Pozo, en el casco histórico de Santa Marta. (Ve, caigo en cuenta ahora que en la sede del Antiguo Hotel Tayrona, donde funciona la sede administrativa de la actual gobernación, seguro fueron las locaciones imaginadas por Ramón de la gala inaugural en Deborah Kruel) Ramón llegó sudado, con la camisa de cuadros, pegada a la espalda, tocó varias veces muy duro la aldaba de hierro de la gruesa puerta de madera, caminó rápido, cruzando el zaguán que daba al comedor y después del único baño de la casa, llegó a su cuarto, al costado derecho de la entrada al patio, empacó sus libros y sus pocas cosas, y sentenció: Me voy.

Le cayó el mundo encima. Te vas a morir de hambre ⸺le señalaban con el gatillo del te lo dije⸺, ¿para dónde vas a coger?, ¿qué te crees al insultar a nosequiencito que te ha dado de comer? No puedes patear la lonchera… ¡En ese puesto puedes estar por el resto de tu vida! Pero él no dio su brazo a torcer. Después de escuchar todas esas diatribas, aburrido, ruborizado, se quitó sus gafas de cuello de botella, abrió sus dos ojos, óigalo bien, hasta por el que lo miraba a uno con más detalle, por el que bautizó su columna: Punto de Bizca, para vociferar: ¡No me da la gana!, mientras que en una letanía, in crescendo, enlistó varias cosas en las que muchos coincidimos, sobre las elites, las tradiciones, la envidia, la pobreza y la desigualdad, el feudalismo reverencial criollo, la exclusión, el chisme, la corrupción, la mafia, que pululan en la histórica ciudad, que ha crecido de espaldas al mar caribe, muy rica, con la magia de tenerlo todo, que en cada bonanza se la disputan la sempiterna aristocracia local con la élite emergente de turno, como si el mundo diera vueltas y vueltas, como si los piratas no la hubieran dejado nunca de saquear; monologo que quizás por la “autocensura” o por el olvido, o porque quizás se le pasaron, aquella vez, algunos argumentos a Ramón Illán Bacca o se quedó corto o se le fue hondo, quizá por todo esto, no puedo relatar la mayoría de su alharaca acá, y que, desde el contexto que se mire, se puede tener razón o no, o puede ser una exageración, pero partió, casi sin decir adiós. A algunos les toca. Como a él. A otros, en nuestros ires y venires, también nos da la gana, con terquedad, seguir acá, y vivimos felices. A cara y sello, sin remedio.

Quizás por ello, no viajó muy lejos. Se fue a la vecina ciudad esponja de Barranquilla. Que ha sido la puerta de oro, cuna de grandes de sus nativos como Esthercita Forero, Meira Delmar, Marvel Moreno, Alberto Salcedo; de Científicos como Salomón Hakim Dow, empresarios como Julio Mario Santodomingo, peloteros ganadores de la Serie Mundial, como Edgar Rentería, actrices que triunfan en el país del entretenimiento, como Sofìa Vergara, entre otros. Ciudad, centro del caribe colombiano, que ha atraído a lo mejor de la costa, a nuestras riquezas culturales, a nuestros Macondos, al Carnaval, al Rio, al ferrocarril, al puerto, ahora hasta con cara de palo se considera la “Capital del Cayeye”, la sede de Miss Universo, si se descuidan se lleva el Festival Vallenato y la Fiesta del Mar, mejor dicho, ha absorbido a políticos, investigadores, profesores, cantantes, escritores, artistas, eventos, íconos, hitos, por ahí vi una película sobre Bolívar en la que muere en su puerto, en fin: ¿Alguien recuerda que el Joe Arroyo era de Cartagena, cuando ve la estación de BRT que lleva su nombre en Barranquilla o que Pacho Galán nació en Soledad, cuando nos despide su monumento cuando sales de allá rumbo a Santa Marta; o conoce si el Pibe Valderrama ganó algún título en su ciudad de origen, o que la Selección Colombia de futbol haya clasificado al mundial en otra ciudad o sabe que un jugador nacido allá, habría hecho el único gol olímpico, hasta ahora validado en ese certamen internacional?, o ¿alguien recuerda que García Márquez escribió primero sus columnas en El Universal de Cartagena que las Jirafas de El Heraldo? ¿Alguien conoce que muchos de los asiduos de La Cueva, no eran de Barranquilla o que la cueva no era tan legendaria como cuentan?

Para allá abrió velas Ramón Illan Bacca, en tren, no en bicicleta, como Carlos Vives y Shakira, a formar a toda una generación de periodistas de la Universidad del Norte, hasta algunos estudiantes lo veían como un profe Rock Star, y lo saludaban con mucho aprecio cada vez que se lo tropezaban. A la Barranquilla de la guacherna, se fue a escribir su prolífera obra, a vivir la vida como él era y quiso, y a morir octogenario, al punto de decir que a su edad ya había agotado el futuro, como afirmó en una entrevista que le hizo la poetisa samaria Anabell Manjarrés.

Hoy despedimos, a otra leyenda de las letras costeñas, un escritor samario universal, que algún comentarista habría de decirle que era un autor “minoritario”, según la clasificación de un filósofo francés, como cuentan en la bandera de la más reciente edición de su novela más conocida Deborah Kruel, en un fragmento de una entrevista que le hizo Marcos Fabián Herrera, cuando también dice: “me encanta la definición de “autor marginal y tardío”.

Pudo haber sido tarde, su voluntad representada en la literatura, como, después de pensionarse, lo hizo Frank McCourt, el de Las Cenizas de Ángela, o temprano, como la precocidad del Arthur Rimbaud, de Una temporada en el infierno, quizás por eso dicen que la edad de un escritor, se mide por el calado de su obra y no por su edad cronológica, no obstante su fecunda obra, entre las que cuenta Disfrázate como quieras, la mujer del defenestrado, la Mujer Barbuda, compilaciones de cuentos como El espía inglés, Señora Tentación, Veinticinco cuentos barranquilleros y las Crónicas casi históricos, así como innumerables artículos de prensa y ensayos publicados en periódicos y revistas regionales y nacionales, perdurarán entre quienes compartimos en la memoria, el respeto por su legado, la nostalgia de esa entrevista que nunca fue, ese correo que no se envió, esa llamada que faltó, ese abrazo de despedida que no se dio, que ha sido muy común en esta epoca de muchas partidas, pero que entre líneas, se puede ensamblar por los recuerdos, la lectura, el aprecio y el reconocimiento por la obra de un artista único. Hasta siempre maestro Ramón Illán Bacca, gracias por su obra, siempre recordaremos su sonrisa, en la nación caribe.

Santa Marta, DTCH. 17 de enero de 2020

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