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Columnistas

Una Santa Marta para la gloria

Opinión Caribe

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Por: Rubén Darío Ceballos Mendoza

Alcanza la ciudad de Santa Marta, nuestra paradisíaca ciudad y joya de América, 496 años de fundada para el mundo occidental. Hora fuera para que a diferencia de lo que está sucediéndole y en ella acontece, tuviésemos una urbe bien dirigida y mejor gobernada, planificada, estructurada, alegre, pujante, acogedora, vital, equitativa, segura, decente, moderna, inclusiva, socialmente cohesionada, productiva, competitiva, tejida en redes centenarias y presta para las realizaciones mejores, lo que aún no ha podido ser no obstante su cercanía a cinco siglos de ninguna próspera existencia.

Tenemos para nuestra gran pena una ciudad tardía, sin horizonte, proyección, ni prospección; llena de incertidumbre; perversamente guiada, dirigida, orientada y encauzada; sin madurez, al garete, tiranizada, cual espiga al viento y al vaivén del infortunio. Corren por sus venas desolación, demagogia, populismo, murmullos de inanidades, vacuidades, corrupción, favoritismos, corruptelas, desatención, oídos sordos a las demandas poblacionales, polarización; mal manejo de la cosa pública; nulas administración, gestión y gerencia; turísticamente apocada y opacada, pauperizada, sin atracción para la inversión nacional e internacional; con una alcaldesa que atrapada está en las fauces de quien todo parece poderlo en la ciudad y el departamento.
Bañan hace ya más de un decenio a Santa Marta la memoria de sus horas aciagas, mojada con raudales de temerosas tempestades ante el silencio cómplice de la mayoría de sus hijos, que parecieran en la sombra y a gusto con lo que sucediendo está a todo lo largo y ancho de su geografía. Es la nuestra una ciudad prisionera que arrastra una cadena infortunada de eslabones con malos y peores sucesos. Todo en ella es inacabado. A duras penas promesas e incumplimientos. Somos a no dudarlo una ciudad fallida.

Tenemos que convertirnos con presencia y plenitud de facultades ante tanta desidia, en mensajeros poderosos de una estirpe y en emisarios aguerridos de una ciudad que quiere salir adelante sin más torpezas ni distancias. Sentir y hacernos sentir parte integral de esta tierra irredenta. Hacer que crezca en nosotros la pasión verdadera por una mejor Santa Marta.

Amo a mi ciudad entrañablemente, y ello me lleva a implorar a todos los samarios de bien que pensemos más en ella, que reflexionemos más sobre su porvenir, que creamos qué si podemos y en ello trabajemos con denuedo. Que su gente crea con devoción que es posible una infinita y esperanzada razón para salir adelante. No es justo que cercana a cinco siglos sigamos en las nebulosas, donde un grande desorden nos ahoga con su vital poder entre ramas de sombra inauditas. Que irrevocable sea hoy más que nunca nuestra pasión por Santa Marta y todo cuanto ella y su simbólico como santo nombre significa, lo que debe Obligarnos a que velemos porque en ella brillen y no se apaguen nunca luces todas de infinita prosperidad.

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